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“Nos encaminamos al suicidio colectivo”

Por Francesca Colombo*

El escritor chileno Luis Sepúlveda, autor de “Mundo del fin del mundo”, afirma que la defensa del medio ambiente es una preocupación política latente en toda su obra.
Sepúlveda dialogó en exclusiva con Tierramérica en la ciudad italiana de Stresa, donde hace poco participó en el Festival Grinzane.

STRESA.- Trotamundos incansable, el chileno Luis Sepúlveda (1949) es uno de los escritores más leídos en el mundo. Forzado por el exilio, ha recorrido varios continentes relatando su visión de la realidad. Casi de cada experiencia ha surgido un best-seller.

Vivió etapas amargas como cuando fue torturado durante la dictadura pinochetista en Chile (1973-1990) por su papel como guardia personal del presidente socialista Salvador Allende. O cuando más tarde viajó a Bolivia para tratar de combatir contra el régimen militar de su país, vivencia que inspiró el cuento “El campeón”.

Pero también descubrió la poesía en la naturaleza y en su relación con el ser humano. “El viejo que leía novelas de amor” es un libro dedicado al líder ambientalista brasileño Chico Mendes, asesinado en 1988, y a la comunidad indígena shuar de Ecuador con la que vivió siete meses.

Con la organización internacional Greenpeace recorrió durante cinco años los mares del planeta, viaje que dio origen a “Mundo del fin del mundo”, sobre la caza de ballenas.

Sepúlveda vive ahora en Gijón, al norte de España, y a diferencia de algunos sus compatriotas de renombre que regresaron a Chile cuando se instauró la democracia hace 13 años, él no pensó hacerlo. En la novela “Nombre de torero” explica sus razones.

Sepúlveda dialogó en exclusiva con Tierramérica en la ciudad italiana de Stresa, a 50 kilómetros de Milán, donde hace poco participó en el Festival de Cine y Literatura Grinzane.

-Dicen que después de Gabriel García Márquez, usted es el escritor más leído. ¿Esto implica un mayor compromiso con sus lectores?
-El compromiso con los lectores existe siempre. No creo en los escritores que dicen escribir sólo para ellos. A mí me gusta que me lean. Es un gran compromiso ético y moral, que nos obliga a ser más rigurosos con la literatura y la propia vida. Tenemos que ser una referencia moral para los jóvenes que se incorporan al mundo de la lectura. Prefiero que un chico de 15 años me tenga como ejemplo a mí a que se vea en el espejo de un (George W.) Bush o un (Silvio) Berlusconi.

-¿Cuál es su opción ética en la vida?
-Antes de ser un escritor, soy un ciudadano con deberes y derechos. Estoy, por ejemplo, por la libertad de expresión, ese es mi derecho. Pero para conseguirla tengo que cumplir con un deber que me dice que debo oponerme con todas mis fuerzas a los monopolios, a la concentración de los medios de comunicación en pocas manos y al poder casi absoluto de Estados Unidos sobre la comunicación. Tengo el deber de ser un antimperialista.

-En sus obras la naturaleza juega un papel protagónico, ¿por qué?
-Trato de ser muy fiel a la época en la que me tocó vivir. Tengo muy claro que la vida humana es frágil y efímera. Llegamos en calidad de préstamo y tenemos la obligación moral de dejar la Tierra en el mismo estado en la que la encontramos, o mejor. Pero todo indica que es al revés, caminamos a una especie de suicidio colectivo. Es una preocupación política que está latente en mí y en toda mi obra.

-¿Cómo fue su amistad con Chico Mendes?
-Conocí a Chico en un encuentro de sindicalistas brasileños en Sao Paulo y allí nació una gran amistad. Lo visitaba una o dos veces al año. El era muy simpático y profundo. Fue un muchacho analfabeto hasta los 16 años, cuando se encontró con un viejo herido al que cuidó y ayudó. A cambio, él le enseñó a leer y a escribir y le abrió las puertas a un mundo fascinante. Chico tenía una propuesta para la Amazonía que ningún científico jamás había logrado idear. Quería que los indígenas y los blancos vivieran y trabajaran juntos.

-Para muchos la globalización es la tabla de salvación del mundo. ¿Desdeña la idea de la aldea global?
- La sola idea de una aldea global encierra un peligro: la negación de la diversidad que hace precisamente interesante la vida.

-Usted dirigió la película “Nowhere” que, se puede inferir, está ambientada en su país. ¿Es un espejismo la imagen chilena de estabilidad y desarrollo?
-Chile tiene una imagen que puro marketing. Hasta 1973, Chile era una potencia industrial y la sociedad avanzó hacia un estilo de socialismo a la sueca, queríamos una sociedad de bienestar, amplia, democrática y plural. Los norteamericanos no lo permitieron e implantaron una dictadura y un modelo económico atroces. Después de 13 años de democracia, hay una desigualdad brutal: menos de 5 por ciento de la población chilena usufructúa 90 por ciento de la riqueza, mientras el otro 95 por ciento se reparte el 5 por ciento que queda.

-Usted fue muy cercano a Salvador Allende. ¿Le marcó su muerte?
-Sí, fui muy cercano, me quería mucho. Fui miembro de su escolta personal y ocupé otros cargos en su gobierno. Su muerte marcó la vida de todos, porque era un dirigente ejemplar. Nuestra meta era mejorar la expectativa de vida de los chilenos, ganar tiempo para crear nuestra propia modernidad. Allende entendía que esa era la base cultural que nos faltaba para terminar de transformarnos como nación.

-En su última obra regresa a su país natal. ¿Cómo?
-Sí, será publicada el próximo año. En ella hablo sobre el 68 chileno que fue muy especial. Al contrario del francés, que duró un mes, y del mexicano, que terminó con la masacre de estudiantes de Tlatelolco, nuestro movimiento duró del 68 al 70 y culminó con la elección de Salvador Allende. Se llamará “Un día, un país”.

* La autora es colaboradora de Tierramérica.




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