
George Bush |
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Incertidumbre sobre la
estrategia ambiental republicana
¿Cuán verde será George Bush?
Por Danielle Knight* |
El
rumbo de la nueva administración en materia de medio ambiente mantiene
a la expectativa a muchos activistas, quienes temen que intereses
vinculados a la industria energética del país dominen la Casa Blanca
WASHINGTON.- Los antecedentes del presidente
electo George W. Bush como gobernador de Texas no permiten aguardar
una próxima administración estadounidense inclinada a la protección
del ambiente, aunque las cartas no están todavía a la vista, señalan
los ecologistas.
Bush designó en Texas a representantes de empresas
petroleras, químicas y de bienes raíces para dirigir la oficina
estatal de control de la contaminación.
Por esa razón, el candidato del Partido Verde
en las elecciones de noviembre, Ralph Nader, dijo que el ahora mandatario
electo es "una corporación multinacional con aspecto humano".
"No creo que (Bush) haya cambiado de idea",
opinó Brent Blackwelder, titular de la filial estadounidense de
la organización ambientalista Amigos de la Tierra.
El republicano Bush observó, tras confirmarse
su victoria en las elecciones, que deberá vérselas con un Congreso
dividido en dos bloques casi iguales y prometió trabajar para unir
al país mediante la cooperación bipartidista.
Los ecologistas aguardan no sin ansiedad el
cumplimiento de esa promesa, con la esperanza de que ingresen en
la administración federal funcionarios de conciencia ambiental.
No hay más que incertidumbre, según cree Blackwelder.
Bush, cuyo gobierno será instalado el 20 de enero, se enfrenta a
la alternativa de intentar una gestión "auténticamente bipartidista"
o, por lo contrario, "escuchar a los extremistas de derecha hostiles
a la protección ambiental", dijo.
Ignorar a la opinión pública en materia ambiental
podría conducir a multitudinarias protestas como las de 1999 en
la ciudad de Seattle contra la Organización Mundial de Comercio,
advirtió.
Una de las pruebas ambientales más importantes
para la gestión de Bush, en opinión de los activistas, será el Protocolo
de Kyoto sobre el cambio climático del planeta, firmado en 1997
y todavía pendiente de ser ratificado.
Si bien Bush atacó el Protocolo de Kyoto, que
exige a los países industrializados el recorte de las emisiones
de gases causantes del efecto invernadero, otros comentarios que
realizó dieron alguna esperanza, según Phillip Clapp, presidente
de la Unión Nacional Ambientalista.
Bush reconoció ante la prensa que hay suficiente
evidencia científica para promover en Estados Unidos la reducción
de las emisiones causantes del recalentamiento global.
Clapp cree que el gobierno de Bush no se apartará
de las negociaciones del Protocolo de Kyoto, porque la presión de
Europa sería más intensa y podría afectar otros objetivos de política
exterior.
Si Bush se disocia de las conversaciones, "Estados
Unidos perderá influencia en la determinación de las normas técnicas
de los mecanismos de reducción de emisiones señalados en el protocolo,
una situación que los empresarios probablemente considerarán desagradable
y costosa", explicó.
La nueva administración enfrentaráun Congreso
mucho menos hostil al Protocolo de Kyoto que en años anteriores.
El senador Robert Byrd, que patrocinó una resolución en 1997 para
comprometer a los países en desarrollo a ceñirse a límites de emisión
de gases invernadero, refirió varias veces este año a la necesidad
de corregir el recalentamiento global.
Una circunstancial alianza bipartidista derrotó
tres veces este año en la Cámara de Representantes un proyecto de
ley contra el Protocolo de Kyoto presentado por el republicano Joseph
Knollenberg, uno de los principales críticos de ese instrumento
internacional.
Los grupos ambientalistas también temen que
Bush abra a la explotación petrolera las puertas del Refugio Nacional
Ártico de la Vida Silvestre, de Alaska. El presidente electo, que
está estrechamente vinculado a las compañías petroleras, se pronunció
por la explotación de esa área natural protegida.
Los ejecutivos petroleros pretenden extraer
los hidrocarburos existentes bajo la tundra congelada de la reserva,
que contendría unos 16 mil millones de barriles de crudo.
Pero las encuestas demuestran que el público
se opone al ingreso de la industria petrolera en una reserva a la
que todos los años llegan cerca de 150 mil caribúes y millones de
aves.
Permitir la explotación de los recursos minerales
del refugio de vida silvestre de Alaska provocaría la airada reacción
de los ambientalistas, advirtió Blackwelder. "Sería como agitar
una capa roja delante de un toro", comentó.
Los activistas recordaron a Bush que enfrentará
un Congreso dividido y que en muchos distritos y estados los electores
votaron masivamente a candidatos favorables a la tutela ambiental.
Los demócratas ganaron escaños en la Cámara
de Representantes y ahora comparten la mitad del Senado con los
republicanos. Algunos notorios opositores a la protección ambiental
fueron derrotados, como Slade Gorton, de Washington, Spencer Abraham,
de Michigan, y Rod Grams, de Minnesota.
"El resultado de las elecciones debería crear
en la Cámara Alta condiciones para el debate sobre el recalentamiento
de la Tierra", dijo Clapp.
Los ecologistas también depositan expectativas
en la Cámara de Representantes. Al respecto, señalan que Don Young,
de Alaska, favorable a la industria y contrario al aumento de los
controles ambientales, ya no será presidente de la Comisión de Recursos,
pues su mandato ha expirado.
Pero también les preocupa la eventualidad de
cláusulas anexas a textos legales para permitir actividades negativas
para el ambiente, indicó Alys Campaigne, directora del no gubernamental
Consejo de Defensa de Recursos Naturales.
Legisladores opuestos a la protección ambiental
agregaron cláusulas encubiertas a determinadas leyes, como las presupuestarias,
aunque pueden ser vetadas por el presidente.
"Exhortamos a Bush a oponer el veto presidencial
a ese tipo de cláusulas anexas. Y a ser en tales casos la última
línea de defensa", expresó Campaigne.
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