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Las píldoras de la felicidad

Por Ignacio Ávalos Gutiérrez*

La utopía ha cambiado: ya no viene envuelta en la promesa de mejores relaciones sociales, sino dentro de frascos de píldoras que ofrecen bienestar instantáneo para un mundo en el cual, según se dice, 50 por ciento de la población estaría deprimida.

CARACAS.- La depresión calificó entre los peores males del siglo pasado y, por lo visto, lo hará también en el actual. Las razones no están del todo claras, como no suelen estarlo las razones de las cosas más importantes de la vida humana. Se dice que influye la falta de convicciones religiosas. La obsesión por la competitividad. Los desmanes de la sociedad de consumo que coexisten con el hambre de tres cuartas partes de la humanidad. El desacomodo causado por la globalización. Los peligros derivados de los abusos ambientales. Las amenazas de un terrorismo que poco a poco nos hace a todos vulnerables. Los agobios de la existencia urbana, su absurda rapidez, la soledad, la norma cotidiana del “sálvese quien pueda”. O, lo más probable, todo junto.

Los americanos, que todo lo miden, han determinado que el cincuenta por ciento de la gente sufre algún tipo de depresión. No es equivocado pensar que en el resto del mundo, incluso en nuestros países no tan adictos a la medición y en donde guardar cifras no es precisamente una virtud colectiva, la cosa debe ser parecida, aunque las razones seguramente se repartan de otra manera. El Prozac y sus equivalentes se están convirtiendo en muchas partes en artículo de primera necesidad.

La concepción bioquímica del comportamiento humano gana cada vez más terreno entre nuestras creencias básicas: es más sencilla de entender y promete más eficacia. Somos de tal o cual manera y sentimos tal o cual cosa, por algún motivo hormonal, no porque tengamos una crisis afectiva o una pérdida irreparable, o nuestra sociedad sea un desastre y el mundo, a ratos, se asemeje a la selva. La depresión es, pues, asunto que ahora diagnostican y curan biólogos y similares, quienes aspiran a reemplazar a psiquiatras y psicólogos de toda laya en su aspiración de entender conductas. Aseguran que un granito de litio tiene más efectos prácticos que cien horas de diván indagando, por ejemplo, el significado de los sueños o las implicaciones de un Edipo mal resuelto.

Una pastilla pulveriza cualquier problema, seda el dolor, cura la tristeza, evapora el desánimo, elimina la angustia, reduce la timidez, desvanece miedos y fobias. Como si las emociones no tuvieran nada que ver con nuestra historia, ni los padres que tuvimos, los hermanos que nos tocaron en suerte, los maestros que nos enseñaron a leer, la cultura en la que respiramos, las relaciones sociales en las que nos desenvolvemos, la economía en la que nos ganamos el pan de cada día, la sedimentación, en fin, de las miles de cosas buenas y malas que nos pasaron, la sucesión de afectos y desafectos que nos rodearon, moldeándonos. No. La persona es, según se pretende, pura bioquímica y a la postre vale más la pena estimular las células del cerebro a través de la acción de la serotonina, el llamado transmisor del humor, que cualquier reforma del sistema social. En reemplazo, entonces, del materialismo histórico, tal como lo propuso Marx hace cien años, algunos utópicos de la postmodernidad proponen ahora el materialismo bioquímico.

Pero no se trata sólo de prescindir de la psicología, de sus sesiones latosas de dudosa eficacia, sino también de la sociología y demás ciencias aledañas, la economía y la política entre ellas, pues, de ahora en adelante, no valdrá decir que las personas se deprimen porque la sociedad tiene ciertos rasgos que la hacen ingrata, poderes que oprimen, culturas que excluyen o riquezas mal distribuidas, sino porque padecen cierto desequilibrio químico en el cerebro. Quienes lo dicen, los sabios del pragmatismo, tienen razón: no hacen falta ideologías que alienten la lucha para cambiar la sociedad y hacer más fácil la convivencia.

Es necesario, sólo, que cada cual tenga la pastillita correspondiente para alcanzar su felicidad. La pastillita, digo, mientras aguardamos por la ingeniería genética y llega el momento, según algunos, de que todo sea asunto de atornillar un nuevo gen en algún lugar.

La utopía ha cambiado: ya no viene envuelta en la promesa de mejores relaciones sociales, sino dentro de frascos de píldoras y en las posibilidades que abre el mapa del genoma humano del cuerpo y adiós depresión.

* El autor es ex ministro de ciencia y tecnología de Venezuela




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Crédito: Fabricio Vanden Broeck
 
Crédito: Fabricio Vanden Broeck