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P
o r M a r c o s T e r e n a
El
amanecer de un nuevo día
En
los últimos años hemos sido testigos de la locura
del hombre blanco en busca de lo nuevo a través de
experiencias inusitadas, todo en nombre de la ciencia
y el desarrollo. Una repetición del pasado que parece
sin fin, pues con cada descubrimiento se cree que
el ser humano es insuperable y moderno, aunque devela
valores genéticos al mismo tiempo que nuevas enfermedades.
Nosotros los indígenas, vivimos siempre un modelo
de vida orientado hacia el bienestar de la gente y
de la tierra. Nuestra cultura y visión del mundo,
muchas veces desconocida e incomprendida, últimamente
ha sido objeto de diversas mesas de debate en todo
el mundo para hablar, por ejemplo, sobre los conocimientos
tradicionales y la manera sustentable de tratar al
medio ambiente. Consideramos eso de un profundo significado,
pues el hombre blanco busca en el propio pueblo y
en los métodos que posee sobre la vida, inclusive
tecnológicamente, respuestas para aquellos que todo
lo destruyen en busca de lo nuevo, mientras los indígenas,
que fueron considerados salvajes y holgazanes, siguen
conviviendo con lo que queda de la Tierra, escuchando
todavía los latidos del corazón de la Tierra.
Hay una esperanza para los pueblos indígenas: que
el hombre blanco, al hablar de calidad de vida, considere
una nueva conciencia que sólo se adquiere con sensibilidad
cultural y espiritual, enseñanzas que nunca se aprenderán
sólo en buenos colegios sino en la capacidad de ver
y percibir, de respirar y sentir.
Señales del tiempo, la tierra y el hombre. ¿Cómo reaccionar
ante las crisis del Primer Mundo y su modernidad,
el fenómeno de las vacas locas, la oveja Dolly, las
nuevas armas bélicas y el SIDA?
¿Cómo reaccionar ante la guerra entre pueblos hermanos,
como sucede en la República de Irlanda y en países
de Africa y de Asia, o frente al asesinato de estudiantes
estadounidenses o personas comunes en lugares públicos?
En Brasil, los indígenas observan y lamentan ese modo
"salvaje" de vivir.
La sabiduría milenaria de los pueblos autóctonos de
considerar como parte de la vida a los seres humanos
y el medio ambiente, no puede aceptar el modo de vivir
del hombre llamado civilizado, en el que la base es
la destrucción. La destrucción del ecosistema, de
quien es diferente, de los valores de la vida y la
familia. Por eso, el hombre blanco se torna violento,
temeroso, al no caminar pacíficamente por las calles
y plazas, ni sonreír, ni vivir, en una palabra. Los
indígenas, con la fuerza espiritual de los shamanes,
nunca podrán dejar de decir que todo lo que se le
hace al medio ambiente se hace a los habitantes de
la Tierra. Ese ha sido el gran código para vivir bien
y para la supervivencia en lugares donde el desarrollo
se da de manera autosustentable y donde el valor de
la riqueza está marcado por una moneda que no se encuentra
en los mostradores de los bancos, ni en el mercado
de valores.
Mientras los shamanes y líderes indígenas caminan
y luchan por la tierra, deshechos de todo tipo son
arrojados irresponsablemente a la tierra, cielo y
agua. Millones de personas y de gobernantes del mundo
deberían asumir un compromiso con el futuro y con
un proceso de educación para valorar la vida, el ser
humano y el medio ambiente.
Nuestros valores como indígenas están apoyados en
la sabiduría, la educación de nuestros líderes y la
enseñanza transmitida oralmente de padre a hijo, pero
es cierto que jamás seremos en el futuro como el hombre
blanco, pese a toda la fuerza y poder del colonizador
y del catequista. Siempre seremos lo que somos.
Sabemos que los hombres que cruzan el Atlántico en
poderosas aeronaves o que caminan por los mercados
de Wall Street o en bancos suizos, que poseen sirvientes
para cargar sus carpetas, cuidar a sus hijos y casas,
aparentemente se sienten bien, igual que quienes aprendieron
a ingerir el humo de cigarros, vehículos o fábricas.
Es importante resaltar nuestros antepasados indígenas
y los valores preservados, como factores que pueden
contribuir a mejorar la vida del hombre blanco, pues
son elementos sutiles que forman parte de cualquier
ser humano, pero abandonados por el criterio de lo
moderno. La capacidad de contemplar el brillo del
sol sobre las aguas, las estrellas o escuchar el canto
de los pájaros, constituye un tipo de vida que la
modernidad, a pesar de la seducción del confort, jamás
sustituirá. Nuestro sueño es mirar al otro con los
ojos del espíritu, sin ver color, edad ni estatura
y sobre la base de una relación de respeto mutuo.
Eso hará sentir el perfume de la tierra y los animales,
del corazón de la Tierra.
No buscamos conquistar la modernidad, cuando ésta
está ligada a la miseria y al hambre. Por eso no queremos
adquirir la capacidad de las grandes ciudades de colocar
dentro de un escaparate a un ser humano que no logra
ver el sol de la mañana, el mediodía o el anochecer.
La civilización del hombre blanco logró grandes conquistas,
pero como indígenas pensamos que es necesario rescatar
el derecho de ser gente y de proteger en cada acto
nuestro medio ambiente. Cuando se adquiere esa conciencia,
realizamos parte del compromiso con la vida, sea en
Nueva York, la Amazonía, los Andes, o en bares, cines,
casas. La búsqueda es para corregir el pasado construyendo
un tiempo nuevo. Nuestro compromiso es con el futuro,
incluidos quienes aún no nacieron, y con la tierra.
¡Como el anochecer y el amanecer de un nuevo día!
Artículo
exclusivo para Tierramérica de Marcos Terena, indio
pantaneiro de Mato Grosso do Sul y Coordinador de
los Derechos Indígenas.
E-mail: marcosterena@uol.com.br
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