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P
o r R i g o b e r t a M e n c h
ú T u m
La
"modernidad" indígena
Deseo
celebrar la oportunidad del relanzamiento de TIERRAMÉRICA
para compartir con su público el punto de vista que,
desde los pueblos indígenas, hemos venido impulsando
en torno al presente y el futuro de los recursos del
planeta, y la responsabilidad que buscamos compartir
en torno a su aprovechamiento para la vida nuestra
y la de nuestros hijos.
En
el umbral del nuevo milenio, cuando la comunidad científica
acaba de anunciar el descubrimiento del ordenamiento
genético de nuestra herencia, nos encontramos ante
la paradoja más cruda de todos los tiempos: mientras
más ha avanzado el conocimiento y la técnica, mientras
la humanidad ha desarrollado la información y los
instrumentos como para satisfacer mejor que nunca
antes sus necesidades principales, nunca, como ahora,
su supervivencia parece estar amenazada por la propia
acción del hombre y las relaciones de poder que éste
ha construido.
Esa
sensación de vértigo nos obliga a mirar hacia adentro
si es que queremos ir hacia adelante. Para ello, es
indispensable recuperar el carácter integral e integrador
de la "ciencia", revalorizando su origen empírico
y su destino que no hace otra cosa que retroalimentar
aquella base empírica, superando la implacable tendencia
al particularismo especialista de las disciplinas
científicas que ha compartimentado el conocimiento
y ha segmentado la realidad y la vida. Y es allí donde
encontraremos la enorme carga de "modernidad" que
pueden aportar los pueblos indígenas, su cosmovisión,
sus saberes milenarios, su espiritualidad, su identidad
comunitaria, sus valores de solidaridad, complementariedad
y reciprocidad y sus formas de organización, su sentido
de pertenencia al orden superior de la Naturaleza
y su respeto por el equilibrio cósmico que explica
y justifica su propia existencia.
Por
ello, constituye un verdadero reto poder compartir
este espacio de reflexión y crítica propositiva con
el sentido de responsabilidad intergeneracional que
hemos heredado de nuestros mayores y compartir nuestro
compromiso con la cultura de paz fundada en un Código
de Ética que nos permita pensar -con esperanza- en
un destino común.
Los
pueblos de América Latina debemos dejar de lado el
cúmulo de complejos y atavismos que nos ha legado
la historia colonial. Nuestras sociedades -cada vez
más cosmopolitas- deben abrirse a la contribución
virtuosa que pueden hacer los pueblos indígenas para
su desarrollo, en una integración respetuosa de sus
identidades en el mosaico cultural plural, en el que
cada uno de sus componentes pueda reconocer su propia
dignidad y aportar desde su respectivo espacio su
visión del mundo, su capacidad creadora y su esfuerzo
constructivo al jardín de las mil flores del mundo
globalizado .
En
el ámbito del debate sobre el desarrollo que desembocó
en la Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, 1992),
los pueblos indígenas tuvieron, por primera vez, relevancia
desde una valoración positiva, aunque vinculada a
las posiciones de los sectores conservacionistas,
los cuales ven en los pueblos indígenas a los guardianes
por excelencia de la, cada vez más amenazada, biodiversidad
del planeta. Unos años antes, fue aprobado el Convenio
169 de la Organización Internacional del Trabajo,
incorporando a los pueblos indígenas en el escenario
de la legislación internacional, en este caso, a partir
de su papel en la división internacional del trabajo
como propietarios o custodios de aquellos recursos.
Unos ven a los indígenas desde las necesidades del
medio ambiente y los otros, bajo las de los factores
productivos que buscan acceder a los recursos naturales.
Por importantes que sean las definiciones y compromisos
que en ambos ámbitos se incorporan, ninguno asume
lo esencial que la sociedad post industrial tiene
por aprender de los pueblos indígenas: su cosmovisión
holística de la naturaleza y la relación con el conjunto
de sus recursos particulares, a partir de la vida
y el equilibrio global que la hace posible, y no al
revés.
Los
pueblos indígenas deberían ser medidos siempre con
la misma vara, no como ocurre hasta ahora, que tienen
un valor cuando ocupan un área protegida y otro valor
cuando están fuera de ella; sus territorios deberían
ser objeto de interés cultural y una misma consideración,
tanto cuando se trata de los sitios sagrados donde
reproducen ritualmente su vida espiritual, como -sobre
todo- cuando se trata de los profanos en los que reproducen
cotidianamente su vida material, ya que para ellos
la vida no hace distingos.
Hoy
que la comunidad internacional se dispone a celebrar
una Conferencia Mundial contra el Racismo, la Xenofobia
y otras formas de intolerancia, hoy que los líderes
de las principales potencias mundiales se han comprometido
a respetar el carácter universal del más reciente
y trascendente conocimiento científico, el compromiso
que nos una para conservar la vida deberá fundarse
en la justicia y la solidaridad que haga equitativas
las relaciones entre todos los pueblos de la tierra
y entre ellos y la naturaleza que deberán heredar
a sus hijos.
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La autora es Premio Nobel de la Paz y Embajadora de
la Cultura de Paz, UNESCO.
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