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Armas contra selvas y hombres

Por Jorge Cabrera y Magalí Rey Rosa

El fenómeno del desplazamiento interno y del refugio constituye uno de los efectos más crueles de los conflictos bélicos. Hombres y mujeres sufren la expulsión de sus entornos naturales y deben reconstruir su vida, muchas veces en hábitats hostiles.

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A causa de la guerra, miles de mujeres viudas asumen la jefatura del hogar, y son responsables por la supervivencia de toda su familia. Según agencias de Naciones Unidas, las mujeres y las personas a su cargo constituyen el 80 por ciento de los 23 millones de refugiados en el mundo.

 

En Centroamérica, la guerra civil asoló Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Pero es en esta última nación donde -en el marco del conflicto irresuelto más antiguo del continente- se perciben con mayor dramatismo los efectos de las armas sobre la naturaleza y los seres humanos.

Y se extendió el fuego

Hace unos 30 años, antes de que se intensificara la violencia armada, todavía el viento y la lluvia se presentían vitales, tal vez aún sagrados, para los pueblos del altiplano guatemalteco.

Poco a poco, el rojo del fuego y de la sangre se extendió por montañas y valles. Despavoridos, hombres y mujeres huyeron por bosques y selvas, únicos testigos del pánico que les invadía, despojándolos de casi todo, marcándolos para siempre.

Después de años de un exilio seco y doloroso, a estos seres les es permitido volver a la "madre patria". Pero no muchos pueden regresar a sus lugares de origen. La mayoría de quienes retornan encontrarán pedacitos de selvas en el Petén, inhóspito hábitat para quienes salieron de las altas montañas.

El impacto del conflicto ha sido casi letal. Se usaron, contra humanidad y naturaleza, mortíferas armas de diferentes grados de sofisticación: metrallas, minas, bombas, agente naranja, napalm. Todas dejaron su huella imborrable en el alma y en el cuerpo de los seres humanos y las selvas.

Para los adoloridos personajes que retornan es prácticamente imposible apreciar o salvaguardar la riqueza de las selvas. Para ellos, es cuestión inmediata la supervivencia: evitar la muerte por hambre.

Se puede decir que, en Guatemala, no queda ni un 20 por ciento de naturaleza original en pie. Las selvas peteneras son altamente productivas, si nos referimos a riqueza genética, retención de agua o estabilidad climática, pero no sirven para la agricultura. Después de un par de cosechas de maíz, la tierra se agrieta y se agota. Desprovistas de su cobertura verde, estas tierras se convierten rápidamente en manchas de aridez.

Debe visualizarse una estrategia cuidadosa e inteligente para detener la desaparición de las selvas milenarias, al tiempo que se garantiza la supervivencia digna de quienes podrían ser sus guardianes.

Entonces, toda la sociedad guatemalteca estará en mejores condiciones para enfrentar el siglo XXI.

* La autora es investigadora guatemalteca, el autor es secretario de la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo.

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