Grandes Plumas
PNUMAPNUD
Edición Impresa
MEDIOAMBIENTE Y DESARROLLO
 
Inter Press Service
Buscar Archivo de ejemplares Audio
 
  Home Page
  Ejemplar actual
  Reportajes
  Análisis
  Acentos
  Ecobreves
  Libros
  Galería
  Ediciones especiales
  Gente de Tierramérica
                Grandes
              Plumas
   Diálogos
 
Protocolo de Kyoto
 
Especial de Mesoamérica
 
Especial de Agua de Tierramérica
  ¿Quiénes somos?
 
Galería de fotos
  Inter Press Service
Principal fuente de información
sobre temas globales de seguridad humana
  PNUD
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
  PNUMA
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente
 
Grandes Plumas


Los nuevos comuneros

Por Mark Sommer *

Nuestro bienestar colectivo depende de cómo podamos cuidar nuestros bienes comunes: el agua, el aire, nuestras ideas e incluso nuestros genes, escribe el analista estadounidense Mark Sommer en esta columna exclusiva para Tierramérica

ARCATA, CALIFORNIA.- Dicen que las mejores cosas de la vida son gratuitas, pero para una creciente mayoría de los habitantes del mundo se hallan cada vez más fuera de su alcance. El agua que bebemos, el aire que respiramos, los lugares donde nos encontramos, las ideas y las cosas que creamos conjuntamente e incluso nuestros genes están siendo reclamados, contaminados y modificados por la maquinaria legal y financiera de un mercado que se ha vuelto loco.

Desde el abandono del comunismo como una alternativa válida ante el capitalismo, quienes están alarmados por aquellas tendencias han quedado sin respuestas ante la engañosa presentación de dos únicas y exclusivas opciones, la de un dominante sector privado o la del Estado que lo controla todo.

Pero ahora está surgiendo un original movimiento que desafía esta formulación maniquea y busca restablecer un equilibrio entre los sectores público y privado mediante la reafirmación de la importancia suprema de un tercer sector del cual dependen vitalmente ambos: los antiguos y venerables “bienes comunes”, es decir todas las cosas que constituyen el patrimonio de la humanidad entera.

Las raíces de los bienes comunes en la tradición occidental pueden ser rastreadas en el derecho romano, que distinguía tres tipos de propiedad: privada, edificios públicos y res communes (dones naturales usados por y pertenecientes a todos).

Esta “riqueza común” siguió siendo un recurso compartido durante cientos de años hasta que en el siglo XIX ricos intereses privados comenzaron a poner cercos a su alrededor para usarla en exclusividad.

Pero los “comuneros” no se conforman con librar una lucha de retaguardia para salvar los restos dispersos de nuestra herencia común y están comenzando a crear un cuerpo de “leyes sobre los bienes comunes” para proteger su propiedad universal.

¿Qué son, entonces, esos “bienes comunes”? “Son el vasto dominio constituido por la herencia compartida de todos nosotros y que usamos habitualmente sin peajes ni precios”, escribe Jonathan Rowe, un destacado teórico sobre el tema.

“¿Son la atmósfera y los océanos, los lenguajes y las culturas, los tesoros
del conocimiento y de la sabiduría humanas, los sistemas informales de apoyo de la comunidad, la paz y la tranquilidad que reclamamos y los bloques de construcción genética de la vida”, agrega Rowe.

Específicamente, son la fuente de todos los recursos naturales, desde el manto fértil de la tierra hasta el espacio profundo; nuestras artes, ciencias, costumbres y leyes; nuestros medios de comunicación desde las lenguas hasta Internet; nuestras comunidades, vecindarios y parques.

Los bienes comunes son nuestro legado natural y cultural compartido, el mismo que da viabilidad tanto al mercado como al Estado, así como el que hace que valga la pena vivir nuestras vidas.

El huracán Katrina hubiera sido mucho menos devastador de haber sido amortiguado por las tierras pantanosas comunes que antes existían sobre el golfo de México, pero que desde hace años vienen siendo destruidas por el desarrollo privado de edificaciones.

El padre de Bill Gates, copresidente de la mayor fundación del mundo, afirma que los individuos de gran riqueza y poder deben su éxito en gran medida a los bienes comunes de una civilización --sus sistemas educativos, legales y de salud, su ciencia y su cultura-- y a los esfuerzos de miles de individuos que generaciones precedentes crearon los conocimientos básicos sobre los que se cimientan tales logros. A fin de que otros disfruten de las mismas oportunidades, dice Gates padre, los ricos deben reinvertir en los bienes comunes de su sociedad.

Uno de los medios tangibles para recuperar y reponer los bienes comunes sería el cobro a las entidades privadas o estatales por los costos reales de los servicios que utilizan. Por ejemplo, se incluiría el pago por la contaminación que producen o por el uso de tierras públicas para pastoreo o minería.

El monto de esos pagos de derechos podría emplearse para mantener en buenas condiciones bienes comunes que han sido fuertemente dañados por el exceso de uso y la falta de inversiones.

En una época en que la política está paralizada por falsas polaridades, la idea de los comuneros puede ser atractiva para los conservadores tradicionales y también para los verdaderos progresistas. Se trata de un concepto comunitario pero también descentralizador que opera como un contrapeso tanto para los gobiernos despóticos como para las corporaciones empresariales que se extralimitan en sus actividades.

Nuestra riqueza común es nuestra casa común y sólo un tonto querría ensuciar su propio nido.

* El autor es columnista estadounidense, dirige el premiado programa radial A World of Possibilities




Copyright © 2007 Tierramérica. Todos los Derechos Reservados
 

 

Enlaces Externos

On the Commons. org

Tierramérica no se responsabiliza por el contenido de los enlaces externos