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Los valores sin precio |
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Por Eduardo Galeano*
¿Cuántos son
los arcángeles de la paz que nos defienden de los demonios
de la guerra? Cinco. Los cinco países que tienen derecho
de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Y esos
custodios de la paz son, además, los principales fabricantes
de armas. En buenas manos estamos.
En estos días están ocurriendo,
en muchos países a la vez, numerosas manifestaciones populares
contra la vocación guerrera de los amos del planeta. En las
calles de muchas ciudades, esas manifestaciones dan testimonio de
otro mundo posible. El mundo tal cual es transpira violencia por
todos los poros y está sometido a una cultura militar que
enseña a matar y a mentir.
David Grossman, que fue teniente coronel del
ejército de los Estados Unidos y está especializado
en pedagogía militar, ha demostrado que el hombre no está
naturalmente inclinado a la violencia. Contra lo que se supone,
no es nada fácil enseñar a matar al prójimo.
La educación para la violencia, que brutaliza al soldado,
exige un intenso y prolongado adiestramiento. Según Grossman,
ese adiestramiento comienza, en los cuarteles, a los dieciocho años
de edad. Fuera de los cuarteles, comienza a los dieciocho meses
de edad. Desde muy temprano, la televisión dicta esos cursos
a domicilio.
Su compatriota, el escritor John Reed, había
comprobado, en 1917, que "las guerras crucifican la verdad".
Muchos años después, otro compatriota, el presidente
Bush Padre, que había desatado la primera guerra contra Irak
con el noble propósito de liberar a Kuwait, publicó
sus memorias. En ellas confiesa que los Estados Unidos habían
bombardeado Irak porque no se podía permitir "que un
poder regional hostil tuviera de rehén buena parte del suministro
mundial de petróleo". Quizá, quien sabe, alguna
vez el presidente Bush Hijo publicará una fe de erratas sobre
su propia guerra contra Irak. Donde dice: "Cruzada del Bien
contra el Mal", debe leerse: "Petróleo, petróleo
y petróleo".
Más de una fe de erratas será
necesaria. Por ejemplo, habrá que aclarar que donde dice:
"Comunidad internacional", debe leerse: "Jefes guerreros
y grandes banqueros".
¿Cuántos son los arcángeles
de la paz que nos defienden de los demonios de la guerra? Cinco.
Los cinco países que tienen derecho de veto en el Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas. Y esos custodios de la paz
son, además, los principales fabricantes de armas. En buenas
manos estamos.
¿Y cuántos son los dueños
de la democracia? Los pueblos votan, pero los banqueros vetan. Una
monarquía de triple corona reina sobre el mundo. Cinco países
toman las decisiones en el Fondo Monetario Internacional. En el
Banco Mundial, mandan siete. En la Organización Mundial de
Comercio, todos los países tienen derecho de voto, pero jamás
se vota. Estas organizaciones, que gobiernan el mundo, merecen nuestra
gratitud: ellas ahogan a nuestros países, pero después
nos venden salvavidas de plomo.
En 1995, la American Psychiatric Association
publicó un informe sobre la patología criminal. ¿Cuál
es, según los expertos, el rasgo más típico
de los delincuentes habituales? La inclinación a la mentira.
Y uno se pregunta: ¿No es éste el más perfecto
identikit del poder universal? ¿Qué debe leerse, por
ejemplo, donde dice: "libertad de trabajo"? Debe leerse:
derecho de los empresarios a arrojar al tacho de la basura dos siglos
de conquistas obreras. Se trabaja el doble a cambio de la mitad:
horarios de goma, salarios enanos, despidos libres, y que Dios se
ocupe de los accidentes, las enfermedades y la vejez. Las principales
empresas multinacionales, Wal-Mart y McDonald´s, prohíben
expresamente los sindicatos.
Quien se afilia a un sindicato, pierde su empleo
en el acto. En el mundo de hoy, que castiga la honestidad y recompensa
la falta de escrúpulos, el trabajo es objeto de desprecio.
El poder se disfraza de destino, dice ser eterno, y mucha gente
se baja de la esperanza como si fuera un caballo cansado. Por eso
la elección de Lula a la presidencia del Brasil va mucho
más allá de las fronteras de este país: la
victoria de un obrero sindicalista, que encarna la dignidad del
trabajo, ayuda a difundir las vitaminas que todos necesitamos contra
la peste de la desesperanza.
Para que no se diga que en Porto Alegre nos
reunimos los contreras y resentidos de siempre, aclaremos que en
algo estamos de acuerdo con los más altos dirigentes del
mundo: también nosotros somos enemigos del terrorismo. Estamos
contra el terrorismo en todas sus formas.
Podríamos proponer a Davos una plataforma
común. Y acciones comunes para capturar a los terroristas,
que empezarían por la pegatina, en todas las paredes del
planeta, de carteles que digan Wanted:
-Se busca a los mercaderes de armas, que necesitan
la guerra como los fabricantes de abrigos necesitan el frío.
-Se busca a la banda internacional que secuestra
países y jamás devuelve a sus cautivos, aunque cobra
rescates multimillonarios que el lenguaje del hampa llama servicios
de deuda.
-Se busca a los delincuentes que en escala
planetaria roban comida, estrangulan salarios y asesinan empleos.
-Se busca a los violadores de la tierra, a
los envenenadores del agua y a los ladrones de bosques.
-Y también se busca a los fanáticos
de la religión del consumo, que han desatado la guerra química
contra el aire y el clima de este mundo.
El poder identifica valor y precio. Dime cuanto
pagan por ti, y te diré cuánto vales. Pero hay valores
que están más allá de cualquier cotización.
No hay quien los compre, porque no están
en venta. Están fuera del mercado, y por eso han sobrevivido.
Porfiadamente vivos, esos valores son la energía
que mueve los músculos secretos de la sociedad civil. Provienen
de la memoria más antigua y del más antiguo sentido
común. Este mundo de ahora, esta civilización del
sálvese quien pueda y cada cual a lo suyo, está enferma
de amnesia y ha perdido el sentido comunitario, que es el papá
del sentido común. En épocas remotas, en lo más
temprano de los tiempos, cuando éramos los bichos más
vulnerables de la zoología terrestre, cuando no pasábamos
de la categoría de almuerzo fácil en la mesa de nuestros
vecinos voraces, fuimos capaces de sobrevivir, contra toda evidencia,
porque supimos defendernos juntos y porque supimos compartir la
comida. Hoy en día, es más que nunca necesario recordar
esas viejas lecciones del sentido común.
Defendernos juntos, pongamos por caso, para
que no nos roben el agua. El agua, cada vez más escasa, ha
sido privatizada en muchos países, y está en manos
de las grandes corporaciones multinacionales. (De aquí a
poco, si seguimos así, también privatizarán
el aire: por no pagarlo, no sabemos valorarlo y no merecemos respirarlo).
Para que el agua siga siendo un derecho, y no un negocio, una pueblada
desprivatizó el agua, en la región boliviana de Cochabamba.
Las comunidades campesinas marcharon desde los valles y bloquearon
la ciudad. Les contestaron a balazos. Pero a la larga, después
de mucho pelear, recuperaron el agua, el riego de sus sembradíos,
que el gobierno había entregado a una corporación
británica.
Esto ocurrió hace un par de años.
Defendernos juntos: hablando del agua, otro
ejemplo más reciente. El petróleo mueve la sociedad
de consumo, como se sabe, y, como también se sabe, tiene
malas costumbres. Entre otras manías, se le da por derribar
gobiernos, provocar guerras, intoxicar el aire y pudrir el agua.
Hace poco, la marea negra, pegajosa y mortal, cubrió la mar
y las costas de Galicia y más allá. Un barco petrolero
se partió por la mitad y derramó miles y miles de
litros de fuel oil, con la irresponsabilidad y la impunidad que
se han vuelto costumbre en estos tiempos en que el mercado manda
y el estado no controla nada. Y entonces, ante un estado ciego y
un gobierno sordo, que no hizo más que encogerse de hombros,
los músculos secretos de la sociedad civil desataron su energía:
una multitud de voluntarios enfrentó la invasión enemiga
a mano limpia, armada de palos y tachos y lo que se pudiera encontrar.
Los voluntarios no derramaron lágrimas de cocodrilo ni pronunciaron
discursos de teatro.
Defendernos juntos y compartir la comida: una
tonelada de comida y de ropa llegó recientemente, en tren,
al rincón más pobre de la provincia argentina de Tucumán,
donde hay niños que mueren de hambre. Y ese envío
solidario provenía de los cartoneros, los pobres más
pobres de Buenos Aires, que se ganan la vida revolviendo la basura
pero son capaces de compartir lo poco, lo casi nada, que tienen.
¿Cuál es la palabra que más
se escucha en el mundo, en casi todas las lenguas? La palabra yo.
Yo, yo, yo. Sin embargo, un estudioso de las lenguas indígenas,
Carlos Lenkersdorf, ha revelado que la palabra más usada
por las comunidades mayas, la que está en el centro de sus
decires y vivires, es la palabra nosotros. En Chiapas, nosotros
se dice tik.
Para eso ha nacido y crecido este Foro Social
Mundial, en la ciudad de Porto Alegre, modelo universal de la democracia
participativa: para decir nosotros. Tik, tik, tik.
* Palabras pronunciadas en el tercer
Foro Social Mundial, Porto Alegre, el 26 de enero de 2003
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