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Más conciencia ambiental, pero ningún progreso

Por Boutros Boutros-Ghali *

Las acciones concretas concebidas para salvaguardar al planeta no han estado a la altura de las esperanzas ni de los compromisos, escribe en esta columna exclusiva para Tierramérica Boutros Boutros-Ghali, ex secretario general de la ONU.

PARIS.- La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Río de Janeiro, 1992) significó un viraje decisivo en las relaciones internacionales.

Demostró, en particular, la voluntad de las naciones de asumir un compromiso colectivo y solidario en favor del desarrollo sustentable que, en verdad, constituye un camino ineludible ya que con relación al medio ambiente se manifiesta nuestra comunidad de destino. El aire que respiramos, el agua que bebemos, los recursos naturales que explotamos son al mismo tiempo nuestros bienes comunes y nuestra responsabilidad compartida.

Desde entonces, la toma de conciencia sobre los problemas ambientales del planeta, incitada por las grandes conferencias internacionales, se ha reforzado progresivamente. Empero, tenemos que admitir que las acciones concretas concebidas para salvaguardar a la Tierra no han estado a la altura de las esperanzas suscitadas y de los compromisos establecidos.

Las prácticas gravemente contaminantes han proseguido. Las desigualdades se han ahondado por doquier. Y los disensos que se expresan con cierta frecuencia revelan las dificultades que encaran las naciones de este mundo para convivir, administrar y prever conjuntamente, el futuro que a todos nos concierne.

En ese sentido hay un ámbito que me parece emblemático de los desafíos ambientales en el siglo XXI: el agua. El problema no es tanto la falta de agua a escala mundial como la desigualdad de su distribución. Brasil, Rusia, Canadá, Estados Unidos, China, Indonesia, India, Colombia y la Unión Europea se acaparan casi dos tercios de los recursos hídricos mundiales. Y en los países en desarrollo 90 por ciento del agua que se utiliza carece de tratamiento sanitario. Pero la situación en los países desarrollados dista de ser perfecta: la mitad de los ríos y los lagos de Europa y Estados Unidos está contaminada gravemente. Además, se dilapidan enormes cantidades de agua -70 por ciento del agua dulce es empleada actualmente en la irrigación agrícola- en cultivos de muy bajo rendimiento, mientras la demanda de alimentos, particularmente en las grandes ciudades, crece incesantemente.

En los países más pobres todos estos problemas se acumulan. Uno de cada cinco habitantes del planeta carece de agua potable, uno de cada dos no tiene acceso a un sistema de saneamiento, treinta millones de personas mueren cada año debido a enfermedades vinculadas al agua contaminada.

Por añadidura, estas enfermedades constituyen un obstáculo para el desarrollo económico, ya que además de las muertes que ocasionan dejan discapacitadas a centenares de millones de personas.

El agua es indudablemente uno de los grandes desafíos mundiales de este siglo, no solamente por la contaminación y el derroche sino asimismo porque muchos países dependen para su aprovisionamiento de recursos hídricos que están fuera de sus territorios.

Por lo tanto, el reto consiste en sustituir las relaciones de fuerza por relaciones basadas en la solidaridad, la cooperación y la administración colectiva.

Aunque algunos no lo quieran aceptar, todos nosotros somos ciudadanos de la misma familia humana. Por ello, la solidaridad humana no puede limitarse a la compasión. Es también, y sobre todo, toma de conciencia. Conciencia de la globalidad de los destinos, tanto dentro de los Estados como entre ellos, ya que el gesto destructor con relación al ambiente hace sentir sus consecuencias más allá de su entorno y de sus fronteras.

Del mismo modo, el gesto protector adoptado por una ciudad, una región o un país será ineficaz a menos que se lo pueda extender más allá de las fronteras y los océanos. Conciencia, además, de la necesaria interdependencia entre las generaciones. ¿Pues qué sería de un mundo en el que cada generación se dedicase a satisfacer sus necesidades sin tener en cuenta que compromete la capacidad de satisfacer las necesidades de las generaciones futuras?

De esta conciencia nace la responsabilidad individual y colectiva. La responsabilidad que tenemos de salvaguardar este patrimonio común que es la Tierra con sus ecosistemas, así como la diversidad cultural de todos sus habitantes.

En este contexto de globalización tan propicio a las libertades pero al mismo tiempo tan cargado de peligros, favorecer el diálogo entre las culturas y las civilizaciones es más que nunca indispensable para la emergencia de una conciencia universal y para la asunción de un empeño colectivo hacia el medio ambiente y el desarrollo sustentable.

Pero la condición previa es extender y hacer accesible la educación y especialmente la educación ambiental, que constituye el único conducto para suscitar la toma de conciencia, motivar el sentido de responsabilidad e inducir al compromiso.

* El autor fue Secretario General de las Naciones Unidas entre 1992 y 1996.




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