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Los advertidos |
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Por Leonardo Padura Fuentes *
Los
seres humanos ya estamos más y mejor alertados que Noé y Amaliwak
sobre la gravedad de nuestros actos contra la naturaleza, escribe
Leonardo Padura, galardonado escritor cubano en esta columna exclusiva
para Tierramérica.
LA HABANA, 5 Feb (IPS).- Uno de los más bellos
relatos de Alejo Carpentier se titula Los advertidos y cuenta una
historia conmovedora: la del anuncio divino, al héroe mitológico
indoamericano Amaliwak, de la llegada de Grandes Trastornos a la
vida del hombre.
Sin saber la última razón de los dioses, Amaliwak debe preparar
una gigantesca embarcación en la que albergará a su familia y una
pareja de los animales que habitan la tierra. Como ya recordará
el lector, comienza entonces a caer una “lluvia de cólera de Dioses”,
la llama Carpentier, que azota la tierra por un tiempo que el sabio
Amaliwak es incapaz de medir.
El giro magnífico del relato se produce cuando, cesada la lluvia
y anegado el mundo, la canoa de Amaliwak se comienza a encontrar
con naves iguales y diferentes a la suya, en las que vienen otros
hombres de diversas partes del mundo y del tiempo, “advertidos”
como él, de que se acercaba la gran catástrofe.
Del Reino de Sin se ha salvado, con su familia y animales, un anciano
de tez amarilla; de la tierra del Olimpo, los escogidos han sido
el rey de Pitia, Deucalión, hijo de Prometeo, y su esposa Pirra;
de la tierra electa de Yahvé viene el anciano Noé, con sus 600 años
a cuestas; y de la región de la Boca de los Ríos el salvado es el
babilonio Ut-Napishtin, advertido por el gran dios Enlil.
Todos ellos han tenido el privilegio divino de cruzar las fronteras
del porvenir y recibir instrucciones de lo arcano con la misión
de salvar la vida en la tierra en un momento en que el Creador,
encolerizado por la perversidad y la corrupción humanas, decide
destruir el mundo con un diluvio nunca mejor llamado universal que
en este relato que reúne, en sus pocas páginas, varias leyendas
sobre la llegada de la gran lluvia purificadora.
“Todo está en saber si los hombres habrán salido mejores de esta
aventura”, piensa Amaliwak, y Carpentier se encamina al cierre de
su relato.
Los profetas y sabios de los orígenes de la humanidad pensante,
tan cercanos a sus creadores (Noé, según el Génesis, es la décima
generación de Adán y Eva), podían tener el privilegio de que sus
divinidades les advirtieran sobre las consecuencias de la depravación
de una raza humana, que sería cruelmente castigada por sus actos
contra la naturaleza y contra sí mismos.
Los hombres del siglo XXI, tan lejanos de los dioses que en ocasiones
hemos refutado su existencia, tenemos la fortuna de que la ciencia
(y la realidad misma) nos haga advertencias similares que, quizás,
todavía estemos a tiempo de escuchar, sin que sea necesario que
comencemos a construir un arca en el patio de nuestras casas.
Es evidente que nunca, como hoy, los seres humanos han estado tan
advertidos de la gravedad de sus actos contra una naturaleza que
los incluye. Cifras espeluznantes, vaticinios apocalípticos, evidencias
tenebrosas nos acompañan cada día para anunciarnos que el desastre
es cada vez más inminente. Nunca, como hoy, la raza pensante ha
tenido la responsabilidad de luchar por su propia subsistencia sobre
el planeta donde se concretó el gran milagro de la vida inteligente.
Pero los pronósticos son cada vez más desalentadores. Solo ante
la evidencia de que los osos siberianos hayan perdido el sueño por
la tardanza del invierno, que un glacial ártico se haya quebrado
con la amenaza de que, al derretirse, hará aumentar el nivel de
los mares, o de que el recién abierto 2007 será uno de los años
más calurosos que haya vivido la Tierra desde los días de la muerte
de los dinosaurios, deberían bastar para enfrentarnos a lo evidente
y detenernos violentamente.
Determinadas acciones locales, cada vez más extendidas, han comenzado
a realizarse en el mundo para salvar a la naturaleza y, con ella,
al hombre que la vive y explota. Sin embargo, la lentitud global
al enfrentar el más grande desafío que se le ha presentado a la
humanidad, y la indolencia incluso con que muchos gobiernos (entre
más poderosos más indolentes) asumen el riesgo de un futuro de más
y mayores catástrofes naturales por preservar las ganancias y hegemonías
del presente, causan verdadero pavor por el nivel de irresponsabilidad
que entraña.
Hace ya varios siglos los descendientes de Deucalión y Pirra establecieron
la existencia de un juego dialéctico entre el exceso y el castigo.
El hombre parecería haber tenido tiempo suficiente, desde entonces,
para aprender la necesidad de los equilibrios en cada uno de sus
comportamientos y en su relación con el mundo que lo rodea. Sin
embargo, no ha sido así, y, lamentablemente, no parece que las cosas
cambiarán demasiado pronto en ese sentido. Maremotos, huracanes,
lluvias, sequías, calores y olas de frío desaforadas son las advertencias
de los “dioses” a los humanos de hoy por sus excesos.
¿Seremos tan sordos como para no oír esas llamadas de la naturaleza
que nuestros remotos antepasados ponían en bocas divinas?
La humanidad vive hoy una encrucijada dramática con la conciencia
de que hasta es posible calcular el tiempo de acción que le queda
a este tercer acto. El agotamiento de las reservas de combustibles
fósiles; la escasez de agua que ya sufren millones de seres; la
imposibilidad de la tierra de deglutir todos los detritus naturales,
tóxicos y hasta radioactivos; la emisión de gases de efecto invernadero
en cantidades inadmisibles, ponen el reloj geológico e histórico
ante el hombre moderno con la alarma activada y la hora de sonar
cada vez más cercana.
La inteligencia ha sido el signo distintivo de una especie capaz
de elevarse sobre todas las demás en un pequeño planeta de la Vía
Láctea. Sólo esa fabulosa cualidad de pensar y razonar puede hoy
salvar al género, aunque al ritmo que van las cosas, con tan pocos
líderes mundiales y voluntades individuales dispuestas no solo a
pensar, sino a actuar drásticamente, todo parece indicar que las
campanas sonarán y no podremos preguntar por quién: doblan por todos
nosotros, por los hijos y los nietos de nosotros. Ya estamos más
y mejor advertidos que Noé y Amaliwak.
* El autor es escritor y periodista cubano.
Su más reciente obra, La neblina del ayer, ganó el Premio Hammett
a la mejor novela policial en español de 2005. |