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Una fuerza para el bien

Por Gro Harlem Brundtland*

Dada la brecha entre lo ideal y la realidad ¿tiene algún sentido hablar de la salud como un derecho humano? Con compromiso y liderazgo responsable se podrían reducir las diferencias entre ricos y pobres, afirma la Directora General de la OMS en este artículo.

GINEBRA.- ¿Qué significa en realidad el derecho a la salud en un mundo donde tanta gente vive en condiciones desesperadas? Claramente hay una importante brecha entre lo ideal y las actuales realidades.

En muchas partes de África y en algunos países de América Latina y de Asia, los pueblos han vivido décadas de estancamiento. En otros incluso hay un retroceso.

Muchas personas viven en países donde demasiada gente no puede satisfacer sus necesidades básicas diarias en materia de alimentos, agua y vivienda.

Esa gente no puede acceder a los servicios que se necesitan para sobrevivir, incluyendo los esenciales para el cuidado de la salud y para la protección personal. Tales personas son vulnerables y padecen inseguridad.

Durante los pasados 15 años, en muchos de los países más pobres ha sido más difícil llevar ayuda a las poblaciones con problemas vitales. Al aflojarse la garra de hierro de la Guerra Fría algunos países gozaron de nuevas libertades, pero en otras áreas, paradójicamente, el resultado fue el estallido de conflictos armados y un serio debilitamiento de los Estados.

En los países en crisis, la gente está sufriendo, encerrada en el círculo vicioso de la pobreza, la inseguridad y las enfermedades. Si se mira debajo de la superficie de una crisis que se cree debida sólo a un desastre natural, como por ejemplo una sequía, a menudo se puede encontrar que es en realidad la expresión de la sucesiva acumulación de problemas relacionados entre ellos.

En ciertas partes del sur de África las causas subyacentes incluyen conflictos civiles, colapsos económicos, gobiernos pobres, estragos del VIH/SIDA e inversiones insuficientes en los servicios básicos.

Dada esta brecha entre lo ideal y la realidad ¿tiene algún sentido hablar de la salud como un derecho humano? ¿No es que los derechos humanos como el acceso a la salud y al agua se transforman en algo sin sentido cuando se enfrentan a tan enorme brecha?

Seis mil millones de personas coexisten en este frágil planeta. Mientras muchas de ellas carecen peligrosamente de los alimentos, el agua y la seguridad que necesitan para vivir, hay otros millones que sufren debido a que consumen demasiado. Todos ellos corren alto riesgo de sufrir enfermedades.

La creación de un sistema de reglas y normas que resulten practicables y justas es una de las diversas caras de la globalización. Muchas personas ven a la globalización sólo en los términos de la expansión del alcance de las corporaciones multinacionales y de los mecanismos financieros globales.

Pero si la globalización utiliza su potencial como una fuerza para el bien, tenemos que considerar más atentamente los medios con los cuales manejamos nuestra creciente interdependencia. No tenemos un gobierno mundial, pero sí una cada vez más compleja red de instituciones que tienen que ver con el ejercicio del gobierno global. Esas instituciones son fundamentales para nuestro futuro y para la legislación internacional sobre los derechos
humanos.

La llave para el éxito está en la interacción entre las acciones nacionales y la colaboración internacional. En las Metas para el Desarrollo en el Milenio, determinadas por la comunidad internacional, han sido acordadas firmes prioridades y se han establecido claros objetivos, por ejemplo reducir a la mitad antes del 2015 la proporción de personas cuyo ingreso es menos de un dólar por día.

Pero las metas no pueden ser alcanzadas sin un cambio fundamental en la financiación para el desarrollo. Muy pocos países ricos dan ayuda para el desarrollo que alcance o supere el 0,7 por ciento de su PIB.

Con visión, compromiso y liderazgo responsable el mundo puede terminar la primera década del siglo XXI con una drástica reducción de la brecha entre ricos y pobres.

(Derechos reservados IPS)

* La autora es Directora General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y ex Primera Ministra de Noruega.




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