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Cruzada global contra los químicos |
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Por Klaus Toepfer*
La Convención de Estocolmo, que entró en vigor el 17 de mayo, pondrá freno a las más temibles sustancias tóxicas en el planeta. Pero los mejores esfuerzos aún están por venir, señala en esta columna exclusiva para Tierramérica el Director Ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
NAIROBI.- Cada año, alrededor de mil 500 químicos nuevos entran al mercado mundial, uniéndose a los 70 mil que ya existen.
A lo largo de la próxima década y media, se estima que la producción global de químicos se incrementará 85 por ciento.
Muchos compuestos novedosos traerán importantes beneficios en muchas áreas de la vida, incluyendo la agricultura, la industria y el cuidado de la salud.
Sin embargo, si el pasado es nuestra guía, algunos productos aparentemente benignos podrían tener efectos secundarios que amenacen al medio ambiente y la salud humana.
Tal fue el caso de los Bifenilos Policlorados (BPC), fluidos utilizados en unidades eléctricas y de transmisión.
Cuando fueron inventados en el siglo 20, pocas personas, si es que alguna, sabían que con el tiempo estarían ligados con enfermedades de la piel, daños al hígado y cáncer.
Quién habría pensado que décadas después aparecerían en la leche materna de los Inuits (habitantes del Polo Norte), quienes vivían a cientos, si no es que a miles de kilómetros de distancia de donde los fluidos fueron elaborados.
Afortunadamente, los BPC, junto con otras 11 sustancias tóxicas conocidas como la Docena Sucia, están controlados a través de la Convención de Estocolmo sobre los Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP), que entró en vigor el 17 de mayo.
A través de este nuevo tratado internacional, los gobiernos del planeta otorgan su apoyo político y financiero para la reducción y eliminación de nueve insecticidas, dos productos secundarios de incineración y los BPC.
Uno de los insecticidas, el DDT, obtuvo exención de la prohibición debido a su importancia en la lucha contra el mosquito que transmite la malaria.
En contrapartida, parte de los 500 millones de dólares destinados a la eliminación de la Docena Sucia, irá hacia la búsqueda de alternativas más seguras en la lucha contra la malaria, incluyendo mejores insecticidas así como tratamientos y vacunas.
Las futuras generaciones pueden esperar un mundo en donde dichos químicos e insecticidas sean, por lo menos, notas al pie de página en un libro de historia.
¿Qué pasa, sin embargo, con las otras más de 69 mil sustancias existentes y las miles que están por venir? ¿Cómo garantizamos que éstas sean seguras y sostenibles y producidas y manejadas de manera responsable?
Éstas son preguntas cruciales, dado que mucha de la producción de químicos está mudándose cada vez más hacia los países en desarrollo.
Ahora tenemos la Convención de Estocolmo y es probable que durante los próximos años más contaminantes orgánicos persistentes se unan a la lista prohibida.
También acaba de entrar en vigor la Convención de Rotterdam sobre Consentimiento Informado Previo, que controla una lista de químicos e insecticidas peligrosos, y requiere que los exportadores busquen la aprobación del país importador antes de que se autorice el embarque.
Sin embargo, el desarrollo más significativo aún está por llegar. Se trata del Enfoque Estratégico para la Gestión Internacional de Productos Químicos (SAICM, por sus siglas en inglés).
En 2006, cuando el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) lleve a cabo la Sesión Especial de su Consejo de Administración, las bases de este nuevo enfoque radical sobre los químicos deberán estar listas.
Los gobiernos deberían tener para entonces el programa detallado de acción para lograr la meta de reducir en 2020 los efectos adversos de los químicos en la salud humana y el medio ambiente, acordada en 2002 durante la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible en Johannesburgo.
Algunas metas del SAICM son el establecimiento de un método de etiquetado claro y universalmente aceptado, homologación de evaluaciones de riesgo de químicos sobre todo en relación al cáncer y la salud reproductiva, intercambio de información entre países desarrollados y en desarrollo y planes nacionales para el desecho seguro de químicos obsoletos.
También se prevén programas de prevención y manejo de accidentes industriales, la creación de una red internacional de centros de tratamiento de envenenamiento y medidas globales enérgicas contra el contrabando y el intercambio de químicos e insecticidas ilegales o controlados.
Este nuevo enfoque “paraguas” requerirá de voluntad política y una sustanciosa cantidad de dinero, aún no calculada. Lo que es claro es que los beneficios de este nuevo enfoque tendrán potencialmente mayores impactos.
La lucha global por el control de químicos está vinculada al desarrollo sostenible y la reducción de la pobreza.
Maximizar los beneficios y reducir los impactos ambientales y de salud de los químicos no sólo nos ayudará a cumplir las metas en la provisión de agua potable segura a millones de personas, sino también a detener la pérdida alarmante de vida salvaje en la tierra y en los ríos, mares y océanos del mundo.
* · El autor es Director Ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
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