30 de julio del 2000
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P o r  M a r c o s   T e r e n a 

El amanecer de un nuevo día

En los últimos años hemos sido testigos de la locura del hombre blanco en busca de lo nuevo a través de experiencias inusitadas, todo en nombre de la ciencia y el desarrollo. Una repetición del pasado que parece sin fin, pues con cada descubrimiento se cree que el ser humano es insuperable y moderno, aunque devela valores genéticos al mismo tiempo que nuevas enfermedades.

Nosotros los indígenas, vivimos siempre un modelo de vida orientado hacia el bienestar de la gente y de la tierra. Nuestra cultura y visión del mundo, muchas veces desconocida e incomprendida, últimamente ha sido objeto de diversas mesas de debate en todo el mundo para hablar, por ejemplo, sobre los conocimientos tradicionales y la manera sustentable de tratar al medio ambiente. Consideramos eso de un profundo significado, pues el hombre blanco busca en el propio pueblo y en los métodos que posee sobre la vida, inclusive tecnológicamente, respuestas para aquellos que todo lo destruyen en busca de lo nuevo, mientras los indígenas, que fueron considerados salvajes y holgazanes, siguen conviviendo con lo que queda de la Tierra, escuchando todavía los latidos del corazón de la Tierra.

Hay una esperanza para los pueblos indígenas: que el hombre blanco, al hablar de calidad de vida, considere una nueva conciencia que sólo se adquiere con sensibilidad cultural y espiritual, enseñanzas que nunca se aprenderán sólo en buenos colegios sino en la capacidad de ver y percibir, de respirar y sentir.

Señales del tiempo, la tierra y el hombre. ¿Cómo reaccionar ante las crisis del Primer Mundo y su modernidad, el fenómeno de las vacas locas, la oveja Dolly, las nuevas armas bélicas y el SIDA?

¿Cómo reaccionar ante la guerra entre pueblos hermanos, como sucede en la República de Irlanda y en países de Africa y de Asia, o frente al asesinato de estudiantes estadounidenses o personas comunes en lugares públicos?

En Brasil, los indígenas observan y lamentan ese modo "salvaje" de vivir.

La sabiduría milenaria de los pueblos autóctonos de considerar como parte de la vida a los seres humanos y el medio ambiente, no puede aceptar el modo de vivir del hombre llamado civilizado, en el que la base es la destrucción. La destrucción del ecosistema, de quien es diferente, de los valores de la vida y la familia. Por eso, el hombre blanco se torna violento, temeroso, al no caminar pacíficamente por las calles y plazas, ni sonreír, ni vivir, en una palabra. Los indígenas, con la fuerza espiritual de los shamanes, nunca podrán dejar de decir que todo lo que se le hace al medio ambiente se hace a los habitantes de la Tierra. Ese ha sido el gran código para vivir bien y para la supervivencia en lugares donde el desarrollo se da de manera autosustentable y donde el valor de la riqueza está marcado por una moneda que no se encuentra en los mostradores de los bancos, ni en el mercado de valores.

Mientras los shamanes y líderes indígenas caminan y luchan por la tierra, deshechos de todo tipo son arrojados irresponsablemente a la tierra, cielo y agua. Millones de personas y de gobernantes del mundo deberían asumir un compromiso con el futuro y con un proceso de educación para valorar la vida, el ser humano y el medio ambiente.

Nuestros valores como indígenas están apoyados en la sabiduría, la educación de nuestros líderes y la enseñanza transmitida oralmente de padre a hijo, pero es cierto que jamás seremos en el futuro como el hombre blanco, pese a toda la fuerza y poder del colonizador y del catequista. Siempre seremos lo que somos.

Sabemos que los hombres que cruzan el Atlántico en poderosas aeronaves o que caminan por los mercados de Wall Street o en bancos suizos, que poseen sirvientes para cargar sus carpetas, cuidar a sus hijos y casas, aparentemente se sienten bien, igual que quienes aprendieron a ingerir el humo de cigarros, vehículos o fábricas.

Es importante resaltar nuestros antepasados indígenas y los valores preservados, como factores que pueden contribuir a mejorar la vida del hombre blanco, pues son elementos sutiles que forman parte de cualquier ser humano, pero abandonados por el criterio de lo moderno. La capacidad de contemplar el brillo del sol sobre las aguas, las estrellas o escuchar el canto de los pájaros, constituye un tipo de vida que la modernidad, a pesar de la seducción del confort, jamás sustituirá. Nuestro sueño es mirar al otro con los ojos del espíritu, sin ver color, edad ni estatura y sobre la base de una relación de respeto mutuo. Eso hará sentir el perfume de la tierra y los animales, del corazón de la Tierra.

No buscamos conquistar la modernidad, cuando ésta está ligada a la miseria y al hambre. Por eso no queremos adquirir la capacidad de las grandes ciudades de colocar dentro de un escaparate a un ser humano que no logra ver el sol de la mañana, el mediodía o el anochecer.

La civilización del hombre blanco logró grandes conquistas, pero como indígenas pensamos que es necesario rescatar el derecho de ser gente y de proteger en cada acto nuestro medio ambiente. Cuando se adquiere esa conciencia, realizamos parte del compromiso con la vida, sea en Nueva York, la Amazonía, los Andes, o en bares, cines, casas. La búsqueda es para corregir el pasado construyendo un tiempo nuevo. Nuestro compromiso es con el futuro, incluidos quienes aún no nacieron, y con la tierra. ¡Como el anochecer y el amanecer de un nuevo día!


 

Artículo exclusivo para Tierramérica de Marcos Terena, indio pantaneiro de Mato Grosso do Sul y Coordinador de los Derechos Indígenas. E-mail: marcosterena@uol.com.br

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