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¿Globalización? Sí, gracias

Por Emma Bonino *

En el mundo hay islas de exclusión, "¿pero cómo es posible que alguien piense realmente que produciendo menos riqueza puede resultar más fácil el combate contra la pobreza?", pregunta la italiana Emma Bonino en este artículo dirigido a los "estimados militantes del movimiento antiglobalización".

BRUSELAS.- Estimados militantes del movimiento antiglobalización, me dirijo a ustedes para invitarlos a reflexionar sobre una aparente paradoja. ¿Cómo se explica que personas como yo, que siempre han considerado un deber la lucha contra la pobreza y las injusticias, se sientan tan ajenas en relación a su movimiento hasta el punto de considerar que el mundo -para ser más vivible- tiene la necesidad no de frenar la globalización, como proponen ustedes, sino de acelerarla o extenderla?

Ustedes tienen razón cuando denuncian que en nuestra época se están agravando las desigualdades sociales y económicas. Pero me parece igualmente innegable el progreso en términos macroeconómicos que está aportando el embate globalizador contemporáneo al producir riqueza y sacar de la pobreza a enteras regiones del planeta.

Es verdad que perviven grandes islas de exclusión, ¿pero es posible que alguien piense realmente que produciendo menos riqueza puede resultar más fácil el combate contra la pobreza?

Desde los días de Seattle leo atentamente los documentos, las declaraciones y las arengas que produce vuestro movimiento y me asombra que jamás hayan mencionado un fenómeno que me parece escandalosamente ejemplar: el hecho de que, mientras centenares de millones de seres humanos sólo disponen de un dólar por día para sobrevivir, cada bovino que nace entre Finlandia y el sur de Italia tiene derecho a un dólar diario de subsidio por parte de la Unión Europea.

Creo que no hay un argumento más convincente que este para denunciar la hipocresía y la miopía de los dirigentes europeos (y de los estadounidenses) para afrontar la globalización, predicando su expansión a la vez que obstruyen su dinámica natural con su proteccionismo, no sólo agrícola.

Sería interesante comprobar si los procesos de globalización topan con una barrera más alta en vuestra oposición o en las políticas proteccionistas con las que los países del Norte
continúan estrangulando a sectores clave de la economía del Sur.

Nacido y crecido en el Norte del mundo, el movimiento antiglobalización se atribuye la representación de todos los desposeídos y asegura que defiende sus intereses. ¿Cómo justifican entonces que en la vanguardia de vuestros desfiles marchen personajes como José Bové, paladín del proteccionismo agro-alimentario francés y europeo? ¿Qué hacen allí los católicos que profesan la "teología de la liberación" y sin embargo son fieles a una iglesia que (como el islamismo) bendice la explosión demográfica y a pesar de la pandemia del SIDA sigue prohibiendo el empleo de preservativos y toda forma de educación sexual? ¿Qué hacen allí los "integristas del ambiente" que tratan de impedir la investigación científica sobre los organismos genéticamente modificados y negar a los países amenazados por carestías la libre elección entre el riesgo de consumir estos productos o morir de hambre? ¿Qué hacen allí los exponentes de la izquierda post-comunista que reclaman una ayuda extraordinaria en favor de los países más pobres y la cancelación de la deuda externa, pero ni parpadean cuando los líderes de esos países arrastran a sus respectivos pueblos a guerras de agresión devastadoras como las de Ruanda, Uganda, Etiopía y Eritrea?

El movimiento antiglobalización exige una cuantiosa e inmediata transferencia de recursos hacia el Sur pero no parece advertir una realidad que hipoteca el futuro de la ayuda para el desarrollo: el sustancial fracaso de cuatro décadas de políticas de desarrollo que han sido hasta ahora incapaces de rescatar un sólo país del subdesarrollo.

También exige que la comunidad internacional ponga término al "escándalo de la pobreza" pero no parece preocuparle el hecho de que hoy en día la forma más eficaz de lucha contra la miseria es la que practican unos 150 millones de emigrantes provenientes de unos treinta países del Sur que, sin esperar los programas del Banco Mundial, se fueron a trabajar en los países industrializados.

La globalización podrá multiplicar sus efectos benéficos sólo si consigue derrotar a sus mayores enemigos: la resistencia de demasiados dirigentes políticos a aceptar la eliminación de las barreras contra la libre circulación de productos y personas, en el Norte del planeta; y, en el Sur, la resistencia de demasiados dirigentes políticos a conceder a sus ciudadanos las libertades políticas y económicas fundamentales que (como algunos sostienen y como ha confirmado un reciente estudio de las Naciones Unidas sobre el desarrollo fallido de los países árabes) constituyen una condición necesaria para el desarrollo.

Yo quisiera crear un movimiento alternativo al vuestro que llamaría "¿Globalización? Si, gracias". Tendría como meta incluir entre las prioridades de la globalización -y por lo tanto
de las relaciones internacionales tanto en el Norte como en el Sur- la promoción a escala mundial de las reglas y los principios de la democracia (el menos malo de los sistemas conocidos, como decía Winston Churchill) y del estado de derecho.

(Copyright IPS)

* La autora es parlamentaria europea y dirigente del Partido Radical




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Crédito: Fabricio Van Den Broeck
 
Crédito: Fabricio Van Den Broeck