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La gestión de un recurso finito

Por Ricardo Sánchez*

Es necesario actuar en forma más fuerte y decidida para garantizar el agua a las futuras generaciones, afirma el director para América Latina y El Caribe del PNUMA. De lo contrario, siete mil millones de personas enfrentarán su escasez a mediados de este siglo.

El agua no sólo es indispensable para vivir: es la vida. Pero este recurso, que simboliza la fecundidad y ha sido históricamente objeto de codicias y conflictos, es finito.

La abundancia o escasez de agua ha determinado el desarrollo de las civilizaciones. Y en esta época, pese a las conquistas tecnológicas, el mundo afronta enormes peligros derivados del agotamiento de las reservas de ese elemento.

Los líderes mundiales saben que no existe estrategia contra la pobreza que pueda evadir la necesidad vital de agua de las poblaciones porque se trata, en principio, de un derecho básico de los seres humanos. Sin embargo, mil 200 millones de personas no tienen acceso al agua, y dos mil 400 millones no disponen de medidas sanitarias adecuadas.

En los próximos veinte años el promedio mundial de abastecimiento de agua por habitante habrá disminuido en un tercio. Y, a mediados de este siglo, unos siete mil millones de personas podrían sufrir escasez de agua. Un gran responsable de la crisis será el fenómeno de cambio climático, que provocará una pérdida de 20 por ciento del agua dulce disponible. También la polución de las fuentes hídricas: se calcula que existen ya 12 mil kilómetros cúbicos de agua contaminada en el planeta.

La celebración del Año Internacional del Agua Dulce en 2003 y el Tercer Foro Mundial sobre el tema (Japón, 16 - 23 de marzo, 2003) brindan una oportunidad para reflexionar sobre la urgencia de mejorar la gestión del vital líquido.

En América Latina y el Caribe, una región rica en recursos de agua dulce, 20 por ciento de la población no dispone de agua potable y 30 por ciento carece de sistemas apropiados de saneamiento.

Los datos ilustran por qué las soluciones para un mundo con escasez de agua exigen una toma de posición más fuerte y decidida por parte de gobiernos, organismos internacionales, sociedades e industriales.

Eficiencia y ahorro son reglas de oro para despejar las sombras que oscurecen el futuro de un recurso tan indispensable como escaso.

Los países deben afinar sus estrategias para cumplir la meta planteada en la Cumbre de la Tierra de Johanesburgo del año pasado de reducir para 2015 a la mitad el número de personas sin acceso a agua potable.

Las respuestas globales a poblemas de contaminación de ríos y lagos, y medidas de prevención de desastes de origen hídrico --la inversión de un dólar en esta materia equivale a un ahorro de ocho dólares-- revertirán la tendencia actual de exacerbación de la crisis global del agua. La crisis hídrica también sería paliada a través de un mejor manejo de las cuencas fluviales. Los lagos y ríos son ecosistemas interconetados que abastecen de agua a la vez que previenen y regulan las inundaciones y reducen los efectos de la erosión.

El agua es fuente de seguridad alimentaria y hay que cuidar la tierra: 70 por ciento del agua dulce utilizada se destina a la producción de alimentos, pero más de 800 millones de personas no disponen de suficiente comida. Una ordenación sostenible de los recursos hídricos percibe el agua como parte de un ecosistema: cuidar el agua es cuidar el suelo, el bosque, la atmósfera y la ciudad. Es velar por la vida hoy, no mañana.

* El autor es director para América Latina y El Caribe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, PNUMA.




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Crédito: Mauricio Ramos