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Las temibles “balas de plata” |
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Por Cristina Hernández-Espinoza*
SAN FRANCISCO.- Los cientos de tanques
que se abren paso en Iraq, en la mayor aventura bélica de
Estados Unidos desde Vietnam iniciada el jueves, cargan un mortífero
metal que volvió a encender la alarma entre ambientalistas
alrededor del globo: el uranio empobrecido.
Durante la Guerra del Golfo en 1991, Estados
Unidos estrenó este metal, considerado el campeón
de las municiones. Conocido como “bala de plata”, por
su alta densidad y bajo costo, permite a un tanque disparar desde
lejos con un imponente poder de penetración y mantenerse
fuera del fuego enemigo.
Pero a la par que tiene formidables capacidades
bélicas, el uranio empobrecido es responsabilizado por temibles
efectos ambientales.
Los iraquíes culpan al metal por la
infertilidad de sus tierras y el incremento en índices de
cáncer, leucemia infantil, abortos y malformaciones entre
la población, mientras que los veteranos de guerra estadounidenses
consideran que es la causa del llamado Síndrome del Golfo,
una misteriosa serie de enfermedades crónicas.
Según el Pentágono (Departamento
de Defensa de Estados Unidos), las fuerzas estadounidenses dispararon
durante la operación Tormenta del Desierto 320 toneladas
de municiones desde sus aviones A-10, unas 50 toneladas desde los
tanques M1-Abrams y once toneladas desde tanques y aviones AV-8,
el mismo tipo de armamento presente esta vez en Iraq, sólo
que con mucho mayor poder de fuego.
El uranio empobrecido, reconoce el Pentágono,
fue clave durante la prolongada batalla terrestre que libró
con las fuerzas iraquíes y que terminó con la victoria
de la coalición de 33 naciones el 27 de febrero de 1991.
Y podría serlo, doce años después.
“La principal característica del
uranio empobrecido es su extrema densidad, mucho más alta
que la del hierro, clave para la penetración (de blancos
enemigos)”, explicó a Tierramérica Richard Muller,
profesor del Departamento de Física de la Universidad de
Berkeley, California.
Al impactar el objetivo, detalló Muller,
el uranio empobrecido no sólo no explota como en el caso
del tungsteno (también utilizado en proyectiles), sino que
arde nuevamente al atravesar el blanco e incrementa así su
poder destructivo.
En estado natural, el uranio es un elemento
radioactivo, químicamente tóxico y abundante en la
naturaleza. Está en el agua, el suelo, el aire, los alimentos.
El uranio empobrecido (o desgastado) es un
subproducto del proceso de enriquecimiento al que se somete al metal
con el fin de producir combustible para reactores nucleares y componentes
de armas atómicas.
Se considera 40 por ciento menos radioactivo
que el uranio natural, pero de similar toxicidad química.
"El riesgo de exposición es por
la toxicidad química y no por radiación", dijo
a Tierramérica Steve Fetter, catedrático de la estadounidense
Universidad de Maryland y experto en armas nucleares y radiológicas.
Cuando el metal arde, luego de penetrar su
objetivo, se producen óxidos de uranio, poco solubles en
agua o en fluidos corporales, señaló Fetter. Estos
pueden permanecer en el aire en altas concentraciones y ser inhalados
por personas en el sitio del ataque. También se mantienen
en el suelo y pueden contaminar a través de la ingestión
(niños jugando con tierra o arena, por ejemplo).
El uranio empobrecido fue usado en los Balcanes,
en la década pasada. Un informe del Parlamento Europeo estima
que se dispararon alrededor de tres toneladas de uranio desgastado
en Bosnia y 10 toneladas en Kosovo en ataques aire-tierra.
El Programa de las Naciones Unidas para el
Medio Ambiente, PNUMA, investigó la presencia de uranio en
Kosovo en 2000, en Serbia-Montenegro en 2001 y en Bosnia-Herzegovina
en 2002.
Las dos primeras misiones “identificaron
restos de uranio empobrecido y presencia del metal en bioindicadores,
como musgo y liquen, y en el aire, pero en niveles tan bajos que
no podemos reconocer ningún riesgo significativo para la
población", dijo a Tierramérica Pekka Haavisto,
director del Programa de Evaluación de Uranio Empobrecido
del PNUMA.
Los resultados de la misión en Bosnia-Herzegovina
se esperan para los próximos días.
Sin embargo Haavisto alertó que “aún hay mucha
incertidumbre científica en torno a la posible contaminación
de fuentes de agua”.
No todos los restos del metal han sido removidos
de la zona, explicó, muchos permanecen varios metros bajo
el suelo, por lo que el riesgo de contaminar los mantos freáticos
y el agua superficial sigue allí.
El PNUMA llamó a tomar medidas preventivas
e intensificar la limpieza de las zonas afectadas por la guerra.
“No fui advertido”
Las investigaciones sobre uranio empobrecido
en el Golfo han sido escasas. La Agencia Internacional de Energía
Atómica estudió el área en 2002, pero los resultados
de la misión aún no se dan a conocer.
Entretanto, organizaciones no gubernamentales
intensifican campañas globales para denunciar los efectos
sobre la población iraquí y en Estados Unidos se multiplican
las quejas de los veteranos del Golfo.
”No fui advertido sobre el uranio empobrecido,
ni sobre sus potenciales riesgos”, dijo a Tierramérica
Doug Rokke, doctor en física de la salud, quien asegura ser
víctima del Síndrome del Golfo, expresado en daños
a su sistema respiratorio y renal, y problemas de visión.
Rokke, miembro del Comando de Medicina Preventiva
de la Armada estadounidense, fue enviado a la guerra del Golfo Pérsico
en 1991 con una sola consigna: que sus tropas regresaran con vida.
Tenía la tarea de preparar a los soldados para responder
a un posible ataque nuclear, biológico y químico.
Sin embargo, afirma, su propia salud resultó comprometida.
También director del Proyecto de Uranio
Empobrecido del Pentágono entre 1994 y 1995, Rokke dirigió
la limpieza de los vehículos contaminados. Afirma que las
autoridades tenían conocimiento de posibles efectos a la
salud y que, sin embargo, sólo contaron con máscaras
quirúrgicas y guantes, como protección.
Las acusaciones han sido sistemáticamente
negadas por el Pentágono, y organismos especializados aseguran
no haber encontrado pruebas de efectos significativos sobre la salud,
entre ellos la Organización Mundial de la Salud, OMS.
El Pentágono reconoce que durante la
guerra del Golfo, el uranio desgastado podría haber entrado
al organismo de soldados expuestos por inhalación de óxidos,
ingestión del polvo o heridas causadas por fragmentos del
metal que salen disparados dado el impacto del proyectil.
Sin embargo, un reporte del Instituto de Medicina
de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos concluyó
que existe evidencia limitada o no asociación entre la exposición
al uranio y disfunciones renales o cáncer pulmonar.
La información disponible aún
es insuficiente. Según Fetter, de la Universidad de Maryland
"no fue sino hasta 1994-95 cuando se hicieron exámenes
médicos a los veteranos. De haberse tomado exámenes
de orina 24 horas luego de la exposición, este asunto estaría
resuelto".
El Pentágono concluye que el uranio
desgastado no ha ocasionado daños en la salud de veteranos
del Golfo pero que quienes aún poseen fragmentos incrustados
(difíciles de extraer por su tamaño o por ser más
riesgoso el hacerlo), deben permanecer en observación.
Según Fetter de los más de 100
que sufrieron exposición directa, sobrevive el 50 por ciento.
Doce años después los militares
estadounidenses, al igual que los militares y civiles iraquíes
tendrían razones para temer por los efectos de un nuevo despliegue
de las formidables “balas de plata”.
* La autora es corresponsal de Tierramérica.
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