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Un mundo mejor es posible

Por James D. Wolfesohn *

Hay que agradecer a la sociedad civil por los progresos en medio ambiente y en el alivio de la deuda, reconoce el presidente del Banco Mundial. Y asegura que desempeñará un papel importante en el logro de un crecimiento responsable, esencial para un futuro sostenible.

WASHINGTON.- Los dos últimos años no han sido fáciles para el mundo. Poco después de que brindamos por un nuevo milenio lleno de esperanza, vimos cómo el terrorismo, la recesión económica y la falta de respeto a los derechos humanos instalaron temor e incertidumbre en los corazones de los ciudadanos de los países ricos y pobres por igual.

Los continuos conflictos, las sequías e inundaciones, la inestabilidad en los mercados y el agravamiento de la pobreza han provocado numerosas víctimas, sobre todo en África y América Latina.

Cómo hacer posible un mundo mejor para todos es lo que los representantes de la sociedad civil del orbe debaten esta semana en el Tercer Foro Social Mundial (FSM) en Porto Alegre. Los suyos son los mismos desafíos que estamos encarando y debatiendo en el Banco Mundial.

Ya sea en Porto Alegre, Bamako o Washington, D.C., estos debates son importantes.

Ciertamente, nadie en la sociedad civil o en el Banco Mundial puede pretender tener todas las respuestas a estos monumentales desafíos. No obstante, creo que es prometedora la evidencia de un creciente consenso entre los que trabajamos en agencias internacionales y líderes gubernamentales, empresariales y de la sociedad civil, acerca de que sólo podemos resolver estos problemas si forjamos una nueva senda de desarrollo que vincule el crecimiento económico a la responsabilidad social y ambiental.

Sin equidad social, el crecimiento económico no puede ser sostenible. Si no se amplían a todos los ciudadanos las oportunidades reales disponibles, los mercados trabajarán únicamente para las élites. Esto significa que es necesario proporcionar a todos acceso a educación, servicios de salud, trabajo decente y, como ha destacado el nuevo presidente de Brasil, Luis Inácio Lula da Silva, acceso a por lo menos 3 comidas al día.

Los eventos del 11 de septiembre de 2001 ayudaron a difundir el mensaje de que no existen dos mundos, el rico y el pobre. Existe sólo uno. Estamos unidos por las finanzas, el comercio, la migración, las comunicaciones, el medio ambiente, enfermedades contagiosas, el crimen, la droga, y desde luego por el terror.

Hoy en día más y más personas están de acuerdo en que la pobreza en cualquier lugar es pobreza en todas partes. Nuestra demanda colectiva es por un sistema global basado en la equidad, los derechos humanos y la justicia social. Este creciente consenso tiene su rol en el surgimiento de una alianza global a favor de la reducción de la pobreza. En las recientes
conferencias de las Naciones Unidas en Monterrey y Johannesburgo, y durante el lanzamiento de la ronda de negociaciones de la Organización Mundial de Comercio (OMC) de Doha, los países desarrollados se comprometieron a ayudar a los países en desarrollo a través del fortalecimiento de la capacidad institucional, el incremento de la asistencia internacional para el desarrollo, la apertura de mercados y la reducción de subsidios a la
agricultura.

A su vez, los países en desarrollo se comprometieron a establecer políticas económicas sostenibles y a promover la gobernabilidad. Tanto los países ricos como los pobres han ratificado sus compromisos para alcanzar las Metas de Desarrollo del Milenio.

En el Banco Mundial hemos reorientado nuestra estrategia para ayudar a los países en desarrollo a lograr estas metas: reducir a la mitad la pobreza, garantizar educación básica y salud para todos, promover la igualdad de género y proteger el medio ambiente.

Durante los próximos 50 años seremos testigos del incremento de la población mundial de 6 a 9 mil millones, con casi un 95 por ciento de ese crecimiento en el mundo en desarrollo. Las necesidades de alimento se duplicarán, la producción anual de dióxido de carbono se triplicará y, por primera vez, más gente vivirá en ciudades que en áreas rurales, provocando
una enorme tensión sobre la sociedad, la infraestructura y el medio ambiente.

Si queremos lograr nuestra meta común de reducir la pobreza, calculamos que necesitaremos una tasa promedio de crecimiento anual de la economía mundial de alrededor de 3,5 por ciento lo que representará, quizás, un producto bruto mundial de 140 billones de dólares para 2050.

Pero éste debe ser un crecimiento responsable que contemple los intereses sociales y ambientales. Esto significa una mayor transparencia, de tal forma que el público pueda hacer un seguimiento de las políticas de gobierno. Aquí es donde la sociedad civil puede jugar un rol decisivo. Las agrupaciones civiles dan voz a quienes no la tienen, distribuyen servicios esenciales y forjan la capacidad local, sobre todo en regiones donde la presencia del gobierno es débil.

Por muchos años el Banco Mundial, como otras instituciones, ignoró a la sociedad civil. Durante la última década hemos estado involucrando a organizaciones de la sociedad civil alrededor del globo en debates sobre políticas y en proyectos que financiamos. No tengo dudas de que hay que agradecer a la sociedad civil por los progresos en el alivio de la deuda y en el medio ambiente, y por la mejor ejecución de los proyectos del Banco.

El rol de las asociaciones de la sociedad civil seguirá creciendo. Mis colegas y yo hemos seguido los debates que han tenido lugar durante el Foro Social Mundial en los dos últimos años, y discutiremos con interés ideas y propuestas que surjan este año. Pero debemos también actuar. Debemos utilizar todos los recursos disponibles para introducir innovadoras soluciones para la reducción de la pobreza.

El futuro está en nuestras manos, no somos meros espectadores. Podemos contribuir a un renacimiento de los valores, de la justicia social y de la liberación del terror. No estaremos de acuerdo en todos los temas, pero podemos convenir en que es posible un mundo mejor y trabajar mucho más estrechamente a fin de hacerlo realidad.

(Copyright IPS)

* El autor es presidente del Banco Mundial




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Crédito: Fabricio Van den Broeck
 
Crédito: Fabricio Van den Broeck