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El
saldo de la conferencia climática
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| "Estados
Unidos, en el ojo del huracán" |
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Por Mark Sommer*
Estados Unidos es acusado
de haberse aferrado en La Haya a una posición que
perjudicaría al medio ambiente y, de paso, llevar
al desastre la discusión del recalentamiento global,
según un recuento de ese episodio del ensayista estadounidense
Mark Sommer.
ESTADOS
UNIDOS.- La abrumadora mayoría de los participantes
en las fracasadas negociaciones de noviembre último
sobre el cambio climático se fue furiosa con Estados
Unidos.
Tanto
los delegados como los observadores acusaron a Washington
de haber eludido en forma flagrante sus responsabilidades
y de haber evitado la concreción de acciones decisivas
para reducir su desproporcionada participación en
las emisiones contaminantes de vehículos e industrias
con la excusa de que sus bosques y cultivos agrícolas
contribuyen a disminuir el carbono en la atmósfera.
Era
lícito esperar una postura más digna por parte de
la suprema potencia consumista, cuyo cuatro por ciento
de la población mundial genera 24 por ciento de los
gases invernadero que estropean la atmósfera.
¿Por
qué mantuvo Washington un comportamiento tan irresponsable
en esas negociaciones? ¿Están los estadounidenses
de acuerdo con esa posición? Las encuestas revelan
que en su mayoría consideran que el cambio del clima
es un verdadero problema, apoyan una decisiva acción
nacional y mundial para impedir el recalentamiento
del planeta e incluso aceptarían modestos sacrificios
personales, como pagar precios más altos por la energía
eléctrica, a fin de enfrentar la crisis ambiental.
Pero
sólo una pequeña minoría da al cambio climático una
alta prioridad en su lista de preocupaciones acuciantes.
Son menos todavía quienes dan apoyo financiero a los
esfuerzos organizados para influir sobre las actuales
políticas del Congreso. Y quienes hacen esto ven,
con desesperanza, convertidos en vanos sus esfuerzos
por los intereses de las industrias de la energía
y del automóvil y sus presupuestos de miles de millones
de dólares para actuar como un "lobby" y para campañas
publicitarias.
Pese
a que están comprometidos de palabra con un estilo
de vida menos consumista, muchos estadounidenses viajan
a diario guiando enormes vehículos deportivos y camionetas
de alto consumo de combustibles.
Aunque
lo admiten como una contradicción, consideran que
se trata de un mal necesario en una sociedad en la
que no hay suficiente transporte público y tampoco
suficiente tiempo para utilizarlo.
Los
industriales opuestos al tratado de Kyoto sobre la
reducción de emisiones contaminantes han neutralizado
con efectividad las preocupaciones públicas sobre
el cambio climático mediante el empleo de sofisticadas
técnicas de relaciones públicas con las que se introdujo
el falso concepto de que los científicos están divididos
por partes iguales en cuanto a que el cambio del clima
es en efecto provocado por la acción del hombre o
se debe a causas naturales.
Ellos
han sido ayudados en su engaño por la no-aplicación
de la venerable tradición estadounidense de la objetividad
periodística, que se suele olvidar cuando los intereses
de los magnates de la prensa así lo dictan, como lo
hicieron en este caso, elevando el criterio de una
minúscula y escasamente creíble minoría a la misma
altura de la opinión científica predominante y de
las pruebas materiales.
A
ello se agrega la cobertura superficial de los medios
de información sobre los asuntos del clima. Los opositores
enmarcaron astutamente el tratado de Kyoto como si
éste fuera un intento de irresponsables burócratas
internacionales para apoderarse y destruir todo lo
que es tradicionalmente más caro para los estadounidenses:
libertad personal, soberanía nacional y una economía
capitalista sobre ruedas.
Si
Bush tiene éxito en decidir las elecciones a su favor,
los intereses vinculados a la industria energética
de la zona central del país tendrán un largo período
de residencia en la Oficina Oval de la Casa Blanca.
Estas no serían buenas noticias para las negociaciones
sobre el clima o de carácter global. Si el gobierno
de Clinton fue obstruccionista, el gobierno de Bus
sería francamente retrógrado.
Además, en el Senado de Estados Unidos se encuentran
varios de los más inflexibles adversarios de los tratados
sobre el clima. Y es en el Senado donde deben ser
ratificados todos los tratados.
Pero
también cabe notar que en los tres años transcurridos
desde la cumbre de Kyoto, el sentir de ciertas empresas
pasó del escepticismo y de la hostilidad a un reconocimiento
de que el recalentamiento global es un problema serio.
Según una encuesta realizada en noviembre pasado por
la revista Fortune sobre 500 ejecutivos empresariales
el 34 por ciento de ellos apoya la ratificación del
tratado de Kyoto, el 26 por ciento se opone y el resto
carece de información como para decidir su posición.
Asimismo,
siete importantes corporaciones, incluyendo a DuPont
y Polaroid, prometieron reducir al menos 15 por ciento
las emisiones de gases invernadero en sus propias
instalaciones, lo que representa el doble de las metas
de Kyoto.
No
obstante las actitudes insulares que todavía imperan
tanto en el Congreso como en la Casa Blanca, el empate
virtual entre los dos grandes partidos políticos en
las últimas elecciones indica que la tierra está empezando
a moverse debajo de los pies de los "buenos muchachos"
que desde hace tiempo "tienen la sartén por el mango"
en la política estadounidense.
Al
Gore habló por lo menos a la mitad del público estadounidense
cuando dijo que el cambio climático requiere de acciones
decisivas por parte de los ciudadanos. En medio de
un tiempo cada vez más tempestuoso, del aumento de
los precios del petróleo y de la emergencia de una
nueva y más abierta generación de políticos, en su
mayoría mujeres, un Estados Unidos peligrosamente
autosatisfecho puede aún despertar y atender sus responsabilidades
globales.
*Mark
Sommer es columnista y director del Mainstream Media
Project, una iniciativa con sede en Estados Unidos
para llevar nuevas voces a las radios.
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