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La obsesión por el bienestar

Por Mark Sommer *

La sociedad estadounidense se dejó atrapar por el atractivo espejismo de lo barato, rápido, fácil y cómodo, aunque pueda significar la incomodidad de otros. Y para hacerlo realidad pagan un alto precio.

BERKELEY.- Durante el último medio siglo, la idea impulsora de Estados Unidos no ha sido la libertad ni la democracia, sino el logro del confort y del bienestar.

Bajo la extendida influencia de una penetrante industria de la publicidad, un pueblo que fue antes autosuficiente y esforzado se dejó atrapar por el atractivo espejismo de lo barato, rápido, fácil y cómodo.

Las promesas de recompensas inmediatas sin esfuerzo proliferaron e inculcaron en generaciones de estadounidenses la cultura del derecho instantáneo y eterno al bienestar, como si la baratura, el confort y la conveniencia fueran los principales derechos ciudadanos.

Con el tiempo, muchos estadounidenses olvidaron una realidad que la mayoría de otros pueblos no tuvo el lujo de poder ignorar: que la vida no es siempre confortable o conveniente y que raramente es barata.

Olvidaron que sus antepasados sabían por experiencia que las mejores cosas que ofrece la vida se consiguen sólo por medio de la habilidad, la paciencia y el esfuerzo sostenido, a menudo con considerables incomodidades y dificultades a lo largo del camino.

Entretanto, en lugar de llevar la publicitada vida fácil, la mayoría de estadounidenses se encontró con que los actuales mecanismos para ahorrar trabajo y los fugaces escapes de las aniquilantes rutinas laborales en realidad les hacen trabajar aún más duro.

Hoy en día la mayoría de los norteamericanos trabaja más horas y obtiene menos satisfacción por su labor que los ciudadanos de la mayoría de las naciones industrializadas avanzadas, en parte porque sufre al considerar que su vida es un fracaso si no puede colmar todas sus expectativas.

Al construir una economía y una cultura con la premisa escapista de conveniencia y confort perpetuos, los estadounidenses no han podido darse cuenta de que el peso de su prometido bienestar está siendo sostenido por multitudes de otros seres humanos, cuyo bienestar es perjudicado y cuya supervivencia está amenazada precisamente por esa carga que le es ajena.

En sí mismo, el anhelo de escapar de las tareas pesadas y de las incomodidades es un impulso humano natural compartido por todos y difícilmente exclusivo de los estadounidenses.

El problema está en la adoración casi religiosa de la comodidad como el más preciado bien de la vida y en la deliberada despreocupación ante el terrible precio escondido que el confort de unos exige a muchos otros.

En definitiva, los estadounidenses también pagan un alto precio, tanto en insatisfacción personal como a consecuencia de las venganzas elaboradas contra ellos por otros no tan privilegiados.

Los economistas tienen un nombre para los desórdenes no reparados por quienes los crearon: “externalidades”. Como ninguna otra civilización en la historia humana, los estadounidenses generaron una montaña alta como el Himalaya de “externalidades” por las cuales ellos y otros y generaciones tanto futuras como actuales pagarán finalmente.

Algunos estadounidenses, aunque todavía son una minoría, han comenzado a abrir los ojos y ver la trágica conexión entre su comodidad y la incomodidad de los otros. Para la mayoría, sin embargo, la amenaza de la pérdida del “American way of life” justifica la comisión de todo tipo de barbaridades en su nombre y con su dinero.

La mayoría de los norteamericanos no es indiferente ante el sufrimiento humano. Por cierto que ellos están entre las personas más generosas del mundo en cuanto a su disponibilidad individual en tiempos de necesidad.

Pero ellos eligen a los políticos más tacaños y, según revelan las encuestas, imaginan que su país da mucho más de lo que en realidad contribuye en materia de ayuda exterior.

En su ignorancia, forjada por unos medios de comunicación, un sistema de enseñanza, un gobierno y una cultura empresarial que ocultan las consecuencias de las acciones individuales y colectivas detrás de una capa de banal amabilidad y de falso afecto, los estadounidenses se convierten en cómplices de la actitud de esos políticos y del gobierno de su país.

Es más fácil creer que su país está ayudando de verdad -y no con muy insuficientes paliativos-, que confrontarse con la insensibilidad de su propia cultura y las costosas consecuencias para los demás pueblos del bienestar personal y nacional.

Quizás una época venidera de tiempos más difíciles enseñará de nuevo a los estadounidenses el valor compensatorio de la autosuficiencia, del esfuerzo sólido y del compromiso.

(Copyright IPS)

* El autor es ensayista y columnista estadounidense. Dirige el Mainstream Media Project, una iniciativa con sede en Estados Unidos que lleva nuevas voces a los medios de comunicación.




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Crédito: Fabricio Vanden Broeck
 
Crédito: Fabricio Vanden Broeck