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En la cuerda floja

Por Gro Harlem Brundtland*

Millones de personas se hallan escasas de alimentos, agua y seguridad, asediados por enfermedades. Es urgente salvar el mundo para las generaciones futuras, dice la directora general de la OMS.

Un niño o niña en la mitad pobre de nuestro mundo tiene una posibilidad en cinco de morir antes de cumplir cinco años. Esa criatura y millones como ella marchan en la vida como soldados que van a morir en los campos de batalla. Es una masacre. Casi 11 millones mueren cada año, muchos más de los que murieron en todas las guerras de la década pasada.

Estas muertes no son inevitables. No deberían ocurrir y constituyen una mancha en nuestra conciencia colectiva.
Jefes de Estado, ministros y altos funcionarios que participaron en la Cumbre Mundial por los Niños de 1990 asumieron importantes compromisos para cambiar esa situación.

Los índices de mortalidad infantil cayeron en los últimos 30 años. Hemos demostrado cuán positivos son el combate a la poliomielitis y la inmunización infantil contra otras enfermedades. Hemos visto la efectividad de la rehidratación oral y de la higiene básica para salvar vidas.

Pero el progreso de la última década dista de ser bueno. Necesitamos concentrarnos en los niños más vulnerables, los recién nacidos. Muchas condiciones de vida que causan la
muerte de un recién nacido pueden ser fácilmente evitadas o atenuadas.

No hace falta una tecnología sofisticada y cara, es suficiente con instalaciones sanitarias que puedan enfrentar eventuales complicaciones durante las primeras cinco semanas del embarazo, el parto y el periodo posterior. Un recién nacido necesita una madre saludable.

Es necesario que concentremos la atención en un quinto de la población mundial, 1.200 millones de adolescentes. En esa etapa vital se elige el estilo de vida que influirá en las posibilidades de una existencia saludable. El consumo de tabaco y alcohol y la alimentación tienen profundas repercusiones: al menos dos tercios de las muertes prematuras de los adultos son resultado de conductas adquiridas en la adolescencia.

La Organización Mundial de la Salud ha adoptado un enfoque integral para la reducción del sufrimiento causado por el sida, la malaria y la tuberculosis a través de programas que combinan prevención, diagnóstico, tratamiento y atención. Ahora estamos en mejores condiciones para luchar por más recursos contra esos males devastadores.

Hemos recorrido un largo camino para que un número mucho mayor de personas acceda a medicamentos esenciales, y lo hemos conseguido antes de lo previsto tres años atrás.

Pero hace falta una continua reducción de precios de las medicinas, así como un aumento en la calidad de los servicios. Debemos profundizar nuestro esfuerzo, aun cuando la lucha se ve obstaculizada por los "campos minados" políticos e institucionales.

El sida es una enfermedad de niños, niñas y jóvenes. La mayoría de los recién infectados tiene menos de 24 años. Debemos poner énfasis en las realidades de las vidas de los adolescentes, y no en nuestros puntos de vista sobre cómo deberían vivir.

Esto se aplica cuando trabajamos con para reducir los índices de embarazos adolescentes y de infecciones de sida, así como la incidencia del sexo inseguro.

Nuestro esfuerzo debe ser a favor de los derechos de jóvenes o viejos a su propia sexualidad. Esto significa tolerancia cero ante la violencia de aquellos que buscan relaciones sexuales. Es un crimen contra los derechos humanos y nunca puede ser perdonado.

Debemos trabajar duramente para llegar a las personas pobres y a sus hijos e hijas y darles más oportunidades. Sólo ellas podrán decir si realmente estamos preparando nuestro mundo para las generaciones futuras. Sólo así podremos enfrentar la injusticia y crear los cimientos de una paz duradera.

* La autora es directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y ex primera ministra de Noruega




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Crédito: Fabricio Van den Broeck
 
Crédito: Fabricio Van den Broeck