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El “sheriff” del planeta |
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Por Ignacio Ávalos Gutiérrez*
Se requieren nuevas instituciones globales para manejar temas de seguridad ambiental, como el Protocolo de Kyoto. La negativa de Estados Unidos a firmar ese acuerdo no es una sorpresa, pues las negociaciones siempre se toparon con "la pared norteamericana".
CARACAS.- Según la teoría política, pero, sobre todo, el sentido común, inclusive en la más elemental de sus versiones, todo poder exige su contrapeso. En el balance reside, en buena parte, la clave de la convivencia humana. Sin éste, sobrevienen la arbitrariedad y el abuso. Ya lo sentenció alguien, quizás un exagerado: el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.
Desaparecida la Unión Soviética, Estados Unidos actúa a su aire, y, para muestra, hay innumerables botones que debilitan a la ya de por sí frágil estructura del derecho internacional, al punto de que Samuel Huntington, de talante más bien conservador, escribe que su país “se está convirtiendo en una superpotencia que no respeta la ley”.
Recuérdese, por ejemplo, cómo Estados Unidos se ha opuesto a la creación del Tribunal Penal Internacional y cómo actuó en el drama de la “limpieza étnica” en Kosovo, saltando las propias bases constitutivas de la OTAN y de la Carta de las Naciones Unidas, organización que pareciera a veces estar lejos de ser el recinto al que todos los países pueden acudir para resolver sus diferencias, sin apelar a la ley de la selva.
La negativa del presidente George W. Bush a apoyar el Protocolo de Kyoto es apenas un último incidente que a nadie debe sorprender. La intención de disminuir la emisión de gases invernadero que provocan el cambio climático se ha topado con la pared norteamericana.
Bill Clinton (1992-2000) puso los primeros reparos y Bush, con pretensiones de ser el “sheriff” del planeta y con varios miembros de su gabinete salidos de la entraña industrial petrolera, ha ido aún más lejos en su intransigencia.
Para el presidente del país que encabeza la producción de dióxido de carbono, las recomendaciones del tratado de Kyoto carecen de solidez científica y, además, lesionan los intereses norteamericanos al obstaculizar el crecimiento de su PIB, en cuyo altar se quiere sacrificar, incluso, el Refugio de Fauna Artica en Alaska.
Según parece, no quiere ver descender por estas razones tan banales –una descompensación climática, apenas- el lugar de su país en el Indice de Competitividad Mundial, elaborado por el Foro Económico Mundial, parecido en naturaleza y propósitos al “ranking” que hace, en el ámbito deportivo, la Asociación Mundial de Boxeo.
En estos tiempos, la crisis del estado-nación, invento viejo de varias centurias, es uno de los temas que más reluce en el debate sobre la globalización. Que en la actualidad el Estado ya no puede con lo que podía ni es lo que era, es el resumen de un diagnóstico más o menos compartido: que no es capaz de controlar todos los hilos de la economía, que los medios de comunicación borran las líneas tradicionales de su soberanía y que no tiene cómo lidiar con los temas del medio ambiente.
Y es evidente, por otro lado, que la competencia (la más clara expresión de la ideología del pensamiento único que ahora nos gobierna) no es el instrumento adecuado para responder a las nuevas formas de coexistencia que exige el mundo actual, con su tupida red de interdependencias e interacciones.
En ningún otro asunto como el ecológico se percibe la urgencia de una acción mundial que ponga en cintura al mercado y permita contribuir al uso eficaz y respetuoso de los recursos naturales, disponibles y potenciales. La deserción estadounidense en el caso de Kyoto es, desde luego, un golpe bajo a esas aspiraciones.
Cualquiera entiende que la globalización es, en cierto sentido, universal e inderogable como la ley de la gravedad, pero cabe preguntar a la vez si su única cara posible es la que vemos la mayoría de veces, y si no es posible sustentar la globalización en otros valores y en otras maneras, o si ha de seguir confundiéndose con la mundialización de los intereses de unos cuantos países y, lo peor, de unas pocas empresas.
El mundo se reunirá una vez más para discutir sobre Kyoto (conferencia de Bonn, entre el 17 y el 27 de julio próximo). No olvidemos, pues, que hay que seguir bregando políticamente por la creación de instituciones mundiales que promuevan el equilibrio de los poderes globales y, a través de ello, la seguridad del planeta, el mantenimiento del orden y de la justicia internacional, la erradicación de la pobreza y el cuidado del medio ambiente.
* El autor es ex ministro de ciencia y tecnología de Venezuela.
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