8 de abril del 2001
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La nueva esclavitud es peor

Por Thanh-Dam Truong*

El comercio de cuerpos y de órganos humanos es un hecho más macabro que la esclavitud de la antigüedad, pues refleja la naturaleza cruel de la codicia humana y la incoherencia de los sistemas morales, afirma este catedrático especializado en estudios de la mujer y el desarrollo.

LA HAYA - Desde la abolición legal de la esclavitud, el tráfico y el comercio internacional de seres humanos se ha dirigido hacia fines de explotación y prostitución. Pruebas recientes sugieren que la finalidad del tráfico de seres humanos se ha extendido de las actividades sexuales a otras actividades lucrativas, como la mutilación de niños secuestrados para aumentar su capacidad de generar ganancias como mendigos o la extirpación de sus órganos para su comercialización.

Estas nuevas formas de explotación, ya sea en sexo o en salud, reflejan la naturaleza cruel de la codicia humana y la incoherencia de los sistemas morales en esta etapa del patriarcado capitalista.

De alguna manera, la intensificación de la violencia en el comercio de cuerpos y órganos humanos se puede considerar como un hecho aún peor que la esclavitud. El esclavo se valoraba por su capacidad de trabajo, lo que significaba que su cuerpo debía ser conservado. Por el contrario, la comercialización moderna de cuerpos y órganos humanos se cimenta sobre la generación de ganancias inmediatas.

Una característica fundamental del tráfico de seres humanos, ya sea de hombres o de mujeres, es la aceptación de unas condiciones que estipulan la obligación de trabajar para alguien por un determinado período de tiempo.

Esto ata a la persona a un régimen de servidumbre. Al inmigrante se le prometen altos salarios, protección social y la posibilidad de cancelar la deuda al cabo de un tiempo, así como de enviar dinero a su familia. Sin embargo, una vez que da su consentimiento será prisionero de un sistema de gobierno criminal.

El principio de cautividad es fundamental: la cautividad comienza en cuanto los inmigrantes llegan al destino y se hace efectiva mediante la incautación de los documentos que les permiten viajar, como pasaportes y billetes. Despojadas de su identidad, esas personas quedan sujetas a los traslados de un agente a otro, sin que puedan hacer nada para evitarlo.

La cautividad queda supeditada a una relación de endeudamiento, fijada arbitrariamente por los intermediarios que ubicaron a los inmigrantes en el lugar de trabajo.

Debido a que el fraude de "fabricar" el consentimiento de los inmigrantes aún no ha sido enteramente considerado en los sistemas jurídicos nacionales, se considera que los inmigrantes involucrados están violando la ley o son colaboradores de los criminales.

En ese sentido, más allá de las condiciones inmediatas de cautividad económica, los inmigrantes también son prisioneros de los sistemas jurídicos nacionales e internacionales que no han previsto instrumentos para lidiar con las nuevas formas de tráfico de seres humanos.

La legislación de muchos países europeos provoca que el tráfico de seres humanos sea una actividad mucho menos arriesgada para los criminales que otros delitos como el tráfico de drogas o el robo de coches.

En los últimos veinte años, el capital delictivo se ha transformado, de un negocio de pequeños proxenetas que operaban a nivel nacional con inmigrantes, en un capital delictivo a gran escala, con integración vertical y horizontal de actividades de tráfico de seres humanos.

Hasta cierto punto, la reproducción del capital criminal en el tráfico de seres humanos ha sido posible gracias a que el proceso de liberalización económica se ha desentendido del lado oscuro de la economía clandestina.

Está claro que la relativa efectividad de los instrumentos jurídicos existentes está limitada por el conflicto de intereses a escala nacional cuando se trata del control de los movimientos transnacionales de personas y del control de la delincuencia. A menos que se resuelva este conflicto, los criminales continuarán encontrando nichos de mercado impulsados por fuerzas de globalización, que llevan a que el modo de vida de segmentos específicos de la población mundial sea inseguro, tanto en un sentido político como económico.

Desde un punto de vista práctico, existen posibilidades estratégicas para llevar a cabo reformas relacionadas entre sí.

A escala internacional, el continuo coqueteo entre Estado y mercado debe estar sujeto a normas éticas que protejan a los perdedores y hagan que los ganadores sean socialmente más responsables. A escala nacional, se deben poner límites más estrictos al abuso del cuerpo humano en el comercio de órganos y personas, lo que puede incluir el establecimiento de un Tribunal Penal Internacional y un organismo permanente para aplicar las decisiones de este tribunal.

(Copyright IPS)

*Thanh-Dam Truong es catedrático de Estudios sobre la Mujer y el Desarrollo en el Instituto de Estudios Sociales de La Haya.




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Crédito: Fabricio Vanden Broek
 
Crédito: Fabricio Vanden Broek