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P o r   M a n f r e d   M a x   N e e f *

El día después de Trinidad

Hace poco tuve la oportunidad de volver a ver, después de varios años, un documental que me conmovió profundamente. Se titula The day after Trinity y relata la historia de J. Robert Oppenheimer, creador de la bomba atómica, a través de entrevistas a varios de los más grandes físicos del Siglo XX, que trabajaron con él en los Alamos, en el llamado Proyecto Manhattan, durante la segunda guerra mundial.

Como se recordará, se trataba de una carrera para detener a Hitler. Sin embargo, a pesar de que la rendición de Hitler se produjo en mayo de 1945, cuando la bomba aún no estaba terminada, el proyecto continuó. La razón era simple y contundente. El esfuerzo había sido descomunal y la ciencia emergente era demasiado fascinante como para dejar la experiencia a medio camino. Así fue que el 16 de julio en Alamogordo, Nuevo México, en un día que bautizaron como Trinity (trinidad) se realizó la primera explosión experimental. Los científicos que estaban presentes cuentan que al ser testigos oculares de la primera explosión atómica en la historia de la humanidad, tuvieron una reacción de júbilo: "¡funcionó!".

Menos de un mes después dos bombas similares incineraron a cientos de miles de civiles japoneses en Hiroshima y Nagasaki. Uno de los científicos comentaba su reacción. Su primer pensamiento "menos mal que no fue un fiasco". Pero inmediatamente después "¡Oh Dios mío!, ¿qué hemos hecho?".

Termina el documental mostrando a Oppenheimer mientras testificaba en Washington dos décadas más tarde. A un senador que le pregunta como podría detenerse la carrera de armamentos nucleares, le responde: "estamos atrasados en 20 años. Debíamos hacerlo el día después de Trinidad".

Traigo esta historia a colación, porque pienso que una vez más estamos en El día después de Trinidad y con muchas probabilidades de que lo pasemos de largo para exclamar nuevamente en unos años más: "¡Oh Dios mío! ¿qué hemos hecho?. Sólo que esta vez será peor que entonces porque los daños que podemos provocar ahora son silenciosos pero de mucho mayor alcance y más profundos que los provocados por una mega explosión.

Ya no solo agredimos y depredamos brutalmente a la Naturaleza, sino que, en un afán de soberbia digna de mejor causa pretendemos ahora poder corregir y mejorar los procesos naturales que, después de todo, son nada menos que el producto de varios cientos de millones de años de experiencia. La industria de la biotecnología es la nueva joya de la corona científica. Los geneticistas por ella contratados ya pueden clonar ovejas, vacas, ratas y cerdos. Pueden extraer cualesquiera rasgos o características de una determinada criatura y traspasárselas a otra.

Más aún, ya pueden activar o desactivar un gen a voluntad. Pueden adquirirse genes por catálogo y, dentro de poco, seremos capaces de hacer nuestro propio código y manipularlo. Así llegará inevitablemente el día que al igual que ha ocurrido con el mundo de la computación, aparecerán los "hackers", que para divertirse crearán y lanzarán al mundo sus propios virus.

Gigantescas empresas transnacionales, como Monsanto y AstraZeneca crearon las tecnologías conocidas como Terminator y Traitor. Se trata de producir plantas cuyas semillas sean estériles, de manera que, cada vez que quieran sembrar, los agricultores y campesinos deberán volver a comprar el producto de estas mega empresas. El hecho de que existan 1.400 millones de personas en el mundo que dependen de las semillas que ahorran de sus cultivos resulta irrelevante para estos nuevos aprendices de brujo.

Las protestas internacionales que surgieron al conocerse estos hechos, llevaron a los ejecutivos de Monsanto a retractarse y a comprometerse a no lanzar tales productos al mercado. Pero la vida tiene muchas vueltas y ellas hacen posible que quiénes carecen de ética practiquen sus trucos de las maneras más impensadas. El hecho es que ahora Monsanto se fusiona con Pharmacia & Upjohn para dar paso a un nuevo gigante que de llamará: Pharmacia y que continuará con su proyecto perverso. Monsanto y sus ejecutivos cumplieron su promesa. Pharmacia es otra cosa que nada los compromete. ¡Agricultores del mundo, ajustarse los cinturones que el vuelo será turbulento!.

Y el ingenio sigue. Me informaba mi amiga Donella Meadows que entre las 71 solicitudes presentadas ante las autoridades correspondientes en Estados Unidos para la aprobación de plantas modificadas a través de la ingeniería genética, hay una digna de antología. Se trata de la implantación del gen a través del cual los escorpiones generan su toxina. Introducido el gen en la planta escogida, cualquier bicho que masque las hojas o tallos caerá muerto. Por cierto que las personas que las masquen caerán muertas igual; de manera que hay que agregar otros genes cuya función es activar y desactivar el gen del escorpión. Así entonces se lo activa en las raíces, en las hojas y en los tallos, pero no en las flores o frutos.

Ingenioso, ¿verdad? ¿Pero qué pasa si hay una falla? ¿Hay que investigar cada fruto, uno por uno, para asegurarse de que no haya trazas de veneno de escorpión? y por último, ¿qué pasa con el veneno cuándo las raíces, hojas y tallos que se secan se secan se integran al suelo? Bueno, para esas preguntas no hay respuestas y, lo que es peor no parece ser necesario que las haya. La ciencia emergente, después de todo, es fascinante. De modo que ¡adelante! El nuevo mandamiento parece ser "todo lo que es posible es deseable. El ingenio humano no tiene limites y por lo tanto, limitarlo es criminal".

Pienso qué todavía estamos "en el día después de Trinidad". ¿Seremos capaces de aprender la lección? De no ser así quizás sea la última oportunidad que como especie tengamos para poder exclamar en unos años más: "Oh, Dios mío, ¿qué hemos hecho?.


* El autor es científico chileno.

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