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Rescatan del hielo patrimonio antártico

Por Marcela Valente*

Expertos restauran cabañas, refugios y estaciones científicas que usaron intrépidos exploradores en el continente blanco desde el siglo XIX. El patrimonio histórico antártico incluye 73 lugares a merced del frío y el viento.

BUENOS AIRES.- Un puñado de científicos de varios países trabaja desde hace algunas décadas en la búsqueda, reconstrucción y mantenimiento de los monumentos históricos de la Antártica: asentamientos de pescadores, expedicionarios e investigadores que llegaron al continente blanco desde el siglo XIX.

Se trata de recuperar trozos de la historia humana en territorio antártico, rescatándolos del hielo que todo lo cubre.

En vigor desde 1961, el Tratado Antártico recomendó en su primer encuentro proteger de los daños del clima y la actividad humana a todos los sitios con huellas del paso del hombre. Poco después se confeccionó una lista de 73 lugares considerados patrimonio histórico antártico.

Cada verano Ricardo Capdevila, jefe del Departamento de Museo e Historia del Instituto Antártico Argentino, viaja a la Antártica con un equipo de colaboradores para ubicar y restaurar esos sitios y efectuar labores de mantenimiento de monumentos ya recuperados.

Este año, al cumplirse el primer centenario de la expedición del geólogo sueco Otto Nordenskjold, Capdevila y su equipo restauraron la cabaña de madera levantada por los científicos en la isla Snow Hill (Cerro Nevado). La casa se había llenado de hielo y eso contribuyó a mantener en pie la estructura, pese a las bajas temperaturas y los fuertes vientos.

“Primero la liberamos del hielo y luego le hicimos un cinturón de acero para preservar la forma original. Era una casa muy fuerte, porque mientras estábamos en campaña hubo vientos de hasta 270 kilómetros por hora y la cabaña resistió perfectamente”, explicó Capdevila a Tierramérica.

Nordenskjold zarpó del puerto sueco de Goteborg en octubre de 1901 a bordo del buque Antarctic. En febrero de 1902, junto con cinco tripulantes, entre ellos el alférez argentino Jorge Sobral, desembarcó en Snow Hill, cerca de la costa oriental de la península antártica, donde establecieron su base para la invernada prevista hasta diciembre, cuando el Antarctic debía recogerlos.

Pero la embarcación nunca llegó: atrapada en los hielos se hundió en febrero de 1903 al este de la isla Paulet.

Los cinco expedicionarios fueron rescatados en noviembre por la corbeta argentina Uruguay, que unos días después recogió asimismo a los náufragos del Antarctic, refugiados en una casa de piedra en la isla Paulet, otro monumento que está reconstruyéndose.

Capdevila trabaja ahora en la recuperación de la casa Moneta, la primera estación científica permanente de Argentina, asentada en 1903 en las islas Orcadas del Sur. Se trata de un campamento de la expedición escocesa de William Bruce, cedido al argentino José Moneta para instalar una estación meteorológica.

Moneta trabajó allí durante cuatro años, y escribió un libro paradigmático, “Cuatro años en las Orcadas del Sur”. Los expertos en restauración esperan inaugurarla el año próximo, cuando se cumpla un siglo del establecimiento argentino en una zona con temperaturas de hasta 30 grados bajo cero.

Argentina no es el único país en este empeño. Australia, Chile, España, Estados Unidos, Nueva Zelanda y Gran Bretaña cuentan con programas para conservar viva la memoria humana en un continente de 14 millones de kilómetros cuadrados, cubiertos casi totalmente por el hielo.

Jorge Berguño, subdirector del Instituto Antártico Chileno, relató a Tierramérica que se han hallado rastros de la caza de lobos marinos que datan de 1820, cuando se produjo una extinción temporal de las focas peleteras, las más buscadas entonces por ingleses y estadounidenses. Los cazadores dejaron en la Antártica objetos, muros de piedra y restos de naufragios.

Más tarde surgió la explotación ballenera, de la que dan cuenta los restos de una estación en Decepción, una de las islas Shetland del Sur, en la que trabajan siete países para crear una zona de administración y preservación conjunta.

En la isla Livingston, también en el archipiélago Shetland, se hallaron un fémur y un cráneo que resultaron ser de una mujer indígena de la Patagonia argentina. “Los historiadores creen que los indígenas eran llevados a los buques balleneros para realizar el trabajo sucio de matar a los animales”, explicó Berguño.

Luego sobrevino la etapa heroica de los exploradores del siglo XX, cuyos relatos conforman verdaderas historias de aventuras. Hubo al menos una docena de campañas que marcaron hitos, por el conocimiento del territorio que aportaron y por los desafíos que enfrentaron los expedicionarios.

En el mar de Ross, especialistas australianos trabajan en la casa de Robert Falcon Scott, el británico que intentó en 1901 y 1911 llegar al polo Sur. Lo logró en enero de 1912, durante la segunda expedición, pero no pudo regresar: murió congelado y sin alimentos junto a algunos de sus compañeros.

En la misma zona hay un sitio vinculado al noruego Roald Amundsen, el primero que llegó al polo Sur, un mes antes que Scott.

Las peripecias de otro aventurero, Ernst Shackleton, quien lideró una expedición en 1916, es relatada por Berguño en su libro “Las 22 vidas de Shackleton”.

“La nave quedó atrapada en el mar de Weddell y después de 10 meses de esperar el deshielo, el casco se quebró. Los expedicionarios derivaron en un témpano hasta la isla Elefante, rocosa e inaccesible, y sabían que desde allí no tenían ninguna posibilidad de recibir auxilio”, dijo Berguño.

Shackleton se trasladó solo en una barcaza a las islas Georgias del Sur y Malvinas en busca de ayuda. Luego de tres intentos fallidos, un buque chileno los rescató. Habían pasado más de seis meses a la intemperie, con los botes por único techo.

Para Berguño, la labor de reconstrucción y mantenimiento del patrimonio histórico se torna crucial en momentos en que se incrementa el interés turístico por conocer “la última frontera”.

En el verano 2000-2001, más de 13 mil visitantes partieron desde el austral puerto de Ushuaia dispuestos a navegar más de mil kilómetros hasta la península antártica.

“Cada turista es un coleccionista que destruye el patrimonio histórico”, explicó Berguño. No se trata de limitar las visitas, sino de crear conciencia de preservación, aclaró.

* La autora es corresponsal de IPS


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Enlaces Externos

Tratado Antártico

Instituto Antártico Argentino

Instituto Antártico Chileno

La conquista del Polo Sur

El rescate de Otto Nordenskjold

Expedición de Shakleton

Robert Falcon Scott

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