29 de octubre del 2000
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Grandes Plumas

P o r  G a b r i e l  T r u j i l l o  M u ñ o z   

Para no matar lo que da vida

Todavía hoy, la ciencia ficción es vista como una anomalía en el campo de la narrativa de México. Sin embargo, desde los años setenta, en ese país y en el resto de América Latina el género tomó nuevos caminos. La crítica social, el espíritu libertario, la experimentación estilística, la búsqueda de temas menos obvios, transformaron los paradigmas del futuro visualizado por jóvenes creadores. Entre los nuevos paisajes del mañana, la ecología, con sus advertencias ante una naturaleza asediada por la tecnología y la explotación inmisericorde de sus recursos, tomó un lugar central en los textos de escritores de ciencia ficción.

Por ejemplo, en un cuento clásico de ciencia ficción "Arbol de vida" (1981), Edmundo Domínguez Aragonés presenta una tierra tan contaminada que en ella sólo sobrevive, en una especie de invernadero, el último árbol del planeta, que para entonces no pasa de ser un recordatorio de todo lo perdido por la depredación humana. "Árbol de vida", sin embargo, no es una visión pesimista. El autor hace ver, desde la perspectiva de un niño, el peregrinaje de una familia del futuro para contemplar el portento del último árbol vivo; el cuento es un diario de viaje y la base de una promesa de verdor que ese árbol guarda para los protagonistas bajo la amplia arquitectura de su fronda.

En "Los herederos de Scammon" (1982), de Arturo Casillas, la postura ecológica se traslada a otra especie en peligro de extinción: las ballenas que viajan por el Pacífico y llegan a aparearse en la bahía Ojo de Liebre, en la península mexicana de Baja California. Casillas decidió poner en contacto a Jorge Isaac, su protagonista, con las propias ballenas que, en el espacio de la ciencia ficción, son seres pensantes que buscan comunicarse con la humanidad por medios telepáticos para que nos demos cuenta de que debemos respetarlas en vez de cazarlas o encerrarlas en acuarios.

En obras como "Cristóbal Nonato" (1987) de Carlos Fuentes, "La destrucción de todas las cosas" (1992) de Hugo Hiriart, "Tiempo lunar" (1993) de Mauricio Molina o "La leyenda de los soles" (1993) de Homero Aridjis, entre otros, es ostensible la preocupación por un mañana donde ya será imposible detener el deterioro de nuestros mares y tierras y los mexicanos acabaremos, parafraseando a la escritora Rosario Castellanos, "matando no sólo lo que amamos sino todo aquello que nos da vida". La advertencia no es, en estas novelas, para nuestros sucesores: su anuncio nos incumbe aquí y ahora. La prevención de los desastres futuros, dicen, se halla en nuestras manos.

* Extracto de artículo para Tierramérica del escritor mexicano Gabriel Trujillo.

 

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