25 de marzo del 2001
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Tras un nuevo ideal ético

Por Ignacio Ávalos Gutiérrez

Los avances en genética nos toman desprevenidos, con un “déficit normativo”, dice el ex ministro de Ciencia y Tecnología de Venezuela. Tenemos entre manos un tema crucial que se nos ha vuelto espinoso ya que nos faltan muchas respuestas e, incluso, algunas preguntas bien formuladas.

CARACAS.- En su afán de dominar la naturaleza, de rebasar sus límites y acoplarla a sus pretensiones, puesto de manifiesto desde que se alzó sobre sus dos piernas y miró más allá de sus narices, el hombre ha llegado hasta los territorios más sagrados de la vida, los de su intimidad genética.

Terminado el Proyecto Genoma Humano ya sabemos, así pues, lo que somos, treinta mil genes, poco más, poco menos. Y conocemos, de paso, que algunos insectos tienen el treinta por ciento de sus genes iguales a los nuestros, que apenas contamos con trescientos genes más que los ratones y que todo hace sospechar que tenemos casi los mismos que los monos, un golpe, según podría pensar un lego en estos menesteres, a nuestra cacareada superioridad en el reino de los seres vivos, aunque los que saben afirman que el asunto estriba, no tanto en el numero de genes como en la manera como estos se relacionan entre sí.

La aparición, hace cuatro años, de la ovejita Dolly marca un hito significativo en la historia de la ciencia y en la del homo sapiens, desde luego. Todo indica que dentro de pocos años la clonación humana será una opción real y los británicos dieron ya un primer paso al permitir el empleo de embriones humanos para obtener células madre, capaces de generar cualquier tejido del organismo.

Tenemos, pues, entre manos un tema crucial que se nos ha vuelto espinoso, ya que nos faltan muchas respuestas e, incluso, algunas preguntas bien formuladas. Pareciéramos estar atenazados por temores y esperanzas, repartidos por igual. Temores provocados por una cierta idea de la naturaleza y de lo natural que no permite manipulación alguna del entorno. Y esperanzas alimentadas en la idea de que la biotecnología es la nueva panacea y que no debe haber sentido del límite en la utilización de su potencial de transformación.

Estos avances nos toman, en fin, desprevenidos, casi en cueros, con muy poca plataforma política, institucional y moral para poder lidiar con ellos.

Mientras tanto, el mercado no vacila, va derecho a lo suyo. Su influencia es cada vez más ostensible en la dirección del desarrollo de la investigación genética y sus aplicaciones. Se están generando normas que promueven la apropiación privada de conocimientos y tecnologías y todo parece indicar que el tema de la clonación humana será en buena medida dilucidado conforme a los pareceres de la ley de oferta y demanda.

Los avances y las aplicaciones de la biología nos traen nuevos dilemas éticos. Se ha resquebrajado el piso de nuestras referencias más básicas y tenemos un “déficit normativo” que habrá que atender de manera urgente.

Necesitamos contar con un ideal ético capaz de orientar la conducta humana. Una “ética de la responsabilidad”, según el señalamiento de varios filósofos, basada en logros morales acumulados a lo largo de la historia, pero contemporizados en función de las complejidades del presente, capaces de guiarnos en situaciones inéditas y de armonizar nuestra convivencia según los valores de la libertad, la igualdad y la solidaridad.

Hay fuerzas que abogan por una relación distinta entre ciencia, tecnología y sociedad, es decir, por un nuevo “contrato social”, el cual plantea que el mercado no sea casi todo en la orientación de la ciencia y sus aplicaciones, y que la investigación se guíe por agendas de trabajo vinculadas a intereses más amplios de la sociedad. Que no se practique a partir de disciplinas aisladas, sino sobre la base de enfoques inter y transdisciplinarios, como única manera de comprender y transformar armónicamente la realidad.

Se trata de conciliar la libertad de investigación con la responsabilidad pública, el acceso a los resultados y beneficios que produce la ciencia con los intereses particulares legítimos de quienes la promueven, la difusión con la propiedad, el crecimiento económico con el equilibrio ambiental, el mercado con las llamadas “demandas no solventes”, el largo plazo con el corto plazo, el interés colectivo con el interés privado.

En esencia, debemos asumir que es imprescindible la existencia de mecanismos adecuados para que los ciudadanos estén bien informados y en capacidad de optar acerca de la orientación y las aplicaciones del desarrollo científico y tecnológico. Por como soplan los vientos de la época, de no ser así no puede hablarse de democracia.

* El autor es ex ministro de Ciencia y Tecnología de Venezuela.




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Crédito: Fabricio Vanden Broek
 
Crédito: Fabricio Vanden Broek