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Educar para el siglo XXI (Parte II)

Por Carlos Fuentes*

De la diversidad respetada nace una unidad respetable, y la educación tiene mucho que ver con eso. El escritor mexicano argumenta en esta segunda parte de su artículo sobre la necesidad de un proyecto público apoyado por el sector privado y dinamizado por el sector social.

Ni geográfica, ni racialmente, ni por tamaño, historia y población, son iguales Argentina y Bolivia, México y Ecuador, Haití y Brasil. Pero esas diferencias no nos disminuyen o agrandan en sí, ni nos separan forzosamente, si sabemos hacer de las diferencias, virtud: virtud de proposiciones plurales, variadas, adecuadas a naciones diferentes y, muy a menudo, a distancias enormes dentro de cada nación.

Brasil es Belindia, las provincias del norte de Argentina no son Buenos Aires, y el sur indígena y pobre de México no es el norte industrializado y mestizo que hace frontera con los EEUU. La sabiduría clásica nos dice que de la diversidad nace la verdadera unidad. La experiencia contemporánea nos dice que el respeto a las diferencias crea la fortaleza, y su negación, la debilidad. Y la memoria histórica nos confirma que el cruce de razas y culturas está en el origen de las grandes naciones modernas. No hay una Francia puramente gala, ni una Inglaterra nacionalmente feliz porque sólo la habitan los druidas.

¡No tiene la América Latina la inteligencia y la voluntad necesarias para integrar y fortalecer a sus naciones protegiendo y alentando su pluralismo cultural! Que éste, al cabo, se integre en la corriente general de nuestro mestizaje, fortalecerá a éste y lo confirmará, además, como el signo previsor de lo que serán las sociedades mixtas y migratorias del siglo XXI; poseemos esa ventaja.

Quiero decir con esto que no hay educación latinoamericana que no atienda a las particularidades nacionales y regionales del continente. Podemos confiar en que de nuestra diversidad respetada nacerá una unidad respetable. La uniformidad conceptual para sociedades heterogéneas nos ha dañado, nos ha retrasado, y nos ha impedido aprovechar la experiencia y la sabiduría de las culturas alternativas en el mundo agrario, indígena y, ahora, urbano, de Latinoamérica. Unidos porque nos enriquecen nuestras diferencias.

Base y propósito de una educación latinoamericana para el siglo XXI, ésta requiere, además, un proyecto público que la apoye. En su ausencia, la explosión de la demanda conduce a un submercado de baja calidad para la población, aunque de alta rentabilidad para sus dueños. Pero el proyecto público requiere la cooperación del sector privado, que sin un proyecto público acabará careciendo de consumidores, toda vez que no es concebible en ninguna parte del mundo mayor producción sin mayor educación, ni mejores niveles de compra sin ambos.

Pero requiere también el apoyo del tercer sector, que incluye a buena parte del capital humano de un país, que puede ser tan importante como la educación que reciba y la cultura que haga valer. A veces, donde la burocracia es ciega la sociedad civil identifica los problemas de la aldea olvidada, de la mujer que es madre y trabajadora, del barrio urbano donde habitan “los olvidados” de Luis Buñuel: la favela, el rancho, la villa miseria, la ciudad perdida... Y otras veces, donde la empresa privada sólo advierte la ausenciade entidades, el sector social descubre o inventa maneras de emplear los recursos locales, inclusive los recursos para apoyar a la escuela y, donde no hay escuela, para enseñar de puerta en puerta si es necesario.

La educación latinoamericana debe ser un proyecto público apoyado por el sector privado y dinamizado por el sector social. Su base es la educación primaria y secundaria; que ningún latinoamericano de dieciséis años o menos se encuentre con un pupitre vacío Su meta es la educación vitalicia; que ningún latinoamericano deje jamás de aprender. La enseñanza moderna es un proceso inacabable; mientras más educado sea un latinoamericano, más educación seguirá necesitando a lo largo de su vida. Su prueba es ofrecer una educación inseparable del destino del trabajo, en un mundo donde el avance tecnológico puede crear desempleo a pesar de la educación.

Este problema debe resolverse mediante políticas de redistribución y readiestramiento del empleo. Ello requerirá técnicas de educación novedosas.

Pero la América Latina, continente de carencias y de frágiles fundamentos, aún puede dar un ejemplo de educación para el trabajo a partir de las necesidades de la “segunda nación” de la pobreza y la marginación. Educación artesanal, para los reclamos de la aldea, del barrio, de la zona aislada. Educación para la infraestructura. Educación para el crédito. Educación para el ahorro.

Todo esto nos exige la base social de la América Latina. Y educación, en fin, para la democracia y en la democracia. Tenemos que activar las iniciativas ciudadanas, la vida municipal, las soluciones locales a problemas locales, todo ello dentro de un marco formal de división de poderes, elecciones transparentes y fiscalización de las autoridades. Eduquemos a los latinoamericanos para ejercer el poder. No el poder sobre los demás, sino el poder con los demás.

* El autor es escritor mexicano, miembro del Consejo Editorial de Tierramérica. Este texto es la segunda parte del prólogo escrito por Fuentes para el libro de Naciones Unidas: “Educación, la agenda del siglo XXI”, (PNUD/TM editores)




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Crédito: Fabricio Vanden Broeck
 
Crédito: Fabricio Vanden Broeck