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La implosión de los grandes sistemas

Por Mark Sommer *

En la economía, la política y la naturaleza, vemos un patrón emergente: instituciones que nosotros imaginábamos indestructibles se derrumban bajo el peso de sus propias contradicciones. Pasó en casos como el de Enron. Y también puede ocurrir con los sistemas ecológicos.

BERKELEY.- La destrucción del World Trade Center en Nueva York dejó grabada en nuestra memoria colectiva una clara metáfora para el nuevo milenio: la de la implosión.

El repentino derrumbe interno de estructuras, instituciones o regímenes antes inexpugnables ha reemplazado a las transformaciones explosivas y se ha convertido en el modo típico de desaparición de diferentes sistemas.

“Este es el modo en el que termina el mundo”, escribía T.S. Elliot, "no con un estallido sino con un quejido".

En la economía, la política y la naturaleza, vemos un patrón emergente: con un carcomido interior y paralizadas por una fatal pérdida de credibilidad, esas instituciones que nosotros imaginábamos indestructibles se derrumban bajo el peso de sus propias contradicciones.

Primero fuimos testigos hace más de una década del imprevisto colapso del comunismo en Europa Oriental y la Unión Soviética.
Ni la CIA ni los propios dirigentes soviéticos se dieron cuenta de que las fisuras en el sistema comunista podían combinarse de tal modo de convertir en escombros a un régimen rígidamente represivo.

En el campo de la economía hemos sido testigos del pasmoso derrumbe de una de las más grandes compañías de energía del mundo. Enron, un conglomerado con sede en Texas, fue evaluado hace un año en 100 mil millones de dólares. Ahora, no vale nada. Aquí también la implosión es la metáfora perdurable.

Según analistas especializados en energía, la codicia, la arrogancia, el engaño y la presunción de que ellos no hacían nada incorrecto (o al menos de que no los iban a atrapar haciéndolo) llevaron a los ejecutivos de Enron a crear una empresa sin productos tangibles y con 881 paraísos fiscales. Por un limitado período de tiempo, tal tipo de juego puede ser provechoso. Aunque a la larga se pagan las consecuencias.

Pero la implosión no está limitada a los asuntos humanos. Los biólogos han informado hace poco que, contrariamente a lo que se creía, los sistemas ecológicos a veces se derrumban sin previo aviso, mostrando pocos síntomas, a causa del impacto acumulativo de abusos cometidos durante plazos largos.

Hasta ahora, los científicos siempre habían presumido que el deterioro de un sistema va quedando en evidencia a través de síntomas claros y graduales.

El cambio climático podría llegar a ser la más trascendente de esas implosiones. Mientras que los expertos advierten que los síntomas del recalentamiento global son apremiantes, los escépticos señalan que aún no ha sucedido nada malo. Dados los recientes descubrimientos en la materia, esta última posición carece de sustento alguno. En cambio, si se continúa ignorando el indiscutible peligro del impacto del cambio climático, cuando se quiera reaccionar será demasiado tarde.

En cierto sentido el tipo de globalización que está asolando el planeta se ve personificado por los analistas accionarios que ocupaban los pisos altos del World Trade Center. Dedicados por completo a las abstracciones puras de las ganancias, no tenían idea de que en efecto no había nada entre su piso 110 y la planta baja. Era pura especulación, una fantasía de las altas finanzas.

Pero por más espantosos que sean esos símbolos del brusco derrumbe, la implosión no es necesariamente un resultado negativo. Es mucho mejor que la explosión, que los acontecimientos violentos por medio de los cuales las guerras y las revoluciones han transformado los asuntos humanos a través de la historia.

La implosión es un colapso contenido. Su naturaleza intrínseca limita los daños colaterales. Milagrosamente, por ejemplo, el imperio soviético se derrumbó sin derramamientos de sangre importantes. Las implosiones nos permiten aprender las lecciones del colapso sin la necesidad de soportar una extensa devastación.

Todavía más importante es que la implosión de un sistema global político, económico y militar, que ha proliferado mucho más allá de la capacidad de sustentación de sus fundamentos esenciales, no sólo es inevitable sino que también es necesaria e incluso saludable.

En realidad no tiene que ser una catástrofe, sino que, tomada con el espíritu correcto, puede ser una experiencia regeneradora. Un sistema que hace mal a la humanidad y a la naturaleza necesita derrumbarse a fin de abrir el camino a la reconstrucción de un modo de vida sostenido por los verdaderos cimientos de la prosperidad, o sea por la satisfacción de las necesidades reales y no por la gratificación de incesantes caprichos.

Podemos sólo esperar que las implosiones de las que seremos testigos sean aterrizajes suaves que dejen tiempo y espacio para construir nuestro mundo de manera más justa y segura.

(Copyright IPS)

* El autor es ensayista y columnista estadounidense, dirige el Mainstream Media Project, una iniciativa con sede en Estados Unidos para llevar nuevas voces a las radios




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Crédito: Mauricio Gómez Morín
 
Crédito: Mauricio Gómez Morín