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Ahora es el turno de Lula

Por João Pedro Stedile *

El pueblo brasileño votó contra el neoliberalismo. Si el presidente no realiza una profunda reforma agraria, su gobierno fracasará, opina en esta columna exclusiva para Tierramérica el dirigente del Movimiento de los Sin Tierra.

SAN PABLO.- A través de su programa de reforma agraria, el presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva se propone asentar 400 mil familias campesinas al concluir su mandato a fines del 2006.

El gobierno no consideró un programa más ambicioso presentado por un equipo coordinado por el profesor Plinio Arruda Sampaio, que planteó el asentamiento de un millón de familias campesinas en el mismo período.

Nosotros pensamos que, más que definir metas y números, es importante saber si el gobierno quiere hacer de la reforma agraria un programa prioritario. Si es así, la meta que se deba perseguir para alcanzar ese objetivo, es un asunto del gobierno.

El problema nuestro -del Movimiento de los Sin Tierra, MST, y los sectores que impulsan la reforma agraria- es organizar al pueblo para presionar y conseguir asentar el mayor número de trabajadores, para que puedan producir y salir de la pobreza lo más rápido posible.

Sostenemos que el gobierno de Lula debería redefinir sus prioridades: dejar de colocar en primer término el pago de los intereses a los bancos y el superávit presupuestario.

La prioridad debe ser el empleo del dinero público para resolver los problemas sociales, pues de lo contrario el pueblo comenzará a movilizarse y reclamar. La paciencia tiene un límite, sobre todo cuando el estómago sufre.

Pero si el gobierno inicia un proceso de reforma agraria masivo y veloz, los trabajadores lo apoyarán y se movilizarán para asegurar que el proyecto llegue a buen puerto.

El gobierno de Lula está ante una ocasión histórica en un país que ya ha perdido varias oportunidades de democratizar el acceso a la propiedad de la tierra.

En la era colonial la propiedad de la tierra era un monopolio de la monarquía y los latifundistas tenían sólo la concesión de su uso, en el marco de un modelo agroexportador basado en el trabajo esclavo.

Con el fin de la esclavitud se hubiera podido democratizar la posesión de la tierra y dar a los negros no sólo la libertad formal, sino también la libertad democrática de transformarse en campesinos.

Más tarde, cuando se instaló el modelo de industrialización dependiente (1930-80), perdimos otra vez una oportunidad histórica. En los años 60, el gobierno de João Goulart propuso como alternativa el desarrollo del mercado interno, una política de distribución de la renta y la reforma agraria. Las élites prefirieron aliarse al capitalismo estadounidense e impusieron la dictadura militar.

En los años 80, cuando el modelo de industrialización dependiente entró en crisis terminal, las élites brasileñas optaron por subordinarse al capital internacional (ahora financiero) y nuevamente se engañaron. El neoliberalismo, aplicado durante doce años, no consiguió superar la crisis económica y agravó la situación social.

El pueblo se vengó, votó contra el neoliberalismo y eligió a Lula.

Los adeptos del neoliberalismo afirman que la agricultura brasileña es moderna y está salvando la economía nacional. Se trata de pura propaganda.

La producción de granos aumentó en doce años de 80 a 100 millones de toneladas, pero en sí mismo eso no significa desarrollo.

Brasil tiene aproximadamente 350 millones de hectáreas potencialmente cultivables. Pero hace veinte años que no se altera el área efectivamente cultivada: 50 millones de hectáreas equivalentes a 15 por ciento del potencial agrícola.

El modelo agrícola neoliberal profundizó la dependencia del mercado externo. De los 34 principales productos agrícolas, sólo tres aumentaron la extensión cultivada y la producción: azúcar, soja y maíz. Todos los demás disminuyeron en extensión y producción.

Nuestros índices de alimentación están entre los más bajos del mundo: 44 de los 177 millones de brasileros pasan hambre y tienen deficiencias nutricionales, otros 60 millones se alimentan por debajo de sus necesidades.

El modelo neoliberal aplicado por los gobiernos de Fernando Collor de Melo y de Fernando Henrique Cardoso favoreció a un sector de unos 400 mil propietarios -en contraposición a los 23 millones de trabajadores rurales- y a las empresas transnacionales que controlan el comercio de granos y la agroindustria.

Ahora es el turno de Lula. El presidente tiene muy claro que si no realiza un amplio programa de reforma agraria, su gobierno fracasará.

* El autor es miembro de la dirección del Movimiento de los Sin Tierra (MST) y de Vía Campesina Internacional. Derechos reservados IPS.




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