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La miseria del “oro blanco”

Por Mary Robinson *

Los subsidios agrícolas de Estados Unidos sumen en la pobreza a la mayoría de los diez millones de africanos occidentales que cosechan algodón, escribe en esta columna exclusiva para Tierramérica Mary Robinson, ex presidenta de Irlanda y activista por los derechos humanos.

NUEVA YORK.- “Enfrentar la pobreza es un asunto complejo”. ¿Por qué he oído decir esto tan a menudo precisamente ahora cuando el tema de la pobreza vuelve a estar en el primer puesto de la agenda mundial?

La pobreza está en la base de los mayores problemas que el planeta enfrenta actualmente, desde la degradación ambiental a la inseguridad y los conflictos armados.

De modo que era justo reconocerla como prioridad de la Cumbre del Grupo de los Ocho en julio, de la Cumbre Mundial sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio en septiembre y de la decisiva conferencia de la Organización Mundial del Comercio (OMC) prevista para diciembre en Hong Kong.

Pero la pregunta sigue sin respuesta: ¿es tan complejo enfrentar la pobreza? Yo creo que esa afirmación es hecha por políticos y economistas que no quieren admitir el vínculo entre la extrema pobreza en países en desarrollo y las acciones emprendidas en países ricos. Si lo hicieran, verían que las soluciones son obvias.

En diciembre de 2004 en Mali estuve en un campo algodonero, sofocándome de calor bajo el sol del mediodía. Las mujeres alrededor mío se encorvaban hasta el suelo y llenaban cestos con el algodón que recogían a mano limpia; un bebé estaba tendido en una cuneta cercana, atendido por otros niños pequeños.

No vi refugio alguno, ningún servicio higiénico ni agua potable ni siquiera un lugar con una sombra decente; sólo veía a pobres y orgullosas familias que luchaban por sobrevivir en un entorno hostil.

Su problema no era tan complejo. La pobreza estaba negando a esas mujeres sus derechos fundamentales, los de acceder a un adecuado nivel de vida. La culpa la tienen, simplemente, ciertas políticas adoptadas en Estados Unidos.

En el pasado, los africanos occidentales llamaban al algodón “oro blanco” porque suministraba los ingresos esenciales para comprar alimentos, medicamentos y enviar a los niños a la escuela. Pero los precios del algodón empezaron a caer desde mediados de los años 90, sobre todo a causa de la política agrícola de Estados Unidos.

El gobierno de esta potencia gasta más de tres mil millones de dólares anuales para subsidiar su producción de algodón, que ha inundado los mercados mundiales y en consecuencia tiró abajo los precios del producto y redujo drásticamente los ingresos de 10 millones de africanos occidentales que dependen de éste.

Se trata de los productores más pobres del mundo.

Mientras que en 2002 los algodoneros estadounidenses recibieron en promedio contribuciones gubernamentales por 331 mil dólares al año, los algodoneros en países como Mali, Benin y Burkina Faso están dichosos si obtienen un ingreso anual de 400 dólares.

Los subsidios agrícolas de Estados Unidos están llevando a las familias de África Occidental a la miseria y son directamente responsables de una grave negación de derechos humanos básicos en materia de alimentación, agua potable, servicios de saneamiento, salud y enseñanza.

El drama que presencié en Mali se está repitiendo en diferentes formas en comunidades pobres a lo largo y ancho del mundo y no se debe culpar sólo a Estados Unidos. Los agricultores azucareros y lecheros en África, América del Sur y Asia sufren también a causa de los subsidios de la Unión Europea.

El daño provocado por estas políticas es exacerbado por los programas de ajuste estructural impuestos por el Fondo Monetario Internacional y apoyados por el Banco Mundial, que inducen a muchos gobiernos de países en desarrollo a efectuar recortes en los servicios sociales, lo que hace más difícil para los pobres educar, nutrir y dar abrigo a sus hijos.

Asimismo, las normas de propiedad intelectual hacen más arduo el acceso a medicamentos contra enfermedades como el VIH/SIDA, que se lleva la vida de seis mil 500 africanos cada día.

Es hora de que el mundo rico acepte no sólo las ventajas sino también las responsabilidades de la era de la globalización. Debemos ayudar a los más pobres a afrontar sus desventajas, incluso cuando nos parezcan extraños habitantes de tierras lejanas. Porque los seres que vemos sufrir en los noticieros de televisión no son extraños. Nuestros impuestos socavan sus medios de vida, las patentes y las ganancias de nuestras corporaciones son protegidas a costa de la salud de los niños de esos “extraños”.

Los ministros de comercio forman parte de gobiernos que han aceptado responsabilidades al firmar tratados internacionales de derechos humanos. Cuando la OMC se reúna en Hong Kong en diciembre es de esperar que Estados Unidos y la Unión Europea adopten compromisos genuinos para poner fin a las políticas comerciales injustas, a los subsidios y a las barreras arancelarias que niegan a los pobres la posibilidad de obtener justos beneficios por su trabajo, de salir de la miseria por sus propios medios. Menos palabras y más acción, esa es la manera más simple de enfrentar la pobreza.

* La autora preside la Iniciativa por una Globalización Etica. Fue mandataria de Irlanda y Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos.




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