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No más compromisos de papel

Por Rigoberta Menchú*

La Cumbre de Johannesburgo debe asumir un firme compromiso para garantizar la gobernabilidad ambiental del planeta y, con ella, la paz mundial. Hay que recuperar el compromiso con la vida, con la supervivencia de las especies y las civilizaciones, argumenta la autora.

La Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro estableció en 1992 un compromiso para frenar y revertir el deterioro ambiental y redistribuir el poder, los recursos y las oportunidades.

No será suficiente llegar a la Cumbre de Johannesburgo de este mes con más compromisos de papel mientras los designios de quienes detentan el poder mundial continúan reblandeciendo la efectividad de los instrumentos internacionales hasta hacerlos irrelevantes.

No desconozco los avances que se han dado en los últimos 10 años en el ámbito nacional, regional y global, ni la riqueza de las múltiples experiencias locales que se han desarrollado a la luz de los resultados de Río.

Sin embargo, observando lo ocurrido en este periodo, me pregunto cuántas desgracias tendrán que acontecer aún, cuántas guerras, cuántos desplantes, antes de aceptar que la "civilización" a nombre de la que se han cometido errores e injusticias, no es un camino unívoco para la humanidad.

En la cosmovisión de mis ancestros mayas, cada pueblo es el espejo del mundo natural en que vive. Nadie puede imaginar a un oso polar en la Amazonia, ni que el pueblo masai se traslade desde Kenia a Groenlandia. La diversidad cultural es el espejo de la diversidad natural.

Cada vez que se arrasa un bosque, se violenta una forma de vida, se pierde una lengua, se corta una forma de civilización, se comete un genocidio.

La Cumbre de Río aprobó el Convenio sobre la Diversidad Biológica, cuyo artículo 8j obliga a reconocer y aprender de la riqueza y diversidad de los sistemas de conocimientos y prácticas indígenas. Sin embargo, prevalece la vieja lógica del despojo y el desprecio coloniales que ha subestimado la sabiduría de nuestros ancestros y ha negado a nuestros pueblos el derecho al bienestar.

Los instrumentos vinculantes y la herramienta metodológica de la Agenda 21 de Río constituyen el más significativo avance intelectual y político que el cambiante debate sobre el desarrollo y la convivencia pacífica ha producido en la historia contemporánea.

Sus insuficiencias mayores fueron las dimensiones institucional y financiera, que dejaron este proceso a merced de la voluntad política para alcanzar los resultados que se esperaban.

Es preciso renovar esa voluntad para restituir el valor del pacto fundacional de nuestras acciones, validando el sentido de corresponsabilidad con que nació el sistema internacional contemporáneo hace medio siglo y, sobre todo, establecer con claridad la responsabilidad que compete a cada uno de los actores.

También esperamos que la Cumbre de Johannesburgo refuerce el reconocimiento de los pueblos indígenas como sujetos de derecho.

Ello implica reconocernos el derecho a disfrutar de nuestros territorios inalienables, los recursos que hemos utilizado ancestralmente y la propiedad intelectual colectiva sobre los conocimientos tradicionales.

En nuestros territorios hemos preservado la diversidad natural y hemos producido los alimentos que han marcado la historia de las civilizaciones. Desde ellos nos hemos relacionado con el resto de la humanidad, brindando nuestro conocimiento para mejorar la vida de nuestros hermanos y aplicando saberes que aprendimos de otros pueblos.

No aceptaremos ninguna restricción a los estándares internacionales vigentes, en particular a la obligatoriedad del principio del "consentimiento previo y fundamentado" para cualquier acción que afecte nuestros intereses.

Hay que convertir el pacto de Río en un código de convivencia en un mundo que ha provocado tantos muertos desde la última conflagración mundial como los que ella produjo, que ha generado hoy más de 23 millones de refugiados y nadie sabe cuántos desplazados. Hay que cambiar radicalmente el ritmo y la dirección de esta convivencia complaciente con el desastre y la crueldad. Hay que recuperar el sentido más profundo del compromiso con la vida, con las vidas, y con la supervivencia de las especies y de las civilizaciones.

Copyright: Inter Press Service

* La autora es premio Nobel de la Paz 1992 y embajadora de Buena Voluntad de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.




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Crédito: Fabricio Van Den Broeck
 
Crédito: Fabricio Van Den Broeck