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El futuro del ALCA ya no es como era

Por Ignacio Avalos Gutiérrez*

Del primer formato del tratado continental, lo que quedó fue un esqueleto que “se irá llenando de carnita”

CARACAS.- Cuando, en 1994, el presidente estadounidense Bill Clinton propuso la idea del Acuerdo de Libre Comercio para las Américas, ALCA, las cosas, si bien no parecían del todo fáciles, no lucían tan enormemente complicadas como ahora, iniciado 2004.

La fe casi religiosa en la liberalización de los mercados como pieza esencial del desarrollo, y la creencia en que de allí bajarían, en incontenible cascada, el crecimiento económico y el bienestar social, todo envuelto en formato de democracia liberal, se han debilitado.

Durante estos casi diez años no todo ha sido, entonces, miel sobre hojuelas en las discusiones y ya nadie apostaría a que el primero de enero del año 2005 entrará en vigor un ALCA como el que originalmente estaba planteado.

Es así porque desde el lado latinoamericano se le vienen viendo las costuras a un acuerdo demasiado pensado en términos del interés de Estados Unidos, país que representa más de 70 por ciento del producto interno bruto de la región y que tiene como socios a las naciones de una zona del mundo en la que más de la mitad de la gente es pobre.

Se ven las costuras en el tema agrícola, uno de los más espinosos, en el que los norteamericanos siguen sin ceder un palmo con relación a los subsidios. Se ven en la cuestión ambiental, considerada en las normas del ALCA como asunto menor, supeditado a la lógica de las inversiones.

En la propiedad intelectual, en donde las normas aspiran a ser aún más severas que las de la Organización Mundial de Comercio, OMC. En el trato discriminatorio de las inversiones nacionales con respecto a las extranjeras y en la preeminencia, de hecho, de las prerrogativas de las empresas frente a los Estados. Se miran las costuras, en fin, en el área de los derechos humanos, lesionados no sólo en su contenido (las demandas a los servicios de salud y educación dejan de procesarse como derechos económicos y sociales, para convertirse en relaciones contractuales privadas), sino en la capacidad de respetarlos, protegerlos y garantizarlos.

Con especial alarma se ha advertido, además, el vaciamiento, digámoslo así, de la capacidad de decisión de los estados nacionales, como si se olvidara, por cierto, que no hay democracia posible sin un Estado fuerte y que el ALCA debiera extender aún más las áreas de la competencia pública, única manera de controlar un capitalismo que fácilmente pudiera devenir en autoritario.

Se observa, asimismo, el predominio avasallador del mercado como mecanismo de regulación de la vida social y la aparición de una soberanía supranacional que, en la práctica, pareciera difícil de distinguir del poder representado por el Estado estadounidense.

El humo blanco salido del encuentro de la última conferencia ministerial en Miami sólo nos habla de un acuerdo mínimo, descafeinado, dijo alguien, resultado, sin duda, de la presión de algunos países latinoamericanos para que se consideraran las asimetrías y desniveles que caracterizan, en tantos aspectos, a los futuros socios.

Así, del primer formato del tratado, lo que quedó fue un esqueleto que “se irá llenando de carnita”, según declaró uno de los ministros asistentes, mientras que con los aspectos más espinosos, se corrió la arruga, despachándolos hacia los predios de la OMC.

El futuro del ALCA ya no es, pues, como era antes. Difícil, sin embargo, saber si será mejor o peor. El que sea una cosa u otra dependerá de cómo se de el pulso entre el gobierno estadounidense y países como Argentina y Brasil, capaces de un cierto contrapeso desde las estructuras del Mercado Común del Sur, MERCOSUR. Dependerá, igualmente, de la manera como se den los tratos bilaterales con Estados Unidos, con lo cual se corre el riesgo de que el ALCA termine siendo, al menos por un buen tiempo, una colcha de retazos.

Y también dependerá de la opinión de la sociedad civil, cada vez más reacia a aceptar que un acuerdo de semejante envergadura, determinante para la vida de todos, sea discutido en la sombra de los pasillos burocráticos.

* El autor es columnista, ex ministro de Ciencia y Tecnología de Venezuela.


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