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Puebla, la hora de la
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Por Germán A. de la Reza*
El punto más sensible de las
negociaciones del ALCA, que arrancan este lunes en la ciudad mexicana,
es la definición del calendario de la liberalización
arancelaria
CIUDAD DE MÉXICO.- La etapa final de
las negociaciones del Área de Libre Comercio de las Américas
(ALCA) arranca este lunes (17 de marzo) en la ciudad mexicana de
Puebla con los disensos más importantes todavía intactos,
pese a centenares de asesorías, más de 600 días
de encuentros de las comisiones y a dos borradores del tratado.
Pero aunque aún falta mucho para lograr
consensos esenciales, es altamente probable que el acuerdo final
se ajuste a las posiciones de la delegación estadounidense,
debido al bilateralismo implícito del proceso, que desde
un inicio estimuló la relación separada de cada país
con Estados Unidos.
El punto quizá más sensible de
la agenda de Puebla, que continuará hasta fines de 2004,
con la perspectiva de que el ALCA entre en vigor en 2005, es la
definición del calendario de liberalización arancelaria.
Estados Unidos considera que debería
tener tres tramos (cero, cinco y 10 años), con una substancial
reducción al cabo de los primeros cinco años. La mayoría
de los países de América Latina, por su parte, defiende
plazos de 10 o más años para la erradicación
de los aranceles.
El desacuerdo se registra, en el fondo, en
torno a la diferencia entre el promedio arancelario de Estados Unidos
(1,1 por ciento sobre las importaciones provenientes de América
Latina) y el de 25 economías latinoamericanas consideradas
como pequeñas, cuyas tarifas frecuentemente rebasan el 10
por ciento y conforman de 20 a 60 por ciento del total de su recaudación
fiscal.
Pero pese a los riesgos de vulnerar las industrias
latinoamericanas y de exacerbar los desequilibrios fiscales de la
región, el calendario no podrá alejarse mucho de la
propuesta estadounidense.
Tal como fue diseñado el ALCA, la liberalización
arancelaria representa la esencia del proyecto y, al mismo tiempo,
una de las grandes prioridades de Estados Unidos.
La elección de un calendario más
largo tendría el inconveniente de no ofrecer ventajas comerciales
muy superiores a los de la Organización Mundial del Comercio
(OMC), cuyas negociaciones se celebran de manera paralela al acuerdo
hemisférico. O incluso que dichas ventajas se erosionen con
rapidez.
En el ríspido capítulo agrícola
los disensos se concentran en tres temas: los subsidios en el ámbito
hemisférico, los productos subvencionados de terceros países
y el tratamiento de los sectores sensibles.
El más importante es, sin duda, la política
de subsidios, sobre la cual Estados Unidos (país que destina
a este instrumento 0,9 por ciento del PIB) y Brasil (uno de los
principales exportadores de productos protegidos por Estados Unidos)
mantienen posiciones encontradas.
Aunque Brasil y otros países han condicionado
su presencia en el ALCA a la erradicación de los subsidios,
es poco probable que puedan evitar el traslado de este tema a la
OMC, como lo pide Estados Unidos, por varias razones.
Primero, a causa de la oposición que
ejercen los grupos de presión estadounidenses, sobre todo
del estado de la Florida, de por sí molestos con la liberalización
agrícola norteamericana.
En segundo lugar, por las implicaciones globales
del tema: si bien Estados Unidos subvenciona su producción
agrícola en 23 por ciento, la Unión Europea lo hace
en 40 por ciento y Japón en 60 por ciento. Así, Washington
evitará llevar a la OMC una concesión realizada en
el ámbito hemisférico, sin haber logrado contrapartidas
europeas.
Y en tercer término, porque la capacidad
negociadora de Brasil --importante por la dimensión de su
economía y su papel en el logro de consensos (es co-presidente
junto con Estados Unidos de la última fase del proceso)--
tiene un talón de Aquiles: su única alternativa frente
al rechazo estadounidense sería salir de las negociaciones,
con costos elevados en caso de hacerlo en solitario.
Otro de los puntos de indefinición del
ALCA, que requiere una respuesta clara de la ronda de Puebla, es
el tratamiento que se dará a las pequeñas economías,
que suman alrededor de 25 de las 34 participantes.
Se propone la creación de mecanismos
de cooperación económica que allanen la puesta en
práctica de los acuerdos hemisféricos.
Dependiendo de su cobertura, volumen y permanencia
como instrumento de cohesión, la cooperación económica
es insustituible para facilitar la adaptación latinoamericana
a la estructura de precios estadounidense, así como a los
nuevos equilibrios fiscales.
En su versión optimista, podría
incluso prevenir que se ensanche la brecha entre los países
ricos y pobres del hemisferio, y que el ALCA se constituya en un
mero facilitador de negocios estadounidenses, escenario al que actualmente
parecemos encaminarnos.
* Derechos reservados IPS: El
autor es especialista en el ALCA y catedrático de integración
económica en México.
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