13 de agosto del 2000
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Grandes Plumas

Ilustración: Fabricio Van Den Broek

   
Un regalo de los dioses
 
Por Laura Esquivel

Hace mucho siglos allá en Teotihuacán, surgió el Quinto Sol y con él una nueva era para la humanidad. En aquel entonces, los dioses se preguntaron "¿Qué comerán los hombres?" Y dijeron: "¡Que descienda el maíz, nuestro sustento!" El encargado de cumplir la orden fue Quetzalcóatl, quien de inmediato descendió a la tierra en busca de la semilla prometida.

Lo primero que hizo fue averiguar el paradero de la hormiga roja, pues ella era la que conocía el sitio exacto donde se encontraba escondido el maíz. Se hizo el encontradizo con ella y con gran insistencia la interrogó hasta que a la hormiga no le quedó otra que guiarlo al Tonacatépetl, el "Monte de Nuestro Sustento". Entonces, Quetzalcóatl se transformó en hormiga negra, se introdujo dentro del monte y sustrajo la semilla del maíz. Enseguida se la llevó a Tamoanchán, el lugar donde viven los dioses, quienes comieron abundantemente de ella y luego compartieron con Oxomoco y su mujer Cipactónal, la pareja náhuatl equivalente a Adán y Eva, "para que se hicieran fuertes".

Después de haber puesto el alimento en los labios de la pareja, los dioses dijeron "¿Qué haremos con el Monte de Nuestro Sustento?", pues se habían dado cuenta de que unos cuantos granos de maíz no eran suficientes para asegurar la vida de los hombres de la nueva era. Quetzalcóatl, asumiendo que la mejor forma que había de controlar el cultivo de maíz era teniendo sus granos al alcance de la mano, regresó a la tierra, ató al Monte de Nuestro Sustento y se lo quiso llevar al Tamoanchán, pero el monte no se quiso mover.

Oxomoco y Cipactónal se preocuparon mucho y acudieron a Nanáhuatl, el sol de Teotihuacán en busca de consejo. El sol, a su vez, pidió ayuda a los Tlaloques, los dioses de la lluvia que viven en lo alto de las montañas. Los Tlaloques llegaron provenientes de los cuatro puntos cardinales: los azules del sur, los blancos del oriente, los amarillos del poniente y los rojos del norte. Todos bajaron para fecundar con su lluvia al maíz. En cuanto llegaron, Nanáhuatl lanzó su poderoso rayo sobre el Monte de Nuestro Sustento y éste se abrió para siempre. De él salió maíz de todos los colores, blanco, azul, amarillo y rojo; los frijoles, la chía, los bledos y todo aquello que constituye nuestro sustento.

Y fue así que Quetzalcóatl, con la ayuda de Nanáhuatl y los Tlaloques, puso en manos de los hombres los dones de la tierra para que se alimentaran y se hicieran una raza fuerte.

Es muy probable que esta leyenda sea más antigua que la propia era del Quinto Sol, sin embargo, hasta nuestros días la gente sigue venerando al maíz como un regalo de los dioses. Como parte de esa veneración, el campesino actual, antes de iniciar la siembra en la milpa, realiza un rito propiciatorio a los cuatro vientos y después de la recolección del maíz siempre guarda la mejores mazorcas como sedimento para que vuelva a dar la cosecha. La mazorca en sí representa el alimento que guarda la vida y, por lo tanto, los campesinos cuelgan en los portales de sus casas mazorcas de todos los colores para que veneren el principio de la abundancia. Esta tradición que data de tantos siglos sigue estando muy viva entre los campesinos, pues es evidente que todo su bienestar está dependiendo de la cosecha del maíz y de frijol, otro de los alimentos básicos en la dieta del mexicano y que también fue robado del Monte de Nuestro Sustento.

La leyenda de Quetzalcóatl robando el maíz para dárselo a los hombres, aparte de poética, es rica en simbolismo. Hace una referencia obvia al mito de Prometeo, pero también nos habla del agua como agente mediador entre el cielo y la tierra. La participación de la lluvia aparte de tener un evidente sentido fertilizador, en muchas tradiciones es considerada como símbolo del descenso de las "influencias espirituales". Por su parte, el maíz, sustento del nacimiento de la cultura mesoamericana, al provenir de la tierra, de esa oscuridad maternal y germinal, y transitar hacia la luz del sol, simboliza la toma de conciencia de los seres humanos en su camino de lo primigenio a la iluminación y a la espiritualidad. Tal vez por eso se piensa que al ingerir un alimento de origen divino uno puede entrar en comunión con los dioses. De ahí que el maíz esté siempre presente en las grandes ceremonias de la comunidad. Sobre todo en aquellas en las que se festeja la vida y la muerte donde la presencia del alimento les garantiza la presencia del dios. Los mexicanos somos hijos del maíz, lo mamamos desde la cuna. A las mujeres parturientas, por cuarenta días se les da atole de maíz y tortillas tostadas, porque se considera que éste es el alimento más preciado para su nutrición. En la vida adulta uno lo puede comer de las más variadas formas, desde el atole fresco hasta el pan de elote, desde tostadas y tlacoyos hasta sopes y gorditas, desde tamales hasta pozole. La generosidad del maíz alcanza para todo, hasta para alimentar a los animales con las sobras. Nada se desperdicia, las hojas sirven para envolver los tamales, el rastrojo mezclado con arena para construir el techo de pequeñas cabañas para guarecerse de la lluvia y el viento en la milpa. Otro de sus usos es el adivinatorio. Los granos de maíz se utilizan en la predicción del futuro, lanzándolos al aire e interpretando la forma en que caen al piso. Me pregunto qué dirían ahora los dioses si supieran que los científicos han robado la semilla de maíz a los hombres para convertirla en una semilla transgénica y poder hacer negocio con ella. Qué sentirían al ver que el maíz pasó de ser un alimento que se produce generosamente en la tierra a un alimento estéril fabricado dentro de los laboratorios. Y también me gustaría saber cómo ven los campesinos la llegada de este tipo de maíz. ¿Estarán bien informados de que se trata de un maíz que no se reproduce? ¿Qué su siembra amenaza la sobrevivencia de variedades de maíz que sólo se encuentran en nuestro territorio? ¿Qué el cultivo de organismos vivos modificados produce una intensa homogeneidad biológica y que con ello los cultivos se hacen en extremo vulnerables a la aparición de plagas? De saberlo ¿dejarían de considerar al maíz como un regalo del Dador de la vida? Porque antes la semilla de maíz llevaba la vida dentro, ahora lo que lleva es un nuevo gen, extraño, profano, implantado dentro de un laboratorio. Ya de nada le sirve ofrecer su siembra a los cuatro vientos, ya de nada le sirve guardar las mejores mazorcas como sementera para la nueva cosecha, ya nada tiene sentido. ¿De qué sirve venerar al maíz en cada una de sus ceremonias rituales: en el nacimiento de sus hijos, en los bautizos, en las bodas, en los velorios, si el maíz no es el mismo, si ya perdió su carácter sagrado? Ahora el principio de la abundancia está en manos de los dueños de los laboratorios y ellos son los que ponen precio a la semilla y deciden qué tipo de maíz debemos comer.

Tengo muy claro cuál fue la intención que empujó a los dioses en su generoso deseo de compartir el maíz con los hombres, lo que no me queda bien claro es la intención de los científicos en su búsqueda de una semilla "mejorada". ¿De quién fue la idea? ¿De dónde nació el deseo de convertirse en dioses, en generadores de nuevos genes? Creo que vino de la idea equivocada de que la ciencia y el pensamiento positivo nos ofrecerían felicidad. Hemos llegado a un punto culminante del error de la modernidad. La carrera del milenio con su pérdida paulatina de valores espirituales y trascendentes le ha restado sentido a los actos personales y colectivos, les ha arrebatado su sacralidad. La ciencia se ha convertido en la nueva religión, ofrece a sus seguidores ampliarles el espectro de la vida, pero aún no les garantiza que ese tiempo sea en años de calidad. A los agricultores les ofrece semillas transgénicas que cuentan con su propio plaguicida biológico, lo que por un lado permite reducir costos y evitar el uso de insecticidas químicos, pero por el otro contribuye a que las plagas a la larga se hagan más resistentes. Y no sólo eso, en un estudio coordinado en México por los doctores José Sarukan y Jorge Larson, ambos directivos de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, se demostró que el ADN contenido en los alimentos transgénicos permanece en el intestino por un tiempo mayor al que se pensaba antes, con lo que su material genético puede ser transferido a las bacterias que ahí se alojan y crear cepas modificadas con resistencias que podrían convertirse en un serio problema de salud pública. Por su lado, la Sociedad Internacional de Quimioterapia manifestó hace poco que los genes de resistencia a antibióticos representan un riesgo inaceptable para el ser humano. Tal parece que lo importante es la velocidad y la cantidad con que se reproduce y no los resultados. Y mientras crecen los debates sobre el avance de la ciencia en este campo, el joven mercado mexicano de transgénicos continúa en crecimiento y en 1998 la superficie mundial sembrada con maíz modificado genéticamente alcanzó las 7 millones de hectáreas. Si bien es cierto que a través de la biotecnología se obtienen semillas con resistencia a la sequía o al exceso de humedad y a los suelos ácidos o alcalinos -lo que las convierte en semillas que cuentan con mejores características industriales y nutritivas- debemos reconocer que lo hacen tomando muchos riesgos. En México por ejemplo hay centenares de variedades criollas de maíz y parientes silvestres de éstas, como el teocintle. Si el teocintle recibiera genes de resistencia a herbicidas, podría convertirse con el paso del tiempo en una maleza difícil de controlar. Para colmo, se ha comprobado que los herbicidas de amplio espectro eliminan plantas esenciales para la conservación de los suelos, junto con otras que sirven de alimento a la mariposa monarca. El desarrollo de la estructura naciente de la biotecnología amenaza con destruir estructuras agrarias y ecológicas mundiales y centralizar el control de las reservas mundiales de alimentos en manos de un reducido grupo de compañías. Actualmente el mercado internacional de semillas es controlado en un 32 por ciento por diez compañías: Dupont, Monsanto Norvartis, Groupe Llimagrain, Advanta, AgriBiotech Inc., Savia, Sakata KWS AG, Takii. Todo esto nos lleva a la conclusión de que los beneficios de las semillas transgénicas sólo son a corto, no a largo plazo. Pero esto parece que a nadie le importa. La carrera del progreso y la modernidad así lo determina.

La idea de que sólo existe lo que la ciencia puede comprobar dentro de un laboratorio, nos obliga a creer que no hay nada más allá de lo que podemos tocar con las manos. Que el tiempo es lineal. Que tiene principio y fin. Que tenemos que aprovechar la vida, pues es corta. Que hay que vivir lo más que se pueda. Que el mundo es nuestro y podemos hacer con él lo que queramos. Que la vida no entraña un misterio. A veces la arrogancia del hombre me asusta. Y me pregunto si ya antes de la llegada del Quinto Sol la naturaleza se había sentido amenazada y previendo una catástrofe ecológica, se había cerrado las puertas del Monte de Nuestro Sustento, para que nadie pudiera atentar contra los bienes de la tierra. Desgraciadamente ahora ya no puede hacerlo, es demasiado tarde. Si Quetzalcóatl regresara a la tierra en busca de la semilla de maíz, ¿dónde la iba a encontrar? ¿Dentro de un laboratorio? Quizá en lugar de hormiga se tendría que disfrazar de obrero para poder robársela. El mayor problema es que Quetzalcóatl ya no existe en la memoria de la gente. Los dioses están en el olvido. Nadie va a venir a rescatar al maíz. Y entonces la pregunta obligada es: ¿Qué va a pasar con las mariposas monarca? ¿Morirán irremediablemente? ¿Y nosotros? ¿Qué tipo de transgénica cultura produciremos? ¿El maíz mejorado generará una civilización más fuerte? ¿La globalización logrará acabar con el hambre? ¿O este sólo es un pretexto que tienen los cárteles biotecnológicos para controlar la alimentación mundial? No lo sé. Lo único que creo es que con el cambio de la siembra "científica" del maíz el hombre pasó de sembrador de certezas a sembrador de dudas.

* Artículo exclusivo para Tierramérica de la escritora mexicana, autora del best seller "Como agua para chocolate".

 

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