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Los
Andes
El letal impacto de los narcocultivos
Por
Abraham Lama y Yadira Ferrer
SANTAFE
DE BOGOTA.- La política antidrogas no ha logrado reducir los cultivos
ilícitos en América del Sur, y tanto la siembra como los métodos
empleados para combatirla tienen efectos devastadores sobre el ambiente
y la población de los países productores.
''El polémico método de aspersión aérea de potentes herbicidas sobre
plantaciones ilícitas'' no sólo no redujo el área de cultivos ilícitos
en Colombia, sino que esa práctica ''ha multiplicado sus efectos
destructores sobre la frágil selva tropical'', advirtió Ricardo
Vargas, de la organización no gubernamental (ONG) Acción Andina.
La superficie cubierta por las plantaciones ilegales de coca se
redujo en Bolivia y en Perú, pero diversos informes, incluso de
organismos de seguridad estadounidenses, indican que en Colombia
aumentó de 41 mil hectáreas en 1992 a 120 mil en 1999. Vargas dijo
a TIERRAMERICA que, en términos globales, la producción andina de
cerca de 300 toneladas de hoja de coca, marihuana y amapola se mantuvo
estable a través de los años, pero ha variado la participación de
cada país en el volumen total.
En Bolivia se pasó de 45 mil hectáreas dedicadas a la coca en 1992
a 38 mil en 1998, y en Perú, de 129 mil 200 a 101 mil 800, de acuerdo
con un estudio de Acción Andina, que reúne a instituciones e investigadores
en materia de narcotráfico de Bogotá, Cochabamba (Bolivia) y Lima.
El Ministerio del Medio Ambiente calcula que entre 1987 y 1998 se
destruyeron en Colombia unas 504 mil hectáreas de bosques. Para
realizar su cálculo partió del supuesto, manejado por el Departamento
de Estado de Estados Unidos, de que por cada hectárea de amapola,
el cultivador destruye en promedio tres hectáreas de bosque.
Tratándose de la coca, la relación es de cuatro hectáreas de bosque
arrasadas por cada una de cultivo, y en el caso de la marihuana,
de 1,5 por cada una.
En Perú se calcula que por cada hectárea sembrada de coca se abren
otras dos, en las que los campesinos de la selva cultivan productos
de subsistencia, aumentando el espacio ganado a los bosques.
Pero se trata sólo de estimaciones, pues no se conocen en Colombia
y Perú investigaciones oficiales concretas sobre los daños que han
causado al ambiente y a la salud humana los narcocultivos y los
métodos y sustancias químicas o biológicas utilizados para combatirlos.
La lluvia blanca
En
Perú, investigaciones parciales de ONG e institutos universitarios
señalan que el caso más grave de destrucción es el del río Huayabamba,
afluente del Huallaga, que fue totalmente contaminado por las sustancias
químicas empleadas para macerar las hojas de coca.
En cuanto al impacto negativo de los procedimientos de erradicación
de cultivos de coca, las autoridades peruanas que reciben colaboración
de la DEA (agencia antidrogas estadounidense) fueron acusadas hace
algunos años de usar el llamado ''agente naranja'', un desfoliador
utilizado por el ejército de Estados Unidos en la guerra de Vietnam
que ataca a todas las plantas.
En la actualidad, los campesinos peruanos hablan de otra sustancia,
a la que denominan ''lluvia blanca'', que es arrojada desde helicópteros
a los cocales. Según las autoridades, se trata de un método de control
biológico realizado con el hongo ''fusarium'' y ''sólo afecta a
los arbustos de coca''.
El consultor internacional Roger Rumrrill sostiene que, si bien
en laboratorios se puede demostrar que el fusarium sólo afecta la
planta de coca, en el terreno, en las zonas rociadas con el hongo,
se advierte la muerte de otras especies, como plátano y café.
''Es probable que este hongo altere el equilibrio ecológico, de
alguna manera que propicia la expansión de otros agentes y plagas,
porque es evidente que no sólo mueren las plantas de coca sino otras
especies'', dijo Rumrril.
Así mismo, el investigador social Hugo Cavieses, de la Federación
Campesina del Valle de Monzón, en la selva central peruana, aseguró
en noviembre que ''los polvos blancos arrojados desde un helicóptero
por la policía provocaron problemas de salud a los niños de la zona,
y la muerte de uno de ellos, Hilder Alcántara, de año y medio de
edad''.
Cavieses afirmó que el niño fue enterrado sin autopsia, pese al
reclamo de sus padres, y que la Defensoría del Pueblo pidió en febrero
a las autoridades la exhumación del cadáver. El resultado de la
autopsia aún no se conoce.
El fusarium oxysporum, en su forma especial denominada erythroxyli,
fue aislado y probado en Hawai por científicos del Departamento
de Agricultura de Estados Unidos sobre plántulas de dos especies
de coca que sufrieron decoloramiento y marchitamiento severo.
Los defensores de su aplicación señalan que la ventaja comparativa
de este sistema de control biológico frente a la erradicación con
agroquímicos es su comportamiento selectivo, que no le permite infectar
ninguna planta que no sea la coca.
En Colombia, la aplicación del fusarium es apenas un proyecto, y
el debate sobre sus riesgos sólo se ha dado en un reducido círculo
académico de la estatal Universidad Nacional y en una comisión especial
del Senado.
Investigadores de la Universidad Nacional afirmaron que reportes
científicos indican que el fusarium oxiysporum, en su forma especial
lycopersici, catalogado como específico para el tomate, produjo
infección al ser inoculado en clavel y rábano.
Así mismo, una supuesta cepa del hongo no patógena importada de
Holanda para su uso como controlador biológico en cultivos de claveles
en la Sabana de Bogotá, desarrolló la enfermedad. Los dos ejemplos,
en opinión de Hernando Valencia, del Departamento de Biología de
la Universidad Nacional, ''confirman el hecho de que cambios en
las condiciones ecológicas pueden variar la fisiología del hongo,
incrementando su virulencia".
Jesús Hidrobo, del Instituto de Ciencias Naturales de la misma universidad,
aseguró que hay 250 agentes menos riesgosos que el fusarium para
combatir las plantaciones de coca, como el virus de la ''estalla'',
utilizado con éxito en Perú y Bolivia.
La erradicación de plantaciones ilegales con agroquímicos o agentes
biológicos ha sido también cuestionada porque no ataca el capital
que las financia, y los cultivadores se trasladan a zonas aún no
cubiertas por las fuerzas antidrogas, generando graves presiones
al ecosistema.
Las primeras reacciones por los daños ecológicos causados por la
aplicación de herbicidas en Colombia se conocieron en los años 70,
al utilizarse el glifosato en la sierra Nevada de Santa Marta, una
de las más importantes reservas naturales del norte del país, y
en el meridional departamento de Cauca, donde se producía marihuana.
En 1997 y 1998 se libró una fuerte polémica por la propuesta de
Estados Unidos de aplicar el herbicida tebutiurón para erradicar
los cultivos de coca, marihuana y amapola. El Ministerio del Medio
Ambiente rechazó la iniciativa, por considerar que ese herbicida
tendría grave impacto en el ecosistema, especialmente en la selva
amazónica.
*Los autores son corresponsales de IPS.
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