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Ballenas en juegos de amor |
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Por Diógenes Pina*
República
Dominicana protege desde 1986 dos zonas de apareamiento y cría de
las ballenas jorobadas, visitadas en los últimos años por decenas
de miles de turistas.
SAMANÁ, República Dominicana, 9 abr (Tierramérica)
En una suerte de danza marina, acompasados y en paralelo, una ballena
jorobada (Megaptera novaeangliae) y su hijo suben a la superficie
de la costa atlántica dominicana, mostrando apenas una aleta dorsal
y los orificios nasales de sus descomunales cuerpos.
En 10 minutos los cetáceos repiten esos movimientos cuatro veces,
manteniendo absortos a los 67 pasajeros del barco Victoria II, que
fueron a observarlos al Santuario de Mamíferos Marinos de Samaná,
250 kilómetros al noroeste de la capital dominicana. Luego desaparecen
en esa área de 500 kilómetros cuadrados.
Bamboleándose, la embarcación de unos 18 metros de largo por ocho
de ancho gira para que sus pasajeros sigan el espectáculo, persiguiendo
a los mamíferos que pasan desde enero a inicios de abril en estas
cálidas aguas para aparearse y parir, antes de regresar al Norte.
Este año, 40 mil turistas llegaron a observarlas a República Dominicana.
Se calcula que unas dos mil ballenas llegan a las costas caribeñas
cada año para desarrollar sus juegos de amor en estas aguas, tras
viajar miles de kilómetros desde los gélidos mares de Islandia,
Nueva Escocia, Suecia, Groenlandia y la costa este de Estados Unidos.
La travesía de unas cinco horas en el Victoria II apenas permite
observar a la madre y su cría, además de otra ballena que asoma
de improviso y deja ver su cola en la superficie por algo menos
de un minuto. La escena provoca aplausos y suspiros. Cuando el mamífero
se sumerge y desaparece, el público se desconsuela.
"Ayer las ballenas estuvieron muy animadas. El mar estaba picado,
y cuando el día está así ellas se animan, salen y juegan", dice
a Tierramérica Pedro, tripulante del Victoria desde hace cinco años,
quien intenta responder a la aflicción de los pasajeros.
Además de la Bahía de Samaná, en República Dominicana hay otro santuario
de mamíferos marinos: el Banco de la Plata, situado 140 kilómetros
al norte de la costa septentrional de Puerto Plata.
Ambos recibieron la protección del gobierno en 1986, por la gran
cantidad de cetáceos que los visitan. En esos santuarios sólo se
permite la pesca artesanal y está vedado el pasaje de buques mercantes
y petroleros. La explotación turística comenzó en 1994, y en 1998
las autoridades establecieron normas para visitantes y embarcaciones.
"Esta zona favorece a las ballenas jorobadas. Las aguas cálidas
y bajitas de la Bahía y del Banco de la Plata son propicias y seguras
para su apareamiento y observación", dice a Tierramérica Patricia
Lamelas, del Centro de Estudios y Conservación de la Bahía de Samaná
y su Entorno (Cebse).
Kim Beddall es canadiense y llegó a Samaná hace 24 años para trabajar
como instructora de buceo. Ahora opera el Victoria II, uno de los
43 barcos autorizados a surcar las aguas para observar cetáceos.
"Antes que dedicarnos a cazar ballenas, promovemos su observación
con responsabilidad", dice a Tierramérica.
El Caribe no surte de alimentos a los cetáceos, que se alimentan
de krill --un pequeño crustáceo similar al camarón, abundante en
aguas frías--, arenques y peces diminutos. Durante los 90 días en
zonas caribeñas, las ballenas adultas sobreviven con las reservas
alimenticias ingeridas en el Atlántico Norte.
Un ballenato puede pesar hasta una tonelada al nacer y ganar 50
kilogramos por día en su etapa de desarrollo, succionando de su
madre hasta 200 litros de leche diarios.
Las ballenas jorobadas son una especie en extinción, desde 1955
protegida de la caza comercial por la Comisión Ballenera Internacional.
Unas 10 mil viven en el Atlántico Norte. En las costas dominicanas
siempre fueron protegidas, mientras en otras regiones se las cazaba
con fines comerciales en los siglos XIX y XX.
La emisión de permisos para embarcaciones con fines de observación
en los santuarios dominicanos quedó congelada en 43, una cantidad
sujeta a una evaluación que "permitiría precisar si este rango se
amplía o se reduce, dependiendo del impacto" de la actividad, dicen
las normas elaboradas en consulta con especialistas y técnicos.
Esas normas establecen que la distancia entre las "embarcaciones
y las ballenas avistadas será de 80 metros para el caso de la madre
y el ballenato". Las lanchas pueden acercarse a 50 metros de los
machos.
Por cada mamífero o grupo solamente se permite la presencia de una
embarcación grande (más de nueve metros) y dos más pequeñas. Las
barcas en espera deberán permanecer a por lo menos 500 metros del
animal observado. También se prohíbe bucear y nadar en torno a las
ballenas.
En los primeros días de abril, los cetáceos se marchan, pero en
enero de 2008 regresarán con sus danzas de amor.
* Colaborador de IPS. |