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Somos co-creadores

Por Michael Rivas


Nueva York.– Se ha señalado con frecuencia a la cultura protestante en el Norte y a la cultura católica en el Sur como ejes de cosmovisiones distintas que han marcado las relaciones hemisféricas. ¿Qué nos une y qué nos separa?

En un nivel relativamente sencillo de categorías, uno puede decir que hay elementos de la cultura católica y de la cultura protestante que han sido, en cierto sentido, contradictorias, y han hecho que las dos corrientes a veces no se entiendan.

En general, la cultura católica tiende a ser comunitaria, a entender la función del Estado como "positiva", de reforzar y alentar los valores que la sociedad plantea o que las instituciones jerárquicas mantienen. La cultura protestante, por el contrario, tiende a ser individualista y entiende la función del Estado básicamente como "negativa", casi policial, de frenar los efectos negativos del pecado en la naturaleza humana. Estas dos concepciones tienen factores positivos y negativos que han hecho difíciles las comunicaciones reales entre ambas culturas.

Pero ahora es esperanzador que esas diferencias –tan agudas en un principio– se vayan mermando. En la cultura del Norte, la tradición católico–romana es mucho más fuerte hoy de lo que era hace dos siglos. Y lo contrario sucede también en América Latina, existe más presencia religiosa protestante, hay países con hasta 40 por ciento de protestantes.

Existe una mayor interacción entre ambas corrientes, se van pareciendo un poco más y van creando elementos para una mejor convivencia. Hoy, se percibe mayor tolerancia, aunque existen todavía elementos tradicionalistas católicos y de cultura protestante que miran al mundo en términos de competencia religiosa.

En diversos lugares del continente, el ecumenismo se concreta en hechos de vivencia diaria, más allá de la teoría. Se trata de una realidad práctica: saber que todos nos necesitamos los unos a los otros para labrar un futuro conjunto. Y existen numerosos ejemplos, entre ellos, la participación de protestantes y católicos en el proceso de paz en Guatemala.

Ahora, frente a la globalización del fin del milenio, debemos percibir, desde el punto de vista de la ética de bases religiosas, que las funciones económica, industrial, financiera y fiscal no son fines en sí mismos, sino medios al servicio de los seres humanos. Es decir, el criterio primordial para hacer juicios y tomar decisiones, a todos los niveles, es la promoción del ser humano, su capacidad para ser más.

Necesitamos valores éticos no sólo en términos de las consecuencias inmediatas de nuestras acciones, sino a largo plazo. ¿Cuál es el resultado para las generaciones futuras, para nuestros hijos, nuestros nietos, de las medidas que tomamos hoy? Esta atención a las consecuencias futuras de nuestras acciones presentes es un factor ético con implicaciones para todas las dimensiones de la naturaleza. Cuando actuamos de espaldas al medio ambiente, cerramos puertas para las generaciones futuras.

La discusión ambiental nos da una visión más amplia acerca del contexto en el que tenemos que tomar decisiones éticas. Nos ayuda a reflexionar sobre nuestra responsabilidad como seres humanos, acaso como religiosos, hacia la creación de Dios. A entender que somos, como se usa en alguna literatura, "co-creadores con Dios del futuro".

No podemos relacionarnos con el prójimo ni con la naturaleza en términos de explotación. La humanidad no está unida sólo por intereses comerciales inmediatos, sino por la solidaridad, la justicia, la cooperación, el compartir recursos, porque todos vamos a vivir o morir juntos. Es la ética del barco: que todos nos hundimos o nos salvamos juntos. No es esa ética individualista, de la jungla, donde cada uno navega por su cuenta.

 

* El autor es secretario general adjunto de la Junta General de Ministerios Globales de la Iglesia Metodista Unida.

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