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Jorge Edwards
Jorge Edwards/Octavio
Gómez, Proceso


Jorge Edwards prefiere París
Por Sandra Guijarro Vilela*

El escritor chileno Jorge Edwards alerta sobre los nuevos dogmatismos en torno a la naturaleza: "para hacer la ciudad de París, ¿cuántas hectáreas de bosque hubo que destruir?...Yo prefiero París", argumenta.
Uno de los más importantes escritores latinoamericanos, galardonado con el Premio Cervantes 1999 por su aporte al "enriquecimiento del patrimonio literario español", Edwards dialogó en exclusiva con Tierramérica en su residencia de Santiago de Chile.

SANTIAGO DE CHILE.- Jorge Edwards vive a un costado del cerro Santa Lucía, en pleno centro de Santiago. Su departamento es amplio y níveo; en él se mezclan las épocas, al igual que en su último libro "El sueño de la historia", que transcurre en el siglo XVIII y se conecta con los modernos años de la capital chilena. La antigua alfombra persa de su abuelo enmarca sillas de aluminio y cuero negro. El pequeño ficus en una esquina es la única planta de la sala, pero el balcón conecta hacia una panorámica de árboles nativos que cubren un cerro hasta mucho más arriba del piso quinto donde habita el escritor.


El autor de "Persona non grata" (1973) "El anfitrión" (1988) y "El origen del mundo" (1996) prefiere las ciudades y vivir en el centro de ellas: "amo las ciudades que se pueden usar, por deterioradas que estén, todo está cerca".

P: ¿El mundo urbano lo motiva a escribir?

R: Fui un niño del centro de la ciudad y lo que desarrolla mi imaginación es el mundo urbano, las historias de familias y de personas de este universo, o sea de la ciudad antigua. Con el campo, en cambio, tengo una relación como turista, porque de niño pasaba largas vacaciones allí, pero sólo hasta los 8 años. Luego fueron vacaciones en Viña del Mar, que es muy urbana. Cuando tuve 15 años empecé a ir a Zapallar y Cachagua (playas norteñas) que son más solitarias, más agrestes, con la naturaleza más presente, eso me gusta mucho.

Aunque Cachagua ha dejado de ser la playa maravillosa de mi infancia y ahora una espuma medio amarillenta cubre su agua, incluso los pájaros se han ido.

P: ¿Ha tratado en su obra temas ambientales?

R: En mi obra aparece muchas veces el tema de la contaminación, como en un capítulo de "La mujer imaginaria" (1985). Y en los relatos de "Fantasmas de carne y hueso" (1992), hay bastantes alusiones a esas playas como eran antes y como son ahora, sobre todo en el cuento "In memoriam", que tiene que ver con esa historia del pasado.

P: ¿Cómo ve la relación del hombre con la naturaleza?

R: Hay que defender la naturaleza, pero también la primacía que tiene siempre el ser humano, como persona pensante que es capaz de modificarla a su favor. Este ha tenido que usar la naturaleza para desarrollarse, por ejemplo, para hacer la ciudad de París ¿cuántas hectáreas de bosque hubo que destruir? Yo prefiero París a esas hectáreas de bosque. Debemos tener cuidado con los nuevos dogmatismos alrededor del tema de la naturaleza. El hombre a veces comete errores disparatados, pero tampoco hay que llegar a los extremos de decir que la naturaleza es intocable porque no es así, ésta cambia todo el tiempo. Hay especies de animales que se han extinguido, hay pequeños idiomas que desaparecen y, a veces, es para bien. Porque si tenemos un pequeño idioma que, por ejemplo, es hablado por 1500 personas en el Amazonas, y para ellos pasarse al idioma español, inglés o portugués significa una modificación de sus niveles de vida, acceso a bienes de cultura o incluso a la alimentación más elemental, eso también hay que considerarlo. La naturaleza y el hombre están en evolución permanente.

P: Su último libro (El sueño de la historia) relata un hecho histórico de hace dos siglos. ¿Cuál era la relación del hombre del siglo XVIII con la naturaleza?

R: Mi último libro transcurre por este barrio (Santa Lucía) y la Plaza de Armas de hace dos siglos y también de ahora. El hombre de finales del siglo XVIII tiene una relación más estrecha con la naturaleza, está muy cerca de ella; pero, al mismo tiempo, tiene mucha ilusión sobre las posibilidades de la vida en la ciudad. La idea del progreso científico en esa época tiene que ver con la urbanización en forma muy fuerte. Los hombres del XVIII son fundadores y modernizadores de ciudades. Nosotros somos más reservados, más escépticos respecto de la modernidad, porque hemos visto todos los desastres que ha producido en la naturaleza y en la calidad de la vida.

P: ¿El hombre del XVIII tenía el concepto de la fragilidad de la vida, que los seres podían extinguirse?

R: El hombre de esa época era mucho más optimista sobre la naturaleza, este gran optimismo era característico de la Ilustración, del Siglo de las Luces. Sólo a veces se ve afectado por algún cataclismo, por ejemplo, el terremoto de Lisboa, que impresionó mucho a todos los ilustrados de su tiempo. Hoy domina la visión escéptica, más pesimista de la naturaleza.

P: ¿Se imagina al hombre del 3000?

R: No tengo idea de cómo será. No sé, primero puede ser que el hombre del 3000 no exista y, si existe, puede que sea o un personaje de una gran memoria apoyada con métodos tecnológicos extraordinarios o a lo mejor sin ninguna memoria, no se sabe.

P: Ahora tenemos más y mejor tecnología que antes, pero la pobreza no desaparece

R: Con los actuales medios se puede terminar con la pobreza, pero la organización de las economías tiende a mantenerla e incluso a acentuarla. Es un conflicto grave y todavía sin solución. El socialismo real no lo ha solucionado y el capitalismo parecería que tampoco lo hace, porque produce grandes focos de riqueza desigual.

P: Un colega suyo, también chileno, lo ha calificado de "políticamente indefenso" o "liberal poco liberado". ¿Cómo se define?

R: Esa es siempre una pregunta un poco difícil. Fui un hombre de izquierda en mi juventud y ahora soy un hombre de izquierda bastante más reservado y más crítico, porque he visto muchos de los desastres que ha hecho la izquierda en el siglo XX. Entonces, me he acercado a posiciones más liberales. En el fondo, soy un liberal progresista o, si se quiere, un liberal de izquierda.



* La autora es periodista y colaboradora de Tierramérica.



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