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Justicia comercial muestra sus frutos |
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Por Inés Benítez*
El
comercio justo se afianza como opción para miles de productores
pobres de Guatemala que huyen de las distorsiones del mercado internacional.
GUATEMALA, 30 abr (IPS/IFEJ) Las condiciones
de vida y trabajo de miles de pequeños productores guatemaltecos
mejoraron con el comercio justo, que establece nuevas reglas de
juego y de mercado.
"Antes teníamos mucha necesidad. La asociación ayudó a nuestro pueblo
a exportar productos y en capacitación", dice Francisco Ijón, auxiliar
de comercialización de la Asociación Chajulense, entidad que abrazó
los criterios del comercio justo para sus mil 800 caficultores de
las occidentales regiones indígenas de Quiché y Huehuetenango, donde
la pobreza reina.
Certificada por la Fairtrade Labelling Organizations International
(FLO), la Asociación Chajulense exporta café a Europa y Estados
Unidos y comenzó a diversificar su producción con la oferta de miel
y cardamomo. En 2006 exportó 675 mil kilogramos de café orgánico,
cultivado sin productos agroquímicos.
Según datos oficiales, 56 por ciento de los 12,7 millones de habitantes
de Guatemala viven en la pobreza, y ocho de cada 10 pobres están
en áreas rurales. Aunque el sector agrícola genera 75 por ciento
de los empleos, aporta apenas 23 por ciento del producto interno
bruto.
Las reglas del comercio justo son diferentes a las que rigen el
intercambio internacional actual y a las que proclaman los defensores
del libre comercio.
La FLO otorga el sello de comercio justo Fairtrade tras fiscalizar
que las organizaciones de productores cumplan con una serie de criterios,
como el pago de un salario digno y condiciones de trabajo saludables,
respeto al ambiente, erradicación del trabajo infantil, equidad
de género y reinversión en el desarrollo de las comunidades.
Uno de sus beneficios fue acercar el transporte automotor a los
cafetales: el trabajo era duro hasta los años 90, cuando "los productores
que no tenían bestias cargaban el café a pura espalda y debían caminar
mucho. Ahora los vehículos llegan a mitad de camino", relata Ijón.
Veintitrés organizaciones de Guatemala exportan con el sello Fairtrade,
la mayoría pequeños productores de café y en menor medida de miel.
Se asegura un precio mínimo garantizado que cubre los costos de
producción, aspecto clave para la devaluada caficultura centroamericana:
1,26 dólares por libra (450 gramos) de café tradicional certificado
y 1,41 dólares para las variedades orgánicas.
A ese precio se añade un pago adicional --cinco centavos de dólar
por libra para el café tradicional y 10 centavos para el orgánico--
destinado al desarrollo de las organizaciones, sus miembros y comunidades,
explica Verónica Pérez, encargada local de Comunicación de FLO,
entrevistada para este artículo.
El salario mínimo mensual es de 178 dólares en la actividad agrícola
y de 183 dólares en otros sectores. Los productores de la Asociación
Chajulense cobran alrededor de 90 dólares por quintal (43,3 kilos)
y entregan entre 10 y 25 cada mes, precisó Ijón.
"El comercio justo abrió el mercado a los pequeños productores,
algo que no ocurre con el convencional", subraya Baltazar Francisco
Miguel, gerente general de la Asociación Barrillense de Agricultores,
integrada por 580 caficultores orgánicos de Huehuetenango y Quiché
que exportan a Canadá, Europa, Japón y Estados Unidos.
Según Miguel, sus afiliados pueden lograr entre 25 y 100 por ciento
más ingresos que en el mercado convencional y, además, reciben créditos
de los compradores, algo muy difícil de obtener en la banca privada
nacional.
"Los pequeños productores quieren una compensación por su trabajo.
La gente es humilde, pobre y analfabeta, pero produce algo que se
llama café, y quiere ganar para vivir decentemente", recalca Gerardo
Alberto de León, gerente de la Federación de Cooperativas de Café
de Guatemala (Fedecocagua), con más de 20 mil miembros en el país,
65 por ciento de ellos adheridos al comercio justo.
Fedecocagua fue la primera organización que en 1973 exportó café
en la dinámica del comercio justo a Holanda y Alemania.
En Guatemala, Belice, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua
y Panamá hay ya 90 organizaciones certificadas por FLO que exportan
café, miel, ajonjolí (sésamo), azúcar, banano, cacao, fruta deshidratada,
maní y marañón (anacardo), informa Kieran Durnien, encargado de
enlace de FLO en América Central.
Para Ron Van Meer, consultor empresarial para América Latina de
Fairtrade Original, organización que abastece a Holanda de productos
del mercado justo, el intercambio convencional "distorsiona las
relaciones entre productores y consumidores".
"No se trata de optimizar las ganancias, sino de un tipo de comercio
que tome en cuenta factores como el ser humano, el ambiente, el
no uso del trabajo infantil, es decir, un comercio con justicia,
sostenible en el tiempo", dice Van Meer al ser entrevistado.
Las ventas en este tipo de mercado crecieron 32 por ciento entre
2004 y 2005, según estadísticas de FLO, que certificó 586 organizaciones
de productores en 50 países de África, Asia y América Latina.
En Guatemala, el comercio justo se desarrolló más en la agricultura,
pero también funciona en la artesanía popular, donde es mayoritaria
la participación femenina.
Mayan Hands (Manos Mayas) agrupa a unas 230 mujeres indígenas de
11 comunidades en las sureñas regiones de Xela, Sololá, Chimaltenango
y Baja Verapaz, que elaboran productos textiles para exportar a
Estados Unidos.
Mayan Hands tiene ventas anuales de un millón de quetzales, 131
mil 578 dólares. Nació en 1989, por iniciativa de la antropóloga
Brenda Rosenbaum.
"Pagamos probablemente tres veces más que el mercado convencional",
subraya su directora, Deborah Chandler. La asociación garantiza
el trabajo, aporta los materiales y cada enero entrega una bolsa
de útiles escolares para los hijos de las artesanas, que ganan entre
32 y 197 dólares mensuales, según las horas de labor y el tipo de
telar.
"Las mujeres dicen siempre que aún más importante que el dinero
es que saben que van a tener trabajo todos los meses", recalca Chandler
en una entrevista.
La situación del sector artesanal es más difícil que la del agrícola,
pues ofrece productos que no son de consumo diario, y afronta la
competencia de las baratas y abundantes artesanías asiáticas.
Mayan Hands es miembro de la estadounidense Federación de Comercio
Justo, y sus productos se venden en tiendas solidarias, iglesias,
asociaciones de tejedoras y grupos de paz y justicia.
"Necesitamos mercados que se rijan por otros criterios. No queremos
limosnas, sino precios justos. Es preciso concientizar a los consumidores",
afirma la alemana Harriet Gottlob en La Casa del Amaranto, una tienda
solidaria que dirige en el centro de Guatemala.
En los estantes se ofrecen coloridas mermeladas de mango y mandarina
del Quiché, miel de Petén y amaranto molido por familias del altiplano,
café orgánico y semillas de chan, jabones vegetales, champú de linaza
y aceites esenciales de tomillo y pino.
* Este artículo es parte de una serie sobre
desarrollo sustentable producida en conjunto por IPS (Inter Press
Service) e IFEJ (siglas en inglés de Federación Internacional de
Periodistas Ambientales). |