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50 millones tienen hambre |
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Por Gustavo González*
En América Latina y el Caribe alrededor de 10 por ciento de la población sufre de hambre y desnutrición. Se requerirá un renovado compromiso político para reducir esas cifras a la mitad en 15 años, una meta asumida en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996.
SANTIAGO.-Cincuenta millones de habitantes
de América Latina y el Caribe, alrededor de 10 por ciento de la
población, sufren hambre y desnutrición. Son los protagonistas,
a menudo pasivos, de la lucha por la seguridad alimentaria en la
región.
La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación
(FAO), advirtió el 18 de abril que es necesario un nuevo compromiso
político de la comunidad mundial para cumplir la meta establecida
en 1996 de reducir en 2015 a la mitad el número de personas hambrientas
en el planeta, calculado entonces en 800 millones.
Los progresos cinco años después de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación
han sido mínimos. En su informe sobre “El estado de la inseguridad
alimentaria en el mundo” de 2000, FAO calculó en 791 millones la
cantidad de personas mal alimentadas en el período 1996-1998 en
los países en desarrollo.
Según las proyecciones de FAO, el número se reducirá a 576 millones
en 2015 y a 400 millones en 2030. Para América Latina y el Caribe,
se calculó en 1996-1998 una cantidad de 55 millones de desnutridos,
que se reduciría a 45 millones en 2015 y a 32 millones en 2030.
El informe de FAO explica que “la magnitud del hambre se mide comparando
el promedio de energía dietética que las personas subnutridas obtienen
de los alimentos que ingieren con la energía dietética mínima que
necesitan para mantener el peso corporal y realizar una actividad
ligera”.
Es con estos criterios que se establecen los déficits promedio de
energía dietética para estas personas subnutridas, que se expresan
en kilocalorías por persona al día.La organización cita el caso
de Pedro Quispe, un campesino de la zona de Lago Titicaca en Bolivia,
que cada día camina una hora para llegar a su trabajo y cuya dieta
alimenticia comprende habitualmente maíz, papas, cebollas, tocino,
sal, arroz, zanahoria, quinua y pescado dos o tres veces por semana.
De acuerdo con la magnitud de su esfuerzo físico, tanto en su trabajo
como en actividades hogareñas, Quispe necesitaría ingerir diariamente
2 mil 800 kilocalorías, pero su régimen alimenticio le proporciona
sólo 75 por ciento de esa energía. Tiene un déficit de 700 kilocalorías
al día.
El mayor déficit promedio de energía dietética en la región corresponde
a Haití, con 460 kilocalorías. Le siguen Nicaragua (300), Honduras
(270) y Brasil, República Dominicana y Guatemala, con 250 kilocalorías.
La estadística de FAO, correspondiente al período 1996-1998, ubica
a continuación a Perú (déficit de 240 kilocalorías), Bolivia, Guyana,
Panamá y Trinidad y Tobago (con 230 cada uno) y Colombia y Paraguay
(220).
Con un déficit diario de 210 kilocalorías se ubican a continuación
Cuba, México y Venezuela, seguidos por El Salvador y Jamaica (200)
y Suriname, con 190.
Los países de menor déficit en la región son Costa Rica y Ecuador,
con 160 kilocalorías, Chile y Uruguay, con 150, cerrando la lista
Argentina, cuya insuficiencia dietética entre la población subnutrida
se estima en 140 kilocalorías por persona al día.
América Latina no ofrece los cuadros patéticos de hambruna con multitudes
esqueléticas que los canales de televisión muestran desde Africa
subsahariana, pero ello no significa que el problema no tenga gravedad,
puntualizó la FAO.
El hambre crónica no siempre es evidente,
porque el cuerpo la compensa frenando la actividad física en los
adultos y deteniendo el crecimiento en los niños. Aumenta así la
exposición a las enfermedades y disminuye el rendimiento de los
menores en la escuela, mientras las madres dan a luz criaturas con
falta de peso.
La FAO implementa en América Latina una serie de programas de asistencia
alimenticia, con estrategias combinadas, que se orientan tanto a
aumentar la productividad agrícola como la distribución de alimentos,
e incluso a apoyar la capacidad exportadora, para disponer de excedentes
que permitan importar alimentos.
Uno de los propósitos de estos programas consiste en potenciar el
aporte de los pequeños campesinos, que en la mayoría de los países
de la región suministran la mayor parte de las hortalizas.
El desarrollo de una capacidad propia de los campesinos es esencial
para la FAO, que destaca el ejemplo de un grupo nicaragüenses que
se unieron para invertir cada uno 40 dólares y construir una red
de silos de metal para proteger su maíz de la humedad y las plagas.
* El autor es corresponsal de IPS.
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