23 de julio del 2000
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P o r   R i g o b e r t a  M e n c h ú  T u m

La "modernidad" indígena

Deseo celebrar la oportunidad del relanzamiento de TIERRAMÉRICA para compartir con su público el punto de vista que, desde los pueblos indígenas, hemos venido impulsando en torno al presente y el futuro de los recursos del planeta, y la responsabilidad que buscamos compartir en torno a su aprovechamiento para la vida nuestra y la de nuestros hijos.

En el umbral del nuevo milenio, cuando la comunidad científica acaba de anunciar el descubrimiento del ordenamiento genético de nuestra herencia, nos encontramos ante la paradoja más cruda de todos los tiempos: mientras más ha avanzado el conocimiento y la técnica, mientras la humanidad ha desarrollado la información y los instrumentos como para satisfacer mejor que nunca antes sus necesidades principales, nunca, como ahora, su supervivencia parece estar amenazada por la propia acción del hombre y las relaciones de poder que éste ha construido.

Esa sensación de vértigo nos obliga a mirar hacia adentro si es que queremos ir hacia adelante. Para ello, es indispensable recuperar el carácter integral e integrador de la "ciencia", revalorizando su origen empírico y su destino que no hace otra cosa que retroalimentar aquella base empírica, superando la implacable tendencia al particularismo especialista de las disciplinas científicas que ha compartimentado el conocimiento y ha segmentado la realidad y la vida. Y es allí donde encontraremos la enorme carga de "modernidad" que pueden aportar los pueblos indígenas, su cosmovisión, sus saberes milenarios, su espiritualidad, su identidad comunitaria, sus valores de solidaridad, complementariedad y reciprocidad y sus formas de organización, su sentido de pertenencia al orden superior de la Naturaleza y su respeto por el equilibrio cósmico que explica y justifica su propia existencia.

Por ello, constituye un verdadero reto poder compartir este espacio de reflexión y crítica propositiva con el sentido de responsabilidad intergeneracional que hemos heredado de nuestros mayores y compartir nuestro compromiso con la cultura de paz fundada en un Código de Ética que nos permita pensar -con esperanza- en un destino común.

Los pueblos de América Latina debemos dejar de lado el cúmulo de complejos y atavismos que nos ha legado la historia colonial. Nuestras sociedades -cada vez más cosmopolitas- deben abrirse a la contribución virtuosa que pueden hacer los pueblos indígenas para su desarrollo, en una integración respetuosa de sus identidades en el mosaico cultural plural, en el que cada uno de sus componentes pueda reconocer su propia dignidad y aportar desde su respectivo espacio su visión del mundo, su capacidad creadora y su esfuerzo constructivo al jardín de las mil flores del mundo globalizado .

En el ámbito del debate sobre el desarrollo que desembocó en la Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, 1992), los pueblos indígenas tuvieron, por primera vez, relevancia desde una valoración positiva, aunque vinculada a las posiciones de los sectores conservacionistas, los cuales ven en los pueblos indígenas a los guardianes por excelencia de la, cada vez más amenazada, biodiversidad del planeta. Unos años antes, fue aprobado el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, incorporando a los pueblos indígenas en el escenario de la legislación internacional, en este caso, a partir de su papel en la división internacional del trabajo como propietarios o custodios de aquellos recursos. Unos ven a los indígenas desde las necesidades del medio ambiente y los otros, bajo las de los factores productivos que buscan acceder a los recursos naturales. Por importantes que sean las definiciones y compromisos que en ambos ámbitos se incorporan, ninguno asume lo esencial que la sociedad post industrial tiene por aprender de los pueblos indígenas: su cosmovisión holística de la naturaleza y la relación con el conjunto de sus recursos particulares, a partir de la vida y el equilibrio global que la hace posible, y no al revés.

Los pueblos indígenas deberían ser medidos siempre con la misma vara, no como ocurre hasta ahora, que tienen un valor cuando ocupan un área protegida y otro valor cuando están fuera de ella; sus territorios deberían ser objeto de interés cultural y una misma consideración, tanto cuando se trata de los sitios sagrados donde reproducen ritualmente su vida espiritual, como -sobre todo- cuando se trata de los profanos en los que reproducen cotidianamente su vida material, ya que para ellos la vida no hace distingos.

Hoy que la comunidad internacional se dispone a celebrar una Conferencia Mundial contra el Racismo, la Xenofobia y otras formas de intolerancia, hoy que los líderes de las principales potencias mundiales se han comprometido a respetar el carácter universal del más reciente y trascendente conocimiento científico, el compromiso que nos una para conservar la vida deberá fundarse en la justicia y la solidaridad que haga equitativas las relaciones entre todos los pueblos de la tierra y entre ellos y la naturaleza que deberán heredar a sus hijos.

 

* La autora es Premio Nobel de la Paz y Embajadora de la Cultura de Paz, UNESCO.

 

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