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Un ejemplo de ello es lo ocurrido
con el alemán Marc Baungarten, detenido por primera vez en
1997 en el aeropuerto de Río de Janeiro por intentar embarcar
de regreso a su país transportando 112 arácnidos.
Baungarten, quien fue puesto en
libertad rápidamente, fue apresado al año siguiente en Belem,
capital del norteño estado de Pará, por haber enviado otras
42 arañas por correo.
Sin embargo, el 10 de marzo pasado
la policía lo sorprendió de nuevo con cinco de esos animales,
esta vez en Curitiba, en el sur de Brasil, pero igual siguió
libre.
La impunidad es la norma en este
país, en parte porque no circulan informaciones entre las
distintas autoridades para poner fin a ese tipo de reincidencias,
lamentó Dener Giovanini, director general de la Red Nacional
Contra el Tráfico de Animales Silvestres (Renctas), organización
no gubernamental brasileña.
Traficantes como Baungarten, evidentemente
un proveedor de laboratorios interesados en venenos que sirven
de materia prima a productos farmacéuticos, juegan con la
falta de coordinación y determinación represiva.
El tráfico de animales constituye
el tercer mayor comercio ilegal del mundo, superado sólo por
el de drogas y el de armas, según expertos. Sin embargo, no
despierta un esfuerzo proporcional de combate, como un delito
ambiental, no vinculado a la violencia criminal.
El traficante de animales alemán
llegó a justificar su actividad con el argumento de que enviar
los arácnidos al exterior es una forma de protegerlos de la
negligencia brasileña respecto de su fauna.
Otro tipo de comerciantes ilegales
abastece un amplio mercado mundial, que convierte en domésticos
los animales silvestres y exóticos, principalmente originarios
de los países tropicales y destinados a los países industrializados
de América del Norte, Asía y Europa, apunta Renctas.
Brasil, con su enorme biodiversidad,
es uno de los grandes proveedores. Su participación es estimada
en por lo menos 10 por ciento del comercio mundial, es decir
1.000 millones de dólares.
El Instituto Brasileño de Medio
Ambiente (Ibama), organismo ejecutor de la política ambiental,
comenzó en marzo una nueva campaña contra el comercio ilegal
interno y externo de la fauna.
La preparación de esa ofensiva
comprendió la elaboración de un mapa que identifica las fuentes,
rutas y destinos de los animales preferido por el contrabando.
La campaña, que ya permitió incautar
principalmente aves vendidas en ferias informales diseminadas
por el país, trata de sofocar el tráfico en su origen, las
áreas de conservación ambiental donde se concentra la fauna,
explicó Hamilton Casara, presidente del Ibama.
Casara explicó que tratan de persuadir
a las comunidades locales para que interrumpan la caza de
animales destinados a la venta.
El funcionario prometió ofrecer
alternativas a esa actividad, ya que se trata de una fuente
de ingresos para una población muy pobre.
Los cazadores reciben una suma
insignificante ante el precio, hasta cien veces superior,
que obtienen los traficantes en el exterior.
El mirlo, un pájaro de plumas negras,
puede ser comprado a unos 150 dólares en los mercados sureños
de Brasil y venderse a 13.000 dólares en Estados Unidos, aseguró
Giovanini.
Sin embargo, las utilidades no
son proporcionales, ya que las pérdidas son también elevadas.
De cada 10 animales capturados, nueve mueren durante el transporte,
explicó el director general de Renctas para destacar la perversidad
del tráfico.
El transporte se hace en condiciones
a veces incompatibles con la vida, ante la necesidad de ocultar
el objeto del comercio ilegal. Así, muchos de los animales
son llevados anestesiados para no denunciar su presencia en
cajones o maletas.
Aeropuertos, carreteras y pasos
fronterizos son blancos del combate contra el tráfico de animales,
para lo cual se movilizan la policía, las autoridades tributarias
y la administración de los puertos y de los correos.
El Ibama buscará también que el
parlamento eleve de tres a cinco años de prisión la pena más
fuerte a ese delito, anunció Casara.
Uno de los problemas que afrontan
las autoridades es la poca colaboración de la población en
la represión, por la costumbre en prácticamente todo el mundo
de acoger animales en el hogar, en especial aquellos de mayor
belleza natural.
La población, además de desconocer
los daños ambientales, ignora también que el tráfico aumenta
el riesgo de la diseminación de virus y otros microorganismos
peligrosos para la salud humana, observó Giovanini.
Los animales sacados de los bosques
pueden ser portadores de enfermedades graves, como la fiebre
amarilla, provocada por un virus presente en los monos y transmitida
por el mosquito Aedes Aegypti.
La fiebre amarilla, que en Brasil
estaba limitada a la Amazonia, se expandió al oeste del estado
de Minas Gerais, en el centro del país.
En algunos casos, los animales
no son afectados normalmente por tales microorganismos, pero
el estrés de la captura y el transporte reduce su capacidad
inmunológica y los hace más vulnerables.
Eso aumenta el riesgo de contagiar
seres humanos y de mutaciones en virus que pueden así hacerse
más agresivos, advirtió el dirigente de Renctas, organización
que prepara un banco de datos sobre el tráfico de animales
silvestres.
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