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El caso de los "retornados" en Colombia

Crédito:
Alberto Cervantes |
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Los cultivos de la paz en Colombia
Por María Isabel García*
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Al igual que otros 50 mil desplazados por la violencia, un grupo de
mujeres logró volver a su tierra y reconstruir su comunidad
SANTAFE DE BOGOTA.- Decenas de mujeres salieron
de su pueblo natal Villahermosa en 1997, huyendo de la violencia,
como lo han hecho en la última década al menos dos millones de colombianos.
Cuando un año después retornaron a sus tierras, apenas traían unas
pocas semillas y una que otra gallina. Lo habían perdido casi todo
y decidieron empezar por el principio: recuperar sus cultivos y,
a través de ellos, dotar de un nuevo sentido a sus vidas.
Unas 50 mil personas desplazadas por el conflicto
en Colombia han logrado retornar a sus lugares de origen o trasladarse
a otras regiones para iniciar la reconstrucción de sus comunidades,
según cifras oficiales. Y al igual que en Villahermosa, muchas de
ellas están haciéndolo a través de proyectos de seguridad alimentaria.
Las mujeres de Villahermosa localizada en el
curso bajo del río Atrato, departamento del Chocó, limítrofe con
Panamá-son supervivientes del terror impuesto por los grupos paramilitares
de derecha, que se disputan con las izquierdistas Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia esa zona estratégica.
Dejaron su tierra hace cuatro años y se dirigieron
hacia el poblado de Pavarandó, donde se constituyeron en "comunidad
de paz", un concepto propuesto por la Iglesia Católica por el cual
un grupo de personas se compromete a ser neutral en el conflicto,
no usar armas, actuar colectivamente y adoptar planes internos de
seguridad.
Las mujeres tomaron con tal seriedad el compromiso,
que entre los pactos sellados para un año de exilio forzoso en Pavarandó
aceptaron no alternar con maridos o hijos que estuvieran en alguno
de los bandos armados.
Tal vez por eso les hacía tanta falta el "mejoral"
o el limoncillo de Castilla, para preparar infusiones que calman
los dolores del cuerpo y un poco los del alma.
Villahermosa es una zona de transición ambiental
entre la provincia húmeda del sur y la provincia seca del Caribe.
"Durante el año que estuvieron en Pavarandó se percataron de que
habían perdido sus cultivos y su cultura. No es lo mismo lavar en
un baño flotante que en un río desconocido. Y las que no eran de
río, extrañaban la parcela", dijo a Tierramérica la agrónoma Marta
Lucía Gómez.
Al regresar, comprendieron que ya no tenían,
por ejemplo, muchas variedades de arroz, del que conocían hasta
48 en la zona. Las semillas no han sido recuperadas en su totalidad,
señaló Gómez, quien ha acompañado a las comunidades de paz de la
zona del Bajo Atrato como consultora de la Fundación Suiza para
el Desarrollo (Suissaid Colombia), que financia proyectos de seguridad
alimentaria para los desplazados que retornan a sus tierras.
Lo mismo pasó con el maíz amarillo, con el
que desde que tienen memoria alimentan a las gallinas, y otros 16
tipos del grano con nombres como enano morado, cariaco, tacaloa,
porro y record venezolano.
Todos estos productos, junto con el plátano
- que por ser perenne sobrevive a la ausencia de sus cultivadores
- conforman la alimentación básica de los habitantes de la región,
sobre todo afrocolombianos, aunque también hay resguardos indígenas
y comunidades mestizas. Hoy, más de tres años después del retorno,
las familias de Villahermosa ya tienen cebolla, tomate, pimentón,
berenjenas, espinacas, calabazas, orégano y pepino.
También hay plantas medicinales, como llantén
para aliviar el dolor de muelas; paico, un purgante de lombrices;
poleo, contra el dolor de huesos y, por supuesto, plantas ornamentales,
porque las flores alegran la vida.
"Ahora vamos a recuperar el dulce: hace año
y medio se sembró caña de azúcar y ya se construyó el trapiche para
tener, por lo menos, miel y panela para endulzar. En la medida en
que se cubra la demanda local, se podrán vender los excedentes a
otros poblados", dicen las retornadas.
El proceso de reconstrucción de la vida en
las comunidades de retorno del Bajo Atrato tiene a su favor la ancestral
solidaridad de los afrocolombianos.
El sistema de trabajo "a mano cambiada", realizado
en las parcelas de unos y otros por turnos y en grupos de ocho o
10 personas, propicia el mutuo apoyo.
"Mientras los hombres dominan el espacio de
las negociaciones con la municipalidad, las mujeres recogen semillas
y las intercambian con familiares y vecinas, rescatando la biodiversidad",
comentó Hans Peter Wiederkehr, director ejecutivo de Suissaid Colombia.
Con énfasis en la recuperación de la biodiversidad
a largo plazo y un rescate cultural integral, los proyectos de Suissaid
benefician a dos mil 300 familias de retornados en los departamentos
del Chocó, Urabá y Bolívar.
Pero hay retornados y reubicados en al menos
17 de los 32 departamentos de Colombia, para cuya atención el Estado
destina un presupuesto de 290 millones de dólares, según el estatal
Departamento Nacional de Planeación.
"La experiencia en el Bajo Atrato nos enseña
que cualquier estrategia de recuperación de la seguridad alimentaria
tiene que basarse en el análisis previo de los patrones culturales
de las comunidades", comentó Wiederkehr.
Esos grupos humanos "tienen un conocimiento
de la importancia de la variedad de especies en la resistencia a
las plagas o a factores como el clima, aunque no hagan una argumentación
racional", señaló.
Es que tal vez no sea necesario explicar por
qué los silbidos y cantos aprendidos de los abuelos son mejores
que los productos químicos para ahuyentar las bandadas de pájaros
que llegan a los maizales por el choclo (elote) fresco. O que es
más provechoso espantarlos con ondas que disparan limones maduros,
porque éstos, al estrellarse en la tierra, esparcen semillas de
las que brotará un limonero.
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