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Ni un árbol está en pié

Por Michael Kamber *

En Pakistán se registra una debacle: este país tiene las tasas más altas de deforestación del mundo, índices de contaminación atmosférica 20 veces mayores a los estándares internacionales y un sistema de alcantarillado al borde del colapso

KARACHI, Pakistán - Hace veinte años, los residentes de Karachi, la ciudad más grande de Pakistán, solían nadar y capturar peces a lo largo de los bancos del río Lyari.

Hoy en día, el tributario, que cruza la ciudad a lo largo de una milla, es una mancha de aguas negras con residuos tóxicos y basura.

Los bancos del río se encuentran recubiertos de montones de basura quemada: una pútrida combinación de alimentos descompuestos, residuos hospitalarios, animales muertos y millones de fundas plásticas.

Como figuras de alguna pesadilla post-apocalíptica, muchachos jóvenes surgen de las ruinas humeantes, rastreando la basura con imanes, en busca de clavos y pedacitos de metal para vender.
El medio ambiente de Pakistán está en ruinas.

El alcalde de Karachi declaró hace poco que el agua de la ciudad y su sistema de alcantarillado se encuentran “al borde del colapso”.

Se estima que aquí y en otras ciudades pakistaníes la contaminación atmosférica es 20 veces más alta que los estándares de la Organización Mundial de la Salud, OMS.

El país, en su conjunto, tiene uno de los porcentajes de zona boscosa más bajos del mundo, y las tasas de deforestación más altas.

Existen, además, interrogantes sobre la política de depósito de residuos nucleares, y los ambientalistas están indignados ante la reciente decisión del gobierno de permitir las exploraciones de gas y petróleo en el Parque Nacional de Kirthar, hogar de numerosas especies amenazadas.

En gran medida, los pakistaníes atribuyen el daño a los millones de refugiados de las dos últimas décadas, la mayoría desde el vecino Afganistán.

Karachi fue proyectada para albergar a un millón de personas, más tarde en los 80s fue replanteada para 6 millones. Ahora, la población es de 14 millones y continúa creciendo.

La ciudad genera ocho mil toneladas de basura diarias, y sólo se recolecta 40 por ciento de ellas. Ochenta y seis por ciento de las aguas negras no se trata, lo que contamina el drenaje natural y los ríos.

En las provincias del norte, refugiados en improvisados campamentos han diezmado bosques enteros para usar leña como combustible.

Pero los ambientalistas señalan otros factores como detonadores de la crisis: una epidemia de corrupción en el gobierno, una pobre planificación ambiental y, por supuesto, la pobreza que deja a la mayoría de los pakistaníes destinados a ser analfabetos y vivir con menos de 500 dólares al año.

El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) da a los refugiados harina, lentejas y algo de aceite comestible cada mes, pero no combustible para cocinar.

Para los afganos, así como para la mayoría de los 140 millones de habitantes de Pakistán, la leña es el combustible alternativo.

Organizaciones internacionales recomiendan que un país debe tener de 20 a 25 por ciento de su tierra cubierta de bosques. El número oficial en Pakistán es de 4 por ciento. G.M. Khattak, antiguo jefe de conservación de bosques para la provincia Fronteriza del Noroeste, estima el número real en dos por ciento.

“En las áreas pobres, la gente está desesperada,” dice Khattak. “Ni siquiera una hoja de hierba está en pie, ni un árbol, ni un arbusto.”

En una década, los bosques del país, todos juntos, cesarán de existir, advierten expertos.

A grandes “mafias de la madera” se les permite todavía cortar ilegalmente bosques en tierras estatales a cambio de sobornos en efectivo. Pero, aún sin estas mafias, la necesidad de la gente de cocinar da pábulo a la demanda de madera.

En todo Pakistán, durante la noche, una gruesa capa de humo cubre las ciudades y villas mientras la gente prepara la comida.

“He ido a las villas y he dicho a la gente: Miren este magnifico bosque. ¿Por qué lo talan? Ellos responden: Usted venga aquí cuando es invierno, cuando hace frío. No podemos comernos este magnífico bosque, pero podemos cocinar con él”, dice el Khattak.

“Hablamos de deforestación, pero deberíamos estar hablando de pobreza.”

(Copyright IPS)

* El autor es corresponsal especial de Village Voice, periódico neoyorquino.




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